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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Nombres y animales


Fanaticado por Rita La Montra Indiana desde su primera novela, Papi (Periférica), me vuelvo a adentrar en la mestiza selva creativa de Rita, literariamente única e inimitable, en su nueva entrega, de título Nombres y animales (también en Periférica), y pertrechado de todo lo necesario para la travesía, me lanzo al edénico disfrute de su prosa en la frontera, muchas veces, de lo ininteligible, siguiendo la estrecha trocha desbrozada de su hilo argumental (esta vez la narración desbordada de una adolescente dominicana sin nombre que trabaja en la clínica veterinaria de su tíos Celia y Fin mientras su padres están de visita en la expo de Sevilla de 1992).

“¡Calma, calma, calma, ¡que no panda el cúnico!”, grita en determinado momento uno de los personajes que aparecen en esta frondosa mezcla de ambientes y situaciones pasados, a veces, por el tamiz del realismo mágico aunque dado la vuelta como si fuera un calcetín. Una recomendación absolutamente necesaria al lector no avisado para que éste se deleite y divierta con esta personal visión de una imaginería, la criolla, alambique donde se alean un popurrí de culturas que Rita Indiana maneja con el desparpajo y sabiduría de un grand chef literario para servirnos uno de los platos más especiados y provocadores del año.

Seguiremos a su adolescente protagonista, observadora como todas las de su edad (y que aún no ha perdido del todo la inocencia de la cercana infancia) en su devenir diario en la clínica veterinaria de sus tíos donde nos da su opinión sobre los clientes las mascotas que por allí pasan, y en el mundo familiar y de amigas en que se mueve, mientras busca desesperadamente un nombre para un gato abandonado que ha aparecido por la clínica.

Aunque impresionada por la impostada realidad que la rodea la curiosa adolescente nunca pierde su fascinación por el lado oculto de lo cotidiano y lo considerado normal, y siempre encuentra su forma de conectar con él y trasvasarnos las sensaciones que le provocan.

Vita, la amiga por la que siente un afecto más allá de lo considerado normal; los tíos, una pareja irrepetible; Ramadés, el haitianito que lava y pela perros en la clínica; Armenia, la niña faculta que cura la tuberculosis con una cuchara; la abuela que le cuenta cada vez una versión distinta de un antiguo suceso de la segunda guerra mundial; Uriel, el dizque hijo ilegítimo del tío Fin; y una galería de personajes secundarios con los que el lector empatiza rápidamente gracias al sentido del humor con el que Indiana recubre sus pequeñas historias personales: a veces cómicas, a veces dramáticas, pero siempre desbordadas y desbordantes, empapadas de ese ritmo musical con el la autora emborracha su prosa, aguarachándola para deleite y disfrute de sus entregados lectores.




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