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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Romeos


La última película de Sabine Bernardi se aproxima con valentía al tema —poco transitado hasta hace bien poco por el séptimo arte— de la transexualidad masculina y sabe, gracias a una meticulosa puesta en escena, saltarse algunas convenciones del cine de colegios, instituciones e internados a favor de un canto a la libertad.

Romeos es, ante todo, una aproximación brillante a un personaje: Lukas (un tour de force interpretativo de Rick Okon), un joven que a ratos se hace simpático al público y a ratos parece estar y no estar cómodo en su papel marcado por la necesidad de ocultar que es un transexual masculino en un ambiente liberal, marcado por la presencia de grupos de gays, lesbianas o bisexuales.

La película plantea varias cuestiones sobre los marcadores de género cuando el protagonista se enamora de Fabio, un gay muy masculino, dinámico, sociable, abierto y algo prepotente. El contraste entre estos dos personajes así como la relación de Lukas con una antigua amiga lesbiana —celosa al verse relegada a un segundo plano— son algunos de los puntos fuertes de un filme ágil y cuidadosamente rodado aunque algo ambiguo en la naturaleza de su mensaje y poco consistente en sus secuencias finales.

Romeos podría pasar por una historia de amor gay juvenil más si no fuera porque el personaje principal tiene que ocultar sus genitales al tiempo que busca socializarse sin demasiados tapujos con chicos y chicas de su edad, que demuestran tener más prejuicios que los que aparentan tras su aire festivo, lúdico y algo “descerebrado”. El filme tiene humor y un montaje trepidante que impiden el aburrimiento del público y, diferencia de Boys dont cry, la opera prima y obra maestra de Kimberley Pierce, nos muestra que cuando caen los prejuicios es posible una vida adulta, completa, plena y feliz en la difícil trayectoria de un personaje al principio coartado por la necesidad imperiosa de ser, parecer y convertirse en un chico más.

Lo novedoso de Romeos no está, finalmente, tanto en su temática —ya abordada, de diferentes formas, en filmes como Tomboy, Facing mirrors o Unvelied— como en la mirada inteligente, desafiante y cómplice de la directora alemana en un singular periplo donde, a pesar de su aparente apertura a la diversidad, el joven se siente algo extraterrestre y temeroso de las reacciones de chicos y chicas de una u otra orientación sexual ante el inminente descubrimiento de su verdadera identidad de género.

Romeos molesta un poco en las secuencias en las que el protagonista se ve oligado a “confesarse” —de manera casi foucaultiana— ante la cámara para contarnos la historia de su cuerpo y sus transformaciones, aunque su intención sea ayudar a los que han pasado situaciones parecidas de confusión, temor y doble vida, cuando en realidad la directora quiere contarnos la estúpida mentalidad del entorno en el que se desenvuelve y como el amor o la pasión se saltan finalmente, las convecciones de sexo/género.

Una película valiente, simpática y agradable donde la cámara se aproxima con quirúrgica meticulosidad a su protagonista principal y logra funcionar, a pesar de algunos tópicos, en su historia de amor y búsqueda de la autorrealización. Un paso adelante en el cine trans al mostrar cómo, a pesar de los cambios, la vida cotidiana de Lukas es alternativamente lúdica e infernal dependiendo de las situaciones en las que se encuentre o de las mentalidades con las que tope en su nueva pero algo complicada vida social. Bella y ambiciosa, le falta algo de desenfado en el tratamiento de su protagonista principal y sutileza en la definición de los secundarios pero finalmente deja una puerta abierta a la posibilidad de soltar amarras y amar libremente por encima de cualquier tipo de frontera o prejuicio.

Love is...




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