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Errata

Evaristo Aguirre

Eso del humor

No te ríes a carcajadas (aunque alguna se te puede escapar con Livingston nunca llegó a Donga), pero indudablemente lo que escribe Alfonso Vázquez (Málaga, 1970) es literatura de humor, como se puede comprobar en la reciente Lo que esconden las islas o en su debut Viena a sus pies (ambas novelas, junto a la citada más arriba, publicadas por Rey Lear).

Viena a sus pies está protagonizada por el podólogo del emperador austrohúngaro Francisco José; bueno, le atropellan en el primer capítulo, pero es protagonista porque alrededor de las pesquisas de un callista sobre el accidente gira la trama de esta novela corta. Insisto, no te ríes como un loco, pero disfrutas de la ironía de Vázquez, de cierta sorna, que a ratos parece naif, a ratos muy intencionada.


Eso del humor, no sé muy bien por qué, resulta a menudo polémico cuando de literatura se trata: hay, sobre todo, quien echa en falta que exista más literatura humorística; quien no se la toma en serio; quien la circunscribe a una narrativa de género… En la escritura en español hay una tradición (Jardiel Poncela, Mihura, más cerca; el propio Cervantes, más allá, entre otros), pero no es posible deshacerse de ese soniquete que dice que se cultiva poco. Y luego, cuando aparecen libros que van por ahí, se les exige demasiado, más que a otros.

Por eso, a una obra, aunque todavía incipiente, como la de este periodista de profesión, Alfonso Vázquez, hay que seguirle la pista, hay que leerla y hay que disfrutarla.

Livingston no llegó a Donga no es una novela, es un ensayo etnográfico disparatado sobre una presunta república africana, sus habitantes, sus costumbres, sus ritos. Aquí sí, ya lo he dicho, se te puede escapar alguna risotada. Más que ironizar, estas páginas se burlan del estilo, de las formas y de los modelos de la antropología; se burla de ese eurocentrismo al que solo le interesan las otras culturas por exóticas, por muy exóticas, por inferiores.

Y ahora, en Lo que esconden las islas, el escritor se ha ido a los mares del sur, a una isla desierta a la que se ha marchado a vivir el espectro de Robert Louis Stevenson, harto del ajetreo que se ha montado alrededor de su tumba en Samoa. Pero ha aparecido por allí un equipo de una televisión española para poner en marcha uno de esos programas en los que famosos pintorescos pasan hambre, sed y otras penurias frente a las cámaras. De nuevo, aparece la ironía que sirve para criticas algunas cosas con las que estamos conviviendo ahora: banalización de la televisión, manipulación de los medios de comunicación, falta de respeto a los ámbitos privados… pero, por supuesto, sin utilizar ninguno de estos palabros, que esto es eso del humor.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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