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Viajar al óleo

Armando Cerra

Mostar, lecciones no aprendidas

El inglés Stanley Spencer (1891-1959) es hoy en día un cotizado artista de las primeras vanguardias británicas. Y su éxito actual se debe a que si hay un calificativo con el que se puede definir su producción, ese adjetivo es el de excéntrico.

Excéntrico por sus profundas convicciones religiosas, que le llevaron a pintar escenas bíblicas ambientadas en Cookham, su pueblo natal. Excéntrico por ese apego enfermizo hacia esa población. Excéntrico por su agitada vida matrimonial en la que aparecen matrimonios, un divorcio y una relación triangular no consumada con su esposa lesbiana. Excéntrico, o no tanto, por el impacto emocional que le produjo su presencia en la Primera Guerra Mundial.

Con 25 años fue voluntario con la Royal Army Medical a Macedonia y la zona de los Balcanes. Y allí conoció los desastres de la guerra de primera mano, algo que le acompañaría de por vida. Y también ciertos paisajes los llevó en mente siempre. Por eso en 1922 pintó este óleo titulado: Río Neretva, Mostar.


"Río Neretva, Mostar", de Stanley Spencer

Jamás hubiera adivinado que esta imagen habría podido servir décadas después para la reconstrucción del puente que salva el cauce del Neretva en esa ciudad de Bosnia-Herzegovina. Porque décadas después, casi llegando al siglo XXI, la guerra volvió por enésima vez a esas tierras y Mostar se convertiría en una imagen (más) de la terrible polvorín balcánico, donde los miles de muertos no impresionaron tanto como la destrucción del Stari Most, el viejo puente alzado en 1566.

Una vez que acabó el cruento conflicto se emprendieron de inmediato los trabajos para su reconstrucción. Y así hoy luce esplendoroso como emblema de Bosnia. Aquí acuden miles de turistas. Todos esos visitantes, de camino al puente, se encuentran infinidad de tiendas de souvenir, donde junto a la artesanía local, se hallan recuerdos de las batallas libradas.

Casquillos de bala convertidos en bolígrafos, proyectiles de mortero transformados en maceteros, uniformes con galones y desgarrones, cascos, cartucheras, botas desgastadas, souvenirs bélicos. Hay exposiciones fotográficas con la ciudad devastada, visitas guiadas por los recuerdos de la batalla o se venden postales como la que acompaña estas líneas.


Da qué pensar en cómo la guerra es ahora fuente de desarrollo para Mostar, donde los turistas se afanan en buscar las huellas de la barbarie. ¿Negocio? ¿Supervivencia? ¿Morbo? Lo dicho, da qué pensar. Pero es curioso ver cómo las gentes de la Europa Occidental ahora vamos allí a ver qué queda de los años en los que se abandonó a su suerte a bosnios, croatas y serbios de a pie.


"Puente de Mostar", de Mónica Grimal

Y al final quedan las fotos que allí hacemos, los souvenirs de la guerra que traemos a casa, y poca cosa más. Reflexiones las justas. Nos podemos empapar de aquella guerra y sobrecogernos con su crueldad. Pero en poco tiempo los ecos de la visita se apagan y se olvida todo, y resulta que no hemos aprendido nada. ¡Qué se lo pregunten a los sirios!

Visita la web del autor:
http://www.maletadevuelta.blogspot.com/




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