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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Wakolda. El médico alemán


El cine de la joven directora argentina Lucía Puenzo no logra conquistar siempre, como ocurría en su sombría XXY o en la fascinante pero muy irregular El niño pez. En esta ocasión, Puenzo logra un sobrio aunque algo gélido equilibrio entre lo que cuenta y cómo lo cuenta.

De nuevo una muy joven protagonista que descubre secretos del mundo de los adultos. Pero en esta ocasión, la directora apunta muy alto y narra la posible relación entre una familia argentina y el médico nazi Mengele, que recorrió el continente para continuar (desde la clandestinidad) sus experimentos con humanos y animales, tras el objetivo de la “supremacía de la raza”.

Tal vez se nos haga algo extraño ese colegió alemán donde estudia la joven protagonista, pero Puenzo logra que su historia sea algo más que un documento sobre un personaje o dos para convertirse en una peculiar historia de iniciación de una pre-adolescente que traba contacto con un hombre que no es lo que parece. Aunque la familia de la joven queda algo desdibujada frente a la imponente presencia del actor catalán Àlex Brendemühl, que logra imprimir notas de perversa ambigüedad e incluso humanidad a un personaje históricamente odioso.

La aproximación de Mengele a la joven Lilith está dada al comienzo con una gran economía gestual y algunos apuntes audiovisuales interesantes. El problema aparece cuando el filme de Puenzo, sin dejar de estar narrado con rara transparencia, se introduce en los senderos del policiaco, el suspense histórico y los coqueteos con el thriller.

La propuesta es al menos tan pequeña como honesta, a pesar del exceso de pretensiones de su premisa argumental, y consigue con pocos personajes y valiéndose de escenarios naturales e interiores del colegio y la casa de los padre de Lilith, una extraña fábula sobre los límites entre la infancia y la adolescencia, la bondad y la maldad, el hombre y el monstruo, la genética y la ideología.

Una historia de fascinación de una pequeña por un hombre aparentemente todopoderoso (vemos como arregla sus muñecas) que esconde el secreto de ser un peligroso asesino. De nuevo Puenzo desconfía de instituciones como la escuela o la medicina cuando quedan en manos de intereses espurios. Y aunque no estamos ante un filme de denuncia sino ante una obra de cámara, Wakolda. El médico alemán, sin incidir demasiado en los aspectos más morbosos de la trama, acaba alcanzando su propósito de dejar una imprecisa sensación de incomodidad.

Mengele, pues




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