Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Aterrizaje en Tokio

OTROS DESTINOS

¡Y por fin aterrizamos en Tokio!

Las casi 24 horas de viaje que llevaba a mis espaldas no me impidieron mantener los ojos bien abiertos, y para cuando llegamos al hotel, tras una hora de autobús, ya había aprendido un montón de cosas. Tan interesante resultaba todo que sin permitir que el jet lag hiciera mella en nosotras prolongamos la sesión de aprendizaje hasta bien entrada la noche.

¿Qué qué aprendimos ese primer día? Mucho y variado. 

En la parada del autobús del aeropuerto:

·        Que hay más personal por puesto de trabajo del que estamos acostumbrados a ver. Dos maleteros para un autocar, dos controladores de billetes para un acceso…

·        Que son muy ordenados: las colas que han de formarse para esperar el transporte están trazadas en el suelo y los pasajeros se desplazan de una casilla a la siguiente según van circulando los autocares; entre la llegada de un autobús y otro, los maleteros colocan el equipaje en el lugar exacto donde se abrirá la bodega en la que han de meter las maletas.

·        Que son muy pero que muy ceremoniosos: los maleteros saludan con reverencias la llegada y la partida de cada vehículo; una de las personas que controlan los billetes se sube al autobús segundos antes de que éste arranque para desearnos buen trayecto.


A través de la ventanilla:

·        Que la mayoría de los coches que circulan son pequeños y cuadrados.

·        Que los tokiotas disfrutan al máximos las terrazas de sus áticos (muchas de ellas con césped artificial, cañizo y hasta piscina hinchable), cosa que veo al pasar a su altura cuando nos toca ir por la vía superior del entramado de carreteras, ferrocarriles y metros que se entrecruzan a distintas alturas entre los edificios.


·        Que tienden en las fachadas y usan todo el mismo tipo de tendal. En los cientos y cientos de balcones que dejan atrás mis ojos lo más que veo son tendales. Tendales enormes, semejantes a percheros y muy similares unos a otros, que cubren las fachadas de camisas, camisetas, pantalones, vestidos, sábanas y toallas.

·        Que los oficinistas son muchos y uniformes. Las aceras y los cruces están llenos de trabajadores que parecen escapados de un congreso profesional: todos con sus acreditaciones al cuello. De pantalón oscuro (gris, negro o azul) y camisa blanca ellos, de traje de chaqueta gris o azul con camisa blanca ellas (aunque bien es cierto que no todas).  

 

·        Que se come mucho de bar. Hay un gran movimiento de entradas y salidas en los numerosísimos bares (es mediodía de una jornada laboral) que ocupan los bajos de los edificios (y también los pisos, pero de eso me enteraría más tarde). A unos se los ve salir satisfechos, de otros diría que se llevan la comida a la oficina posiblemente para sí mismos y para algunos compañeros.

·        Que la bici es un medio de transporte común en la ciudad. Como si de la campiña francesa se tratara, no son pocas las mujeres que se desplazan en bicicleta con las compras en su cesta.

·        Que debe llover y mucho. A la puerta de hoteles y edificios de oficinas hay grandes cajas metálicas con casillas numeradas y cerraduras que resultan ser paragüeros. Es curioso que en un país donde puedes dejar la cartera abierta sobre la mesa de una cafetería e irte al servicio seguro de que nadie te tocará ni un céntimo, los paraguas se guarden bajo llave, quiero creer que será para no confundirlos porque la mayoría son iguales: transparente de mango blanco o negro.


·        Que no hay por la calle gente pidiendo ni aparentemente necesitada (en 22 días recorriendo el país, sólo me encontré con 4 personas en una situación de supuesta miseria).

En el hotel:

·        Que las historiadas tazas de váter japonesas no son un lujo asiático sino moneda corriente en el país y no hay uno sino mil modelos: las hay con y sin calor en el asiento, con y sin música ambiental (trinos o discurrir de agua, por ejemplo), con vaciado automático o manual de la cisterna… Lo mejor es que los japoneses a este escusado lo llaman occidental y al agujero en el suelo que nosotros conocemos como váter de pie o turco lo llaman japonés.


·        Que se puede llenar de vapor el baño sin que se empañe el espejo. No cronometré mi primera ducha nipona pero a buen seguro fue caliente y prolongada, y sin embargo cuando me puse frente al espejo del lavabo éste no estaba empañado. No dudo que tan sencillo invento lo haya también en España o cualquier otra parte del mundo, pero, sinceramente, no me había topado nunca con él.

En la calle:


·        Que está prohibido fumar incluso al aire libre. Excepto en pequeños espacios acotados y bien señalizados para fumadores. 


·        Que se suda mucho muchísimo (al menos en julio y agosto), y para secarse el sudor son las pequeñas toallas que lucen hombres y mujeres: alargada y al cuello muchos de ellos; cuadrada y doblada, en la mano o el bolso, la mayoría de ellas.

·        Que no íbamos a pasar hambre. Supermercados aparte, está lleno de bares y restaurantes, pero además la inmensa mayoría ofrece reproducciones de plástico extremadamente fieles de los platos de nombre incomprensible que figuran en sus cartas.

 


·        Que no es fácil moverse por la capital pero no imposible. Hay muchos planos indicativos de situación, pero ¡ojo! no mantienen una orientación norte-sur en su presentación, están orientados según conviene a la representación de la zona en la que se encuentran (supongo, no pillé la lógica), lo cual complica y mucho su interpretación. Pero sin ellos no habríamos podido dar ni un paso.  


Las fotos, como siempre, las hicimos Eva Orúe (muchas) y yo misma (alguna que otra).

OTROS DESTINOS




Archivo histórico