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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

15 años y un día


Preseleccionada para representar a España en los Oscar de Hollywood, 15 años y un día es un filme que sorprende grata e ingratamente casi a partes iguales.

Estamos ante una historia interesante, amena y bien contada, con la sensibilidad que ya demostraba la directora Gracia Querejeta en su opera prima Una estación de paso y con posterioridad en cintas como Siete mesas de billar francés, también co-protagonizada por Maribel Verdú. Querejeta no es una directora que digamos arriesgada, pero sí una hábil creadora de personajes y ambientes. Sin embargo, los actores y actrices (generalmente buenos) de sus películas no dan todo de sí mismos/as.

El periplo de Jon (Aron Piper, magnifico de principio a fin) descansa en la fuerza de sus intérpretes y en la aproximación lúcida de la cámara a sus acciones, logrando un estilo transparente y fluido. Por el tratamiento de la realizadora vemos que, en gran medida, y a pesar de su desmesura y su aproximación a gentes violentas o actos poco asertivos, es el héroe (antihéroe) de la película. Un adolescente independiente y desencantado que descubre un mundo adulto herido (no es nuevo en la filmografía de la directora de Héctor pero que aquí sí destila espontaneidad, descaro y frescura).

El guión es bueno y casi todos los actores cumplen pero la película no acaba de funcionar. El abuelo, aislado del resto del núcleo familiar, que encarna con esfuerzo Tito Valverde se desvanece un poco ante la fuerza otorgada a los adolescentes y sus andanzas. Querejeta denigra a unos personajes para ensalzar a otros y si sus protagonistas son más o menos complejos algunos secundarios parecen sacados de literatura de segunda o de los habituales clichés paternalistas sobre la juventud. También vuelve a mostrar una incapacidad para mostrar un adolescente gay creíble en el cine español. Aquí es un chico que da clases particulares y "toca el piano", pero no sabemos gran cosa de su vida más que es “serio” y es “el maricón” del pueblo. Suena algo desfasado. El ambiente realista, la violencia contenida (mejor que cuando es mostrada) y la dirección sobria y elegante la convierten en una mejor representante de la —no hace falta decirlo— agonizante industria del cine español que la La gran familia española", el bajón de Sánchez Arévalo al servicio de la astracanada.

Querejeta, con pocos escenarios, construye un microcosmos aceptable y un drama menor pero visible aunque Maribel Verdú está algo envarada en su papel al igual que algunos secundarios que se comportan casi siempre tal y como el público espera de ellos, como esa tozuda comisaria “con buen corazón” o los adolescentes gallitos, violentos y descerebrados. Así, su ambiguo y tenso final nos pilla algo desapegados de un relato honesto —que incluye desarraigo, desilusión, amistad, humor, bullyng, estigma y violencia— pero carente de casi ningún atrevimiento en su puesta en escena y con más profesionalidad que originalidad narrativa. Hay ráfagas de poesía pero en general el filme está escrito con exquisita pero prosaica caligrafía.

Menos petulante y literaria en su construcción de los relatos que Coixet, pero también tentada aún por los lugares comunes, Querejeta al menos sabe insuflar vida propia a sus historias que en ocasiones inciden en temas similares aunque muestre pocos avances en las formas audiovisuales de nuestro cine.

La condena




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