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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Bienvenido a Rama, Mr. Clarke

Ha muerto Arthur C. Clarke uno de de los escritores científicos y autor de novelas de ciencia-ficción de merecida fama en la literatura de género. Junto con Isaac Asimov y Robert Heinlein, forman la triada básica sobre la que se ha asentado la ciencia ficción moderna en su apartado tecnológico.


En su testamento ha dejado dicho que envíen su ADN al espacio, de esa forma, si en el futuro otra civilización extraterrestre lo encuentra, podrá vivir, de nuevo, en ella. Fue el sueño de toda su dilatada y fructífera vida, poder contactar con una civilización extraterrestre,  y el tema de muchas de sus novelas y relatos, entre ellas y una de mis favoritas, Cita con Rama, o El centinela, embrión de la metafísica  obra maestra de Stanley Kubrick, 2001, Una odisea del Espacio, en la que figuró como co-guionista aunque sus desavenencias con el cineasta fueron sonadas durante la realización de la película, motivo por el cual se decidió a escribir la novela del mismo título y una secuela posterior, 2010, que escasa gloria aportaron a su nombre, y que también fue llevada al cine por Peter Hyams en un fallido intento de explicar lo inexplicable, que era el leiv motiv de la primera.

Humanista convencido y muy crítico con todas las religiones, Clarke,  más que un buen escritor, era un excelente divulgador, un científico. Su prosa era directa y amena y sus historias se leen con facilidad y a menudo con indisimulado placer. Autor de más de cien trabajos que abarcan desde la ficción hasta a la antropología pasando por otras muchas áreas del saber,  era miembro destacado de varias organizaciones Astronómicas en Gran Bretaña y Estados Unidos.

Él fue el primero en avanzar la posibilidad de los ahora indispensables satélites geoestacionarios, y preguntado sobre por qué no había patentado su idea se limitó a responder que nunca creyó que eso pudiera llevarse a cabo durante su vida. También adelantó la creación de una estación espacial orbital, de los superordenadores, la crionización, los ascensores espaciales y muchas otras tecnologías con las que ahora convivimos normalmente.


En este sentido podría hablarse de él como un epígono del  escritor francés Jules Verne, pero sería generalizar demasiado. Clarke se despega de su famoso antecedente en que su obra, más acorde a los tiempos en que ha sido escrita, se aleja de toda la moralina inherente a la producción literaria de aventuras del siglo XIX.

Puestos a elegir entre su extensa obra literaria, me quedaría con dos de sus obras mayores: El fin de la infancia, aparecida en 1953 y cuyo primer capítulo tuvo que reescribir en 1990 para paliar sus anacronismos; y Cita con Rama, de 1972 y con la que obtuvo el Hugo y el Nebulae, los dos premios mayores de la ciencia ficción en inglés.

Ambas novelas tratan del contacto del ser humano con civilizaciones extraterrestres, pero desde un punto de vista completamente diferente. En la primera, los alienígenas llegan hasta la Tierra y tratan de ayudar a la raza humana a dar su siguiente paso en la carrera evolutiva, de ahí el título de El fin de la infancia. Obra de gran carga simbólica y humanística contiene en embrión toda la filosofía existencial de su autor.


En Cita con Rama, por el contrario, prima sobre todo el aspecto tecnológico. Estamos en la segunda mitad del siglo XXI y un enorme asteroide se acerca al sistema solar; debido a su potencial peligro se envía una nave para su estudio. El tal asteroide resulta ser un enorme cilindro de 40 kilómetros de largo y 8 de radio en sus bases, y tiene un movimiento de rotación rapidísimo. Los tripulantes de la nave, tras bautizarlo con el nombre de Rama en honor del dios hindú, deciden penetrar en su interior para proceder a su estudio.

La novela narra con un rigor científico insólito el descubrimiento de este mundo de simetrías triples, universo surreal cuyas reglas físicas se les escapan, del que no logran saber de dónde proviene,  ni adónde se dirige. Y en cuanto a sus hipotéticos habitantes, si es que existen, no les molesta en absoluto la presencia de los humanos por su nave. Cuando finalmente salen del cilindro, que parece dirigirse directamente al Sol, no han encontrado ninguna de las respuestas que habían ido a buscar.

Unos años más tarde, y con ayuda de su colaborador Gentry Lee, Clarke prosiguió con una serie de novelas que  intentaron desvelar el misterio y finalidad de la civilización que había construido el cilindro, pero estas secuelas no despertaron demasiado entusiasmo.

Exilado voluntariamente desde los años sesenta en Sri Lanka, dedicado al buceo y al estudio de la gran barrera de coral, a sus escritos y a sus artículos, ha muerto haciendo lo que amaba.

Espero que ahora haya ido a reunirse con todos esos seres superiores que su imaginación  ideó y que nos regaló a través de su obra.




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