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El pizarrín

Javier Goñi

La lluvia sobre la claraboya


Déjenme que les diga que quizás sí tiene razón Oliveira y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero esto no fue una cita precisa, y sí un seguir de sombras, de anotaciones en papel rayado, o no, y sí pudo comenzar una mañana de sol de agosto en el Quai de Conti, y las primeras palabras del Génesis, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”, que son palabra a palabra exactamente iguales que estas otras de El Libro, “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont  des  Arts…”


Se pregunta el escritor aragonés José María Conget, autor de una resma de papel no rayado que me llevé conmigo a París y que saqué, dándole a la impresora, de  parís.rutascervantes.es, el París de Cortázar, el de Horacio Oliveira y la Maga, el París de Rayuela, El Libro, “cuántos viajeros no han buscado la rue de Seine para asomarse al arco que da al Quai de Conti en un atardecer de diciembre y tratar de distinguir sobre el Pont des Arts la figura delgada de una mujer inclinada sobre el agua”.

Cuántos, sí, lectores peregrinos, se han acercado, de creer a Conget, en un atardecer de diciembre, a tratar de distinguirla sobre el Pont des Arts, que en esta mañana soleada de agosto está totalmente empapelado con candados de todos los tamaños y de los mejores deseos y buenos propósitos.



Pero como esto no es una cita precisa, a la hora, en el sitio, sino un seguir de sombras, no sé si fuimos primero al Quai de Conti –a quién buscaba el joven de la maleta- o desayunamos antes en la rue Monge, esquina con Cardinal Lemoine, y la vimos cruzar, a esa joven que da la espalda, la calle, la rue Monge, ¿cerca, lejos, cómo saberlo, del meublé donde vivió la Maga?

En junio de 1963, apareció en Buenos Aires  la primera edición, Editorial Sudamericana, de Rayuela, esa novela generacional. Confesaría años después su autor: “Cuando yo escribí Rayuela jamás pensé que estaba escribiendo un libro cuyos lectores de elección serían sobre todo los jóvenes. Yo pensé que escribía un libro para la gente de mi edad. Cuando apareció el libro la gente de mi edad no lo entendió, pero en ese momento comenzó a ser leído por los jóvenes”.

Yo la leí diez años después, a los veinte años también: veinte, veintiuno, qué más da, ¿me va estropear un dígito de más la rima, la intención de la cursiva? Y como no quería, a los veinte años, veinte, veintiuno, qué más da, ser un lector corriente, de los que leen en la forma corriente, no leí, por primera vez, Rayuela de forma continua, del capítulo 1 hasta el 56, y quedarme allí, con las “tres vistosas estrellitas”, que marcaban el fin de la novela, que así se dejaba “leer en la forma corriente”, que explica el Maestro en el “tablero de dirección”, y en cambio opté –entonces- por la forma inusual: del capítulo 73 al 131 pasando por el 1, 2, 116... En fin, siguiendo el juego de la rayuela, no siendo un lector corriente, uf, qué horror, entonces. Y así la leí también en 1984, el año en que falleció Cortázar en París en su casa de la rue Martel, en la espléndida edición, entusiastamente anotada, que hizo para Cátedra Andrés Amorós: un trabajo aquel, que en este año del 50 aniversario de Rayuela, no me da la impresión de que se le esté haciendo mucho caso, creo; y no me parece justo.


A pie de página, nota a nota, Amorós, aquí y en su extensa y fervorosa introducción, compone un espléndido cuaderno de bitácora para seguir, casilla a casilla, capítulo a capítulo, delante, detrás, aquí, allá, esa –escribe– Rayuela que “tiene algo, inevitablemente, del pez que se muerde la cola: literatura que intenta ser más que la literatura, pero que, en definitiva, no puede seguir siendo otra cosa que literatura”. En fin, literatura.

Leí, pues, Rayuela, en 1973 y en 1984, y la estoy volviendo a leer otra vez. Antes del verano, para coincidir con el 50 aniversario de su primera edición, Alfaguara –que anuncia para estos días un libro inédito, unas clases universitarias en Estados Unidos, habrá que verlo– sacó una muy cuidada edición conmemorativa y es la que me ha puesto otra vez en la casilla de salida. La novela sigue enamorándote, rejuveneciéndote, aunque uno, ay, ya, no es el mismo, y esta vez, sí, la estoy leyendo “en la forma corriente”, del capítulo 1 al 56, y llegar a las últimas palabras, “dejarse ir, paf, se acabó”, y encontrarse con las “tres vistosas estrellitas”. Lo demás, son capítulos prescindibles, lo dice el propio Cortázar. Y voy leyendo despacio, sin prisa, hoy un poco, pasado mañana algo más, y voy todavía por el capítulo 18, con ese final que dejé el otro día, que repaso esta mañana de domingo, último de septiembre, y no llueve, y asoma un sol otoñal por mis ventanas, y he puesto en el equipo de música, para escribir  esto que tiene usted, lector, ante sus ojos, Oscar Peterson, y su piano-jazz, he buscado, dos, tres cedés, y en ninguno está Oscar´s Blues, pero sí The lady is a tramp, que es lo que suena ahora exactamente cuando escribo estas líneas, que copian  el final del capítulo 18, “… miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar´s Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura”.
Un hermoso final de capítulo. En fin, literatura.

Me llevé, sí, a París, el grueso volumen de la nueva edición de Rayuela. Mi compañera de habitación del hotel de la rue des Écoles llevaba, más porteable, la edición de Amorós, y a la noche leíamos cada uno su rayuela, cada uno en su lado, y se desprendían de mi alfaguara o de su cátedra capítulos prescindibles e imprescindibles, escenas, diálogos, textos distintos, diferentes paginaciones, parecido embeleso, cada uno hacía su lectura con su ritmo, con su respiración, con su ronroneo particular y uno, ahora, al recordarlo, piensa en esa anécdota, en alguna parte contada, tomada, leída, tal vez en el texto de Jesús Marchamalo que sobre Cortázar y los libros escribió para Fórcola: ese viaje en tren por Italia de Cortázar y Aurora Bernárdez y cómo iban leyendo ambos dos el mismo libro, arrancando páginas –qué horror, destrozarlo así…-  que se iban pasando y uno de ellos, después, las arrojaba, las leídas, por la ventanilla del tren.

Y al día siguiente, aparecían entre las sábanas, arrugadas, palabras, textos, galimatías, que uno no intentaba ordenar, a lo más alisar la sábana, sacudirla,  y allí quedaba, abandonado, ese tan hermoso galimatías, no lo intente usted, lector, ordenarlo buscando ayuda en los diccionarios, no se irrite por no entenderlo, solamente léalo en voz alta, despacio, muy despacio, saboreándolo, paladeándolo, dejándose llevar por las sonoridades, ese capítulo, el 68 –¡prescindible!, ¿prescindible? –, ese que dicen que es uno de los más hermosos –e inentendibles– poemas de amor, ese que empieza:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba reclamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa…”

Und  so weiter.

Como en junio se cumplían los 50 años de la primera edición, en Buenos Aires, de Rayuela, el Instituto Cervantes de París, que dirige Juan Manuel Bonet, ese hombre erudito que lleva siempre las manos llenas de datos, de fichas, de anécdotas, de libros inencontrables, de vidas olvidadas, de ismos y vanguardias, de artes diversos, y todos ellos –ellos y más– adheridos a sus manos como un esparadrapo pelma;  él, Juan Manuel Bonet, montó en su Cervantes de la rue Quentin Bauchart, a un paso del Arco de Triunfo, una exposición sobre El París de Cortázar, entre el 14 de mayo y el 12 de julio de 2013, que me hubiera gustado ver, claro, y además un muy completo catálogo, que me hubiera gustado tener, claro. ¿Lo encontrará uno, como si fuese Horacio a la Maga en el Quai de Conti, en la biblioteca del Cervantes, cuya sede central en Madrid, un pedazo banco antiguo con cámara acorazada, mandó derribar el otro viernes en El Cultural Académico Anson con una virulencia de papel inflamable que hacía tiempo que uno no leía? ¿Lo encontrará uno en la calle de Alcalá en la destrozable sede cervantina?

Pues del catálogo tengo el pdf y le he puesto unas prácticas tapas de plástico y su correspondiente canutillo y la cosa ha quedado muy legible, la verdad, aunque no es lo mismo que el original, que fui a buscarlo, en uno de esos días de agosto,  al 7 de la rue Quentin Bauchart, pero estaba cerrado por vacaciones, hasta el veintitantos, así que nos acercamos donde la llama del soldado desconocido a turistear.

El pdf  me lo envió Javier Fórcola, al que se lo había pasado Fernando Castillo y a éste sin duda el hombre erudito, Bonet, amigos los tres, de la misma fratría del papel. El pdf es muy interesante todo él, pero más de la mitad lo ocupa un portentoso bestiario de saberes, prontuario de datos y precisiones del propio Juan Manuel Bonet, Para un diccionario Cortázar-París-Rayuela, donde está todo, y cuando digo todo es todo.


Es como para quedarse uno encerrado en la habitación del hotel de rue des Écoles, leyéndole, a Bonet, ahora que he sacudido las sábanas de palabras, texturas varias, galimatías y capítulos prescindibles y nada prescindibles; pero no, hay que salir, y sí, salimos a la calle, a seguir sombras por entre el asfalto, y dejamos los puentes del Sena y los muelles y tomamos por la rue du Jour, que es una calle estrecha, llena de tiendas a la moda, y donde tomaban un plato de sopa los clochards que conocía Horacio, a la vuelta hay una iglesia, creo y no muy lejos, por Les Halles el café Au chien qui fume, donde pedimos vino blanco, como hace Horacio,  y vamos a la rue du Sommerard porque en uno de estos portales vivió Horacio y en los bajos o cerca hay una tienda de “Au vieux Campeur”. Hay muchas por el barrio, pero no es una franquicia de Zara, creo. Nos gusta encontrarnos con la calle Valette, pues en uno de sus hoteles –en cuál-  se acostaron por primera vez la Maga y Horacio.


En la rue Sommerard

En ese deambular continuo, por las calles del Barrio Latino, de Horacio y Maga me gusta esta frase del capítulo 6, que se la tomo, porque me vale, a Conget en su ruta del cervantes.es, y es esta: “No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado”.


Y en la rue Monsieur le Prince está la Crémerie Restaurant Polidor, un estupendo restaurante un tanto añejo que tiene el detalle nada más entrar en el local de advertir amablemente a sus clientes que “Depuis 1845 Le Polidor n´acccepte pas les cartes de crédit”. Bueno es saberlo. Polidor, ahora, es famoso quizás -hay una foto en el ventanal que lo atestigua- porque no hace mucho comió allí Woody Allen, y por eso quizás está lleno de viajeros americanos. Las mesas son corridas, la comida en pizarras, el plato del día, un contundente batiburrillo de lentejas y butifarras y buen vino, quizás un Côtes du Rhône, asequible. Pero el Polidor, que no admite tarjetas de crédito desde 1845, es un restaurante muy popular, al que iban mucho Verlaine, Valéry, Joyce -le tomo los datos a Bonet-. Y uno, comensal ocasional, intentando entrar en el servicio, al final, en el patio, una suerte de armario empotrado, abuhardillado y baño turco a la antigua usanza –desde 1845-, siente, en ese instante de incómoda intimidad, que así, y en similar postura, habrían estado un Verlaine o un Joyce. Reconforta. En el de al lado, han entrado dos mujeres. Las voces son distintas. Ríen. Primero una, luego la otra. No hay sitio para dos risas.


El Polidor sale mucho en los libros de Cortázar, no solo en Rayuela, pues le gustaba mucho y lo frecuentaba. Quizá los cortazarianos memoriosos adviertan que 62 modelo para armar (Ed. Sudamericana, 1968), esa gran novela que vive a la sombra que todo lo abrasa de Rayuela, se inicia con esta frase: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?”, una pregunta que se hace Juan, el protagonista. Una amiga le escribió en 1977 a Cortázar interesándose por si había elegido el restaurante Polidor  por su similitud con el escritor John William Polidori, amigo de Keats –a quien le dedicó Cortázar un ensayo- y de Shelley, autor, Polidori, de una de las primeras novelas sobre vampirismo y que está en la célebre reunión en Ginebra donde una noche, a instancias de Mary Shelley, se le da un notable impulso al género literario en cuestión (reunión que Gonzalo Suárez en su película Remando el viento revivió de manera magistral con un Hugh Grant, iniciándose como Lord Byron, y nuestro estupendo José Luis Gómez haciendo de Polidori). Y Cortázar le contestó a su amiga: “¿Cómo no caerse decúbito dorsal cuando descubres la asociación Polidor-Polidori? El restaurante Polidor existe en París, lo sabes; ergo, si Juan lo eligió entre otros diez, fue porque… Polidori. Me da frío en la nuca, bichito”.


Polidor. Polidori. Y Rocamadour. Una de aquellas noches de seguir sombras rayuelescas fuimos a cenar –para descansar, para desconectar, para relajarnos, para no hablar ni una palabra de Cortázar- a un restaurante muy francés en el 36 de la rue de L´Ile St Louis, Le caveau de l´Isle. A la salida, paseando, a cien metros, una delicada tienda de quesos, uno de ellos, Rocamadour, un pueblo, sí, próximo a Cahors, un nombre de queso, sí, pero Rocamadour era el hijo de la Maga. Pues eso.

Y llegamos, pues, al final. A su tumba, claro. Al cementerio de Montparnasse. Una tarde gris, lluviosa. Poca gente. No es fácil encontrar una tumba que buscas. Te trabas con mostachos de mariscales, académicos inmortales, hombres de leyes, de letras, incluso vietnamitas que sirvieron lealmente a los franceses en Indochina;  aquí y allá un escritor que te suena vagamente, un panteón ilustre, y sí también la de Ionesco, y la Duras, y Beckett, y  Juan Pablo y Simona, y César Vallejo en su París de aguacero y, desde luego, cerca, Saúl Yurkievich, el amigo y albacea de Cortázar y ahí, pues, donde están paradas,  de pie, dos mujeres a las que les oímos hablar en argentino, Cortázar, con una tumba grafiteada como si fuera una figura de rock muerto a temprana edad y no a los 70 con los que murió en febrero de 1984, él que nació en 1914: el año que viene es el año Cortázar, y también el de Octavio Paz. Una tumba llena de pequeños exvotos de admiración y devoción literaria. Hojitas de papel rayado protegidas del viento por un guijarro. Una bolsa que debe ser de mate, que no de marihuana, como insinúa alguien. Se acercan otros españoles. Se hace una tertulia en torno a la tumba. De haber tenido con qué hubiéramos brindado por el gran Cortázar. El grupo se dispersó  por los bares  de los alrededores de Montparnasse. Nosotros pedimos dos copas de vino. Atardecía. Se puso a llover.





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