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Ramón Acín

Entre gauchos por la pampa


Aunque tarde, leí por primera vez a Leila Guerriero cuando Alfaguara editó Frutos extraños en 2012, una magnífica recopilación de crónicas periodísticas —Los suicidas del fin del mundo, su primer gran texto es de 2005— y, desde entonces, porque nunca me defrauda, devoro cuanto puedo de esta periodista y escritora argentina. Su prosa, precisa y clara, noquea con la contundencia del más experimentado creador y las historias que enhebra contienen siempre una pulsión vital que jamás deja indiferente porque rebosan verdad, además de atraer por cuanto contienen y por cómo se cuentan.

He escrito periodista y escritora, pero el orden no importa. Aunque Leila Guerriero naciera primero en el periodismo, también cabe en ella a la perfección la faceta de narradora. Nadie como ella conjuga ambos mundos, además de sintetizar en un cuerpo único, soldado y sorprendente estas dos formas de acceder a la realidad o de visionarla. Sus libros, por tanto, contienen siempre una doble dirección de lectura, permitiendo a lector, al mismo tiempo, tanto asistir a la investigación periodística, basada en el rigor y la precisión, como paladear la más grata y frondosa sensación que siempre destilan todas las obras de verdadera literatura. Por ambos raíles camina también su última entrega, Una historia sencilla, recién publicada por Anagrama.

Una historia sencilla nos lleva hasta el corazón mismo de la pampa argentina, vaciada de todos los exotismos del cliché, pero llena de deslumbrante vida. Nos hace viajar hasta “la pampa lisa, donde el malambo conserva su forma más pura” (p. 14) y donde se ubica “una más de las miles ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto” (p.10) de los argentinos, pero que, sin embargo, es centro del mundo, durante nos días, para regiones concretas de Argentina, Perú y Uruguay por su Festival Nacional de Malambo. Y nos hace vivir, asistiendo como espectadores de lujo, en la primera línea de butacas.

Vida, tradición, folklore, paisaje y paisanaje caminan altivos por Una historia sencilla que, como en obras precedentes, su autora, Leila Guerriero, consigue llenar de pasión, de realidad, de emociones y de vida gracias al rigor, a la sencillez expositiva y a la enorme exactitud comunicativa que despliega. El lenguaje vuelve a ser el gran sustento de una historia donde los protagonistas, empujados por una quimera que enlaza con lo más puro de la tradición, batallan hasta la extenuación, superando deficiencias económicas y entregándose al límite para conseguir llegar a la batalla final: un zapateado de cinco minutos que les lleve a la gloria; un zapateado que exige el entrenamiento físico y mental del mejor atleta olímpico.

Todo cuanto se cuenta en la obra (novelita y reportaje fundidos en un mismo cuerpo narrativo) sucede durante una semana en el pueblo de Laborde con sus respectivos flash back explicativos para dar cuerpo —y entera noticia— a los protagonistas. Se trata de la lucha por el campeonato anual del mejor bailador de malambo, el rey de reyes por un año y ya dios para siempre en el olimpo de los malambistas. Una competición contada desde dentro con el agudísimo ojo de quien escudriña todo con pericia y rigor —paisaje, gentes, costumbres, entrenamientos, competición, vida de la ciudad... —, medita sobre ello y lo redacta buscando la esencialidad comunicativa. Sin embargo todo lo anterior tan sólo es la corteza de Una historia sencilla, la anécdota que posibilita el fluir de las verdaderas historias a relatar. Unas, visibles y humanas siguiendo a los competidores de cerca, ahondando en ellos desde perspectivas físicas a emocionales, mostrando su aspiración, sus miedos, sus sentimientos y su vida. Es el caso de Rodolfo González Alcántara, malambista campeón del 2012 a quien la autora, desde Buenos Aires a Laborde, acompañó, escrutó y radiografió al detalle para plasmarlo como el cordón umbilical y el eje narrativo de Una historia sencilla. Otras, simplemente entrevistas, que tan pronto caminan a lomos de la sugerencia, como incitan a profundizar veredas apenas mentadas. Si las observaciones expuestas sobre la vida de personas concretas —nunca personajes ficticios a pesar de esa “lucha” frente a los obstáculos hasta conseguir la quimera perseguida que tanto les aproxima al héroe—, con su enorme sencillez y su humus cotidiano, rezuman interés humano y literario, otro tanto sucede con los apuntes sobre folklore y las sugerencias literarias —toda la literatura gaucha, por ejemplo, desde Martín Fierro a Don Segundo Güiraldes, Juan Moreira o Fausto sale al encuentro del lector—. Y, también, con las descripciones y rápidos apuntes del paisaje envolvente. Es decir, la esencialidad y la sugerencia como motores de cuanto se relata.

Un fragmento: Rodolfo González Alcántara finaliza su último zapateado y Leila Guerriero escribe un enumeración sintetizadora, donde cabe toda la vitalidad que puebla o que se quiere transmitir en la obrita: “Después de cuatro minutos cincuenta y dos segundos, hizo crujir la noche bajo su puño. Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo en verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario a la paz. Era el cuchillo y el tajo. Era el caníbal. Era la condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor. Y sonriendo de costado —como un príncipe, como un rufián o como un diablo—, se tocó el ala del sombrero y se fue. Y así fue. No sé si le aplaudieron. No me acuerdo” (p. 52).

Al final, el lector parece estar asistiendo a una visualización, a una película y se siente como si viese todo desde del patio de butacas, estando físicamente allí, tocando todo cuanto se cuenta. O como, si en un viaje, avistase todo o lo entreviera desde la ventanilla del autobús. Por eso, leer Una historia sencilla conlleva todo un viaje al corazón de la pampa argentina (a su folclore, vida y habitantes), pero también es un viaje al corazón de la gratísima prosa de Leila Guerriero que, en palabras de Vargas Llosa, es de “precisión matemática”.

Una historia sencilla, Leila Guerriero. Barcelona, Anagrama, 2013, 146 pp.




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