Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Ginger y Rosa


La última película de la directora británica Sally Potter, que siempre se ha movido entre el cine independiente y el comercial, trasciende la etiqueta de cine lésbico a favor de un cuento hermoso y cruel sobre la adolescencia y la lucha por los ideales.

Potter, británica, surgida del contra-cine feminista de los setenta (Yes) junto a gente como Laura Mulvey o Chantal Akerman   y de la contracultura del momento, cogió el testigo de Derek Jarman con su exquisita versión de Orlando, de Virginia Woolf protagonizada por la camaleónica y comprometida  Tilda Swinton. Ginger and Rosa, a pesar de algún exceso melodramático y una cierta tendencia (aquí bastante contenida) a la composición estetizante es, seguramente, su mejor y más equilibrado trabajo.

Ginger and Rosa, sobre todo en su primera parte, es una sencilla historia de amor, amistad,  unión y desamor entre dos chicas; es, también, sobre todo el afilado  retrato de una época y de una etapa vital: la adolescencia. Pero Potter se atreve con el material inflamable que tiene entre sus manos, y a pesar de algún que otro episodio algo apagado, logra devolvernos a la Inglaterra de Terence Davies (The long day closes), Jeannette Winterson y los "Jóvenes airados" de los sesenta (y el “Free cinema”) con sus cocinas, sus bañeras,  sus pequeños apartamentos, sus paisajes fríos y su atmosfera a la vez cálida y melancólica. Pequeñas casas, sexo y amor, grandes ideales.  Sabor a miel y a hiel. Mayor fisicidad que en sus anteriores trabajos, marcados por la qualité.  Hielo y fuego interior.  

La guerra nuclear y la amenaza de los misiles parece más una metáfora que una amenaza real. Una metáfora sobre la necesidad de Ginger, la verdadera protagonista del relato, de enfrentarse a un mundo que no puede cambiar ni comprender del todo. Un mundo que le viene grande y pequeño a un tiempo. Un mundo de falsos profetas y violentos policías.  No obstante, su inteligencia y su sensibilidad (como la inteligencia y la sensibilidad de Potter) le impiden fracasar del todo en sus batallas intimas por la autorrealización y la sinceridad en un mundo de mujeres sujetas a las apariencias y de hombres a la deriva, como ese padre alternativamente encantador e insufrible al que da vida el maravilloso Alessandro Nivola, como un hombre descreído pero en el fondo sensible a las impresiones, que a través de una cuidada paleta cromática, impactan en Ginger, demasiado frágil para sortear todas las desventuras y golpes y también demasiado voluntariosa y joven como para caer en la resignación de esas mujeres entre las que se acaba incluyendo la propia Rosa. El personaje de Nivola es uno de los personajes masculinos más complejos dentro de la filmografía de una directora de (esencialmente) mujeres.

Aunque Potter no se ha deshecho del todo de cierta pedantería en algunos diálogos sentenciosos y composiciones exquisitas (que alcanzarían su clímax en La lección de Tango),   logra su película aparentemente más pequeña y en el fondo más sólida, grave y grande, gracias al trabajo de actores y actrices jóvenes o mayores  (entre las que se incluye una pequeña pero significativa aparición de Annette Benning) y a su aproximación reflexiva a esos mundos interiores que chocan de continuo. Como chocan el amor y la pasión, el dolor soterrado y la alegría pasajera,  la resignación y la aventura por cambiar las cosas del personaje encarnado por Elle Flaming, en estado de gracia. Grandes espacios abiertos y pequeñas estancias, ideas elevadas y sentimientos doloridos son el soporte de una película que, aunque busca con demasiado ímpetu conmover, logra hacerlo por la inteligencia, sutileza y meticulosidad que hay a un lado y otro de la cámara.

Cuando Sally encuentra a Ginger




Archivo histórico