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Círculo de iluminación

Eva Orúe

Atención, atención

eorue[arroba]divertinajes[punto]com :: @EvaOrue
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El Círculo de la semana pasada, en el que se comentaba la situación de las librerías independientes en Estados Unidos así como una campaña para impulsarlas que han puesto en marcha en Gran Bretaña, provocó la reacción inmediata de un lector, al que llamaremos A.

A. traía a colación un texto de The Economist en el que, al hilo de lo que ocurre en EE.UU., se mencionan los puntos fuertes de las librerías de menor tamaño: tienen a su favor que no pueden dormirse en los laureles, y ese estado permanente de alerta les beneficia; y que permiten un trato más cercano con el cliente. Y continuaba:

Mi conclusión al respecto (y perdona el desahogo, pero pocas veces me encuentro con tantas ideas que considero erróneas en un mismo artículo):

El sector editorial no permite trasladar teorías económicas/comerciales de un país a otro (no es, por ej. como el mercado energético). Basta ver lo que cambia el entorno legal (ley del libro) de un país a otro, y en nuestro caso, basta ver qué respeto tienen los ciudadanos a la ley. Así que todas estas noticias internacionales hay que filtrarlas, sobre todo si queremos de verdad proteger a las librerías y a quienes hacen buen uso de ellas.

Y el trato cercano con el cliente, no sé yo dónde aporta beneficios. Los aportará en caso de convertirse en una compra repetida, y eso desgraciadamente en nuestras librerías no ocurre mucho. A lo mejor es por eso que la mayoría ya no se esfuerza es tratar bien al comprador.

La mitad de nuestro país no lee, y la otra mitad lee un libro al año. Es culpa de todos, pero para mejorarlo debemos afrontar el problema tal y como es. Repetirnos esa frase todas las mañanas.

Lo peor de todo, al releer esto que te escribo, es que parece que hablo por experiencia propia. Y sólo soy un comprador como otro cualquiera, mi único punto de vista es el del cliente. Pero parece que nadie quiere darse cuenta.

Se lo dije a él, lo repito en público: nada satisface más que tener lectores atentos, informados y participativos. Muchas gracias.

Cuando una puerta se cierra…

El lunes, Libros del Silencio anunció su cierre. “La falta de su fundador [Gonzalo Canedo], fallecido en enero del presente año, y los problemas económicos que llevaba tiempo arrastrando llevan a la editorial a presentar concurso de acreedores”, leí.

Al día siguiente me llegó la noticia del próximo lanzamiento (2 de octubre) de los primeros libros de Malpaso, que se presenta con nueve títulos y apuesta por autores como Eduardo Lago, Kurt Vonnegut, Pussy Riot, Édouard Martin, Kingsley Amis, Christina McKenna, Pablo Ramos, Johnny Ramone, Felipe Garrido, Margarita García Robayo, Martín Caparrós o Pete Townshend.

Este nacimiento no nos consuela de aquella perdida, pero alegra saber que siempre hay gente dispuesta a abrir ventanas, incluso en estos tiempos de vendavales económicos y sociales.

Duérmete niño, que viene Amazon


La explosión se produce a la mitad de un largo artículo que The Guardian le publica aprovechando que el próximo día 1 de octubre sale a la venta The Kraus Project, y en el que las varias apocalipsis que nos acechan (política, tecnológica, ecológica) son objeto de atención.

Jonathan Franzen (la traducción es mía):  

«En mi pequeño rincón del mundo, es decir, en la narrativa estadounidense, Jeff Bezos, de Amazon, quizá no sea el Anticristo, pero se parece mucho a uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Amazon quiere un mundo en el que los libros sean bien autopublicados o publicados por el mismo Amazon, con lectores que a la hora de elegir libros dependan de las reseñas de Amazon, y con autores que se hagan cargo de sus propia promoción.»

Las respuestas no tardaron en llegar. En Teleread, Paul St John Mackintosh, quien a modo de presentación dice que no ha leído nada de Franzen (pero sí mucho de Karl Kraus, y en el alemán original) y, tras rebatir varios argumentos, se sorprende de que Franzen critique el corrupto mundo de Amazon y evoque los buenos viejos tiempos en los que el mundo editorial era garantía de calidad. Unos tiempos que el polemista dice no haber conocido… porque no existieron.

No es el único, como María Bustillo señala en este texto del New Yorkerdonde, además de definir (con mucho humor, eso sí) a Franzen como una suerte de perito en nostalgias, le reprocha: comparar Windows Vista con la Viena anterior a la primera Guerra Mundial es… un tanto forzado.

Otra advertencia

La pongo a continuación, aunque el espíritu es bien distinto porque aquí, aunque lo parezca, no hay nostalgia.

La semana pasada, Hernán Casciari, el hombre de Orsai, dijo que no le importa si los libros se leen en formato impreso o digital; la convivencia de ambos, la muerte de los dos, o incluso el fomento a la lectura: lo que le preocupa es que “la tecnología está destrozando nuestra concentración como lectores, autores o escuchas” y las consecuencias que eso tiene.

«No puedo escribir media hora sin mirar el celular, mi cabeza empieza a divagar. A los 20 minutos se está activando el celular con cualquier pretexto. Queremos tener la pantalla prendida, nos relaja saber que estamos conectados a otra cosa, miramos el mail, el Twitter, nuestra concentración viene y se va.»

Quizá por ello es relevante lo que paso a contarles.

¿Cuánto tardas en leer un libro?


Es una de esas utilidades a las que nunca les he encontrado la utilidad: la advertencia, en algunas webs, del tiempo que tardarás en leer un artículo. 

Los libros electrónicos te permiten saber cuántas páginas te faltan o, mejor aún, qué porcentaje del texto has leído, o te queda por leer.

El tiempo es, se ve, nuestro peor enemigo. Por eso, el cofundador de Reddit Alexi Ohanian cree necesario que se nos diga cuánto tardaremos en leer un libro, Without Their Permission, y predica con el ejemplo: en su próximo libro incluye una señal en la contra que indica que son unas 5 horas, como un vuelo de Nueva York a San Francisco (la comparación no es mía, está impresa).

Que digo yo que es mucho suponer que todos leemos a la misma velocidad, y en cualquier caso… quizá la idea tenga atractivo para los amantes de las lecturas rápidas, pero ¿qué tiene eso que ver con el disfrute de la lectura?

Insultos


Hace algún tiempo, Norma publicó El ilustre Haddock, una recopilación (anacoluto, ectoplasma, oficleido…) de los insultos (zuavo, vendedor de alfombras, hidrocarburo…) del celebérrimo (papú de mil diablos, cobarde, papanatas, merluzo, grumetillo del diablo…) compañero (coloquinto, zulú, corsario, inca de carnaval…) de Tintín (chafalotodo, anacoluto, animal, pies descalzos, bachi-buzuk, chuc-chuc…).

Insultos, como leen, más que barrocos: churriguerescos.


Ahora leo que se vende una taza con 30 insultos extraídos de las obras de Shakespeare, que el bardo es un precursor de casi todo, agravios incluidos.

Confieso que mi inglés no da para traducciones de este nivel, pero veo ahí gaviotas tan ignorantes como la mugre o sacos de nauseabunda deformidad.

¿Se imaginan, desayunar con eso? Por cierto: se puede meter en el lavavajillas.

PD.- Los productos del Gremio de Filósofos Parados son una locura. No se los pierdan.




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