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Ramón Acín

En el infierno nazi


La cita del poeta Charles Derennes “Vivir es verdaderamente vencer” abre de manera muy significativa el texto de El veterano, un documento testimonial, exhaustivo y emotivo de Carl Schrade (Zurich, 1896-1974). Y es significativa porque en él no sólo se narran los once años de cautiverio sufridos por el autor en los campos de concentración nazis (mayo de 1934/23 de abril de 1945), sino que lo es, ante todo, por ofrecer una fotografía muy precisa, desde dentro y desde el principio, sobre la multitud de los aspectos que conformaron la sanguinaria y compleja maquinaria de destrucción y muerte concebida en tales campos, destinados a pasar a la Historia como el más cruel de los horrores humanos. Y es, además, significativo porque, en verdad, sobreviviendo a los infiernos de Lichtenburg (1934), Esterwegen (1935), Sachsenhausen (1936-1937), Buchenwald (1937-1938) y Flossenbürg (1939-1945), Carl Schadre venció a los todopoderosos dioses del Holocausto, sus verdugos y guardianes, prestando, además, contra ellos, una vez liberado, testimonio en el proceso de Dachau (agosto de 1946).

Por otra parte, la cita de “vivir es vencer” también concuerda con la vida misma del texto, puesto que El veterano todavía tuvo que sufrir algunos contratiempos antes de cumplir la función por la que fue escrito —“dejar testimonio de lo que vi. —. Y no sólo porque el azar retrasase su aparición hasta el 2011, momento en el que Nicolás Quilici, nieto de Jehan Knall-Dermas, líder de la Resistencia Francesa frente a los alemanes y gran amigo de Carl Schadre durante el cautiverio en los campos de las SS, halló el manuscrito que éste había confiado a su amigo de cautiverio, sino por el origen del mismo y el posterior itinerario sufrido. Carl Schadre, una vez liberado del campo de Flossenbürg, como en Suiza, su familia le había dado por muerto, tuvo que esperar a que se regulizara su situación y lo hizo en Niza, Francia, en casa de su compañero de penurias Jehan Knall-Dermas, donde comenzó la tarea de contar al mundo lo que había visto y soportado. Con el tiempo, una copia del texto acabó en las manos de Jehan Kanall para la búsqueda de editor (década de los 70), pero las circunstancias lo llevaron al olvido con toda sus valiosísima carga documental. Por fin, en 2011, después de más de setenta años desde tan trágicos sucesos y tras treinta de la muerte del autor (1974), el testimonio de Carl Schadre emerge con toda su crudeza y resplandor para dejar verídica constancia del horror de una época absurda en la reciente Historia occidental y de la humanidad. 


Carl Schadre

El veterano inicia su andadura en mayo de 1934 cuando Carl Schadre, comerciante suizo, está, por negocios, de visita en Berlín y el azar, junto a una anónima delación, le llevan a la cárcel y de ésta a un campo de concentración:“...charlaba en un café con unos amigos, sin sospechar que Alemania ya no era un país libre”, escribe Schadre “en voz alta emití algunas reflexiones poco favorables hacia los nazis. Apenas unos instantes después cuando dejábamos la cafetería, me detuvieron. A partir de ese momento, y hasta el día de la Liberación, me convertí en un esclavo marcado, en un desecho humano que servía para todo, al que intentaron destruir física y moralmente” (p. 36). Y finaliza en julio de 1946, después del juicio celebrado para indagar los hechos acontecidos en el campo de Flossenbügr. Contiene, pues, once años de testimonio personal que se convierten en testimonio colectivo para que “los cientos de miles de muertos cuyas cenizas alimentan las flores de los jardines alemanes” (p. 290) reciban una reparación justa: la ser conocidas en el mundo las atrocidades con ellos y la maldad ejercida por los dioses del terror y de la muerte que fueron los criminales SS nazis. Entre ambas fechas, la violencia y la crueldad gratuitas, la deshumanización, los castigos, la humillación, el trabajo forzado, el absurdo y un sin fin de penalidades, previas muchas veces al asesinato y la muerte, aparecen plasmadas minuciosamente con el bisturí preciso de quien sabe de lo que está hablando porque, precisamente, lo ha presenciado y padecido en sus carnes. Y todo ello, sin cargar las tintas de un razonable desquite vengativo, dada la óptica usada por Carl Schadre que, en relato, siempre busca una cierta distancia de los hechos.

Al calor de la odisea que suponen una década de internamiento, padecimiento y sinrazón sufrido por Cral Schadre, El veterano se lee de un tirón, especialmente empujado por el interés que destila el texto como testimonio universal, donde, además, apenas se deja nada al margen, puesto que el texto siempre tiende a abarcar lo más posible de la época y del mundo de los que se habla, pese al cercado y aislado espacio desde el que surge su escritura. Así, las imágenes flotan o emergen de la lectura con fuerza y van desde la fisonomía y actuación de los mandos SS con su grandeza de barro, hasta los prisioneros en su cotidianidad trágica, sin obviar retazos, muy significativos, de naturaleza y paisaje. Y todo ello, a pesar de la atmósfera de crueldad en la que Carl Schadre se vió obligado a moverse. Así, al fondo del texto, fuera del electrificado perímetro de los campos de concentración, único mundo posible para el cautivo, flota la perturbación que se desprende del apenas nominado pueblo alemán que, sin estar presente, nunca fue inexistente por su inactividad, falsa inconsciencia y, ante todo, por ser consentidor de la barbarie. El texto atrapa. Sin duda, esta aceptación se debe al posicionamiento de Schadre ante cuanto relata. Un posicionamiento asentado en la ética que permite analizar, al tiempo que se relatan situaciones y sucesos, la vida de los campos de concentración y de todo aquello, por nimio que sea, que la hace posible, tanto en la vertiente del horror (verdugos nazis) o la dejación egoísta de algunos presos, como en la vertiente de la humanidad fraterna ante el sufrimiento y la sinrazón. 

Carl Schadre, El veterano. Once años en los campos de concentración nazis. Barcelona, Ático de los libros. 2013. Prólogo y notas de Fabrice d´Almeida. Posfacio de Nicolás Quilice. Traducción: Claudia Casanova.




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