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El pizarrín

Javier Goñi

El tonel de las manzanas


De la Serna visto por Peridis

Déjenme que les diga que uno fue grumete, metido en el tonel de las manzanas, desde donde oía a los marineros, a los oficiales, al contramaestre y, poco, aunque todos sabían que estaba ahí, al capitán, Jesús de la Serna, director de Informaciones, un periódico que hubo, y que se fue la semana pasada.

Uno, grumete entonces del viejo y destartalado barco, el Informaciones  de la calle de San Roque, en las traseras de Callao, en el centro de Madrid, becario los llamaban ya,  25.000 pesetas del otoño de 1976, euro más, euro menos como hoy, reconversiones aparte; ese grumete escrutaba el horizonte, los ojos por encima de esa línea de sombra que hacían las máquinas de escribir puestas en vertical para ganarle espacio a la mesa y a veces lo veía con respeto, en mitad de la redacción,  las piernas bien abiertas, acostumbrado a mantener  el equilibrio cuando el edificio se movía como un viejo barco, obligado por el cargo a guardar la compostura, que para eso lo era, el capitán, Jesús de la Serna, el director. Y lo veía desde mi tonel de manzanas mal contadas en ocasiones, y esto si el mar estaba en calma, si la bruma de los cigarrillos se disipaba o si lo permitían los aromas de los cafeses que subía un camarero con pose y bandeja de chica Martini del cercano El Palentino, un bar esquinado en la calle del Pez, que todavía existe; cafeses y abundante alcohol, que entonces allí se bebía, aunque no ron, precisamente, como los secuaces de Long John Silver. Entonces, en las redacciones, se bebía mucho, había marineros de peso, oficiales de firma y prestigio que, en su mesa de trabajo, junto a la máquina de escribir, grande como un panzer, puesta en vertical, parapeto de conversaciones indiscretas, personales, íntimas, es de imaginar, bunker donde resguardarse de un compañero pelma, vecino de mesa, había, digo, marineros de peso, oficiales de firma, que ponían en vertical también, los vasos de El Palentino eran de tubo, a la moda, la costumbre, su ración abundante de whisky. Alguno desde el mediodía.


Un dibujo de Loriga

Ellos también, algunos, avezados reporteros del mil guerras lejanas, o de guerra de guerrillas municipales y espesas, abandonaban  en contadas ocasiones, su mesa con prudencia, abiertas un tanto las piernas, para mantener el equilibrio, otro equilibrio,  para conservar la postura, otra postura, para que no se les fueran  los folios escritos a conciencia, había que darle a la tecla con voluntad de estilo y contundencia germánica, pues era papel pautado, con dos copias –creo- de papel rosado y amarillo. La voluntad de estilo la ponían ellos, cada uno el suyo, con el lubricante del alcohol, los que lo frecuentaran, o con el aroma del café, que el apuesto camarero de El Palentino, con un aire de entonces al actor Manuel Zarzo, hacía su recorrido un par de veces, mesa a mesa; voluntad de estilo, digo, y contundencia germánica, que el Informaciones había sido un diario, treinta años antes, muy pro-nazi, que dice la leyenda que ante los gloriosos avances de la gloriosa Wehrmacht glosados en primera página, el embajador alemán en Madrid se veía, de vez en cuando, forzado a matizar el entusiasmo del viejo rotativo y confesar que los éxitos del ejército nazi no eran tan espectaculares como titulaba el viejo Informaciones, que también es leyenda que fue el único periódico que se sepa que no publicó en primera página la caída de Berlín y la derrota nazi. Hasta hoy, hasta ayer, hasta entonces.

Pero eso, el fervor pro-nazi, cuando el grumete del tonel de las manzanas, era historia antigua, de hacía treinta años o así. Entonces, en el tardofranquismo y en la difícil andadura de la transición, Informaciones  era un periódico liberal que aspiraba a ser europeo y era, entonces, hasta la salida de El País y su consolidación, un diario moderadamente progresista, que había que leer y, a poder ser, para el estudiante de periodismo, un lugar de trabajo, aunque fuera de grumete, como así fue. Este grumete entró en el verano de 1976, cuando el diario se había quedado medio desarbolado pues fue cantera y caladero de los socios fundadores, contramaestres, Juan Luis Cebrián, marineros y demás tropa (mi amigo Fernando Samaniego, quien me dejó ese verano su mesa de la sección de cultura), que se fueron, en el Mayflower, a El País.


Este grumete, en la facultad, el bunker de Periodismo de La Complutense, se había comprado  por entonces un libro, que le acotó la ensoñación: Un día en la vida de INFORMACIONES, del periodista Basilio Rogado, conocido en aquella época atapuérquica de radios y televisión (como Manuel Martín Ferrand, que también se fue a la vuelta de vacaciones como Jesús de la Serna, aunque este grumete prefiere centrarse en su capitán), un libro que publicó Editorial Mirasierra en 1975. Un cuaderno de bitácora de un día elegido al azar, el 25 de abril de 1975, cómo hora a hora se va haciendo un periódico de la tarde, cómo se va haciendo y deshaciendo desde la tarde anterior. Informaciones tenía dos redacciones, una vespertina y otra matutina. En la vespertina estaban las secciones y los redactores de lo que podríamos llamar “la espuma de la vida”, que así catalogaba la familia Sánchez-Junco a su revista Hola,  su mascarón de proa: pro(s)a si escribían Tico Medina, Escolástico, de pila bautismal, que bordaba el castellano florido, y Jaime Peñafiel, con siempre cerca de su mesa de redacción su portatrajes de bodas reales y su canana de cazas reales por si el Caudillo se iba por los montes de Toledo, y había que salir pitando; el Caudillo o el Sha. Bueno, por la tarde estaba “la espuma de la vida”:  local, que los plenos de Arias Navarro –aunque cambiase la cosa de alcaldes, Arias Navarro, “Carnicerito de Málaga”, como le ensartó para la historia por su patriótica actuación represora cuando entonces el gran periodista Cuco Cerecedo, para Mariluz Nachón, chica de oro de la sección,  no había habido más alcalde pinturero que don Carlos Arias Navarro que luego por el principio de Peter llegó a lo más alto-  acababan tarde en la Plaza de la Villa; deportes; cultura, donde estaba este grumete, y cosas así ligeras, pesca de bajura, que al Gran Sol se iban por las mañanas los pesos pesados, nacional, internacional y economía, y por la mañana temprano, aquel 25 de abril de 1975, empezó a estar haciéndose invisible a la vez que tomaba notas Basilio Rogado.


Aquel libro, inencontrable, fue para este grumete como la estrella de los magos, que a uno les llevó a Belén y a otros –a mí- a la calle de San Roque. El libro de Rogado estaba inspirado, como todo el mundo sabe, en otro anterior muy célebre de Ruth Adler, Un día en la vida del The New York Times, aparecido en México, en 1973, en Editores Asociados, S.A, y que yo compré, por entonces, en la Cuesta de Moyano. No los cambiaría por nada. El de Adler se ocupaba de un día en la vida del periódico norteamericano, un viernes 28 de febrero de 1969. Ambos libros son rarezas bibliográficas, secaderos de nostalgias y melancolías varias, y uno los conserva por añoranza de grumete. De grumete protegido en sus primeros pasos por quien fue su primer jefe inmediato, Juan Pedro Quiñonero, quien pronto me dejó huérfano para irse de corresponsal a París –a uno le gusta pensar que este pizarrín de bolas de colores, a veces chillonas, bastas, ásperas, o no, a ver, vamos a ver, está unido por un sutil hilo de oro, y en esta temporada, recién iniciada, puede que sea París el hilo de oro, puede ser-, donde todavía sigue, Quiñonero, ahora de ABC y desde donde escribe estupendos libros y mantiene un estupendo blog, unatemporadaenelinfierno.net: frente al suyo, casi todos los demás sobran.


Quiñonero visto por Peridis

Con Quiñonero se fue este grumete un día de finales de abril de 1977 a Barajas, que regresaba Alberti, y detrás, unos cuantos pasos más atrás, alejada del bullicio torero, la mirada perdida, el pelo todo blanco, cuidadosamente peinado, ella, María Teresa León, yo me giré y la contemplé un instante, ese momento vivido lo recuerdo como una suerte de memoria de melancolía.

Llegó Alberti y lo recibimos a pie de avión, que era costumbre, entonces, se podía, y este grumete, con la acreditación en el lazo de seda que rodeaba el ala de sombrero de repórter bisoño, como el que manda el malvado Walter Mathau a sustituir a Jack Lemmon en Primera Plana, de Billy Wilder, buscó una cabina telefónica para dictar la crónica a vuelapluma, que decían los veteranos de la redacción, Pepe Alfaro, por ejemplo, que escribía aquí y allá, sin mesa fija, sin sección precisa, sin cometido preciso, que escribía muy bien en los folios pautados y con dos copias coloreadas del Informaciones, aunque todo su ingenio se le gastaba en la oralidad, en aquellos tiempos de linotipias y de plomo, en galantear compañeras, chicas de oro, las de local, la de televisión, a la que le subía un ordenanza la compra a media tarde, las becarias, compañeras del grumete: para todas tenía un folio hablado, y ninguno repetido.


Aquella crónica se dio en primera página –la única primera página, primera plana que obtuvo este grumete- y cuando regresé al periódico de la calle de San Roque el edificio ya levitaba. Y así le recuerdo yo, sí, al capitán, a Jesús de la Serna, con las piernas bien abiertas, conservando el equilibrio, como el resto, cuando la vieja rotativa Winkler, tecnología suiza, rugía como un dragón chino, y todo el edificio, el viejo periódico, con dos entradas, uno por la calle de San Roque y la otra por la calle de detrás, la de la Madera, vibraba e incluso, para los menos incrédulos, se elevaba por los aires, como aquel castillo de Magritte por encima de los Pirineos o como aquella inolvidable ciudad en La saga/fuga de JB, de Torrente Ballester. El capitán, en esa ocasión, le miró al grumete, le sonrió y le felicitó por lo de Alberti, en la primera página de esa misma tarde. Y el grumete recordó, antes de refugiarse en su tonel de manzanas, lo que contaban los más veteranos, cómo en 1959 cuando llegó Eisenhower a Barajas y le recibió el Caudillo, cuando horas después pasó la comitiva por la Gran Vía, Avda. José Antonio para el alcalde de turno, a la altura de Callao ya se vendían, voceándolos, los primeros informaciones con la foto en primera página de los dos generales –uno refrendado en las urnas al modo americano-. Pues igual se sentía aquel grumete, ese mediodía de abril del 77, cuando los primeros ejemplares empezaron a llegar a la redacción subidos de talleres y la vieja rotativa Winkler se tomaba un respiro. Al grumete aquel primer ejemplar le pareció que tenía sabor a salitre. A mar. A línea de sombra. A horizonte.

Este grumete reconoce que no ha escrito mucho con detalle de Jesús de la Serna en este pizarrín que no tenía vocación de necrológica sino de carta de agradecimiento, hacia alguien que nunca impuso su personalidad –tal vez ha sido el último gran director de periódico a la sombra-, que dejó hacer, que se supo saber rodear de gente valiosa. Fue mi primer director. Mi maestro.




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