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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Rumbo a Japón

OTROS DESTINOS

Un año más, caminamos agosto por un destino rescatado de la memoria in extremis. En esta ocasión: Japón. Le cedieron turno Bután (tras el mal sabor de boca que nos dejaron Kananga y su concurso) y Colombia (no nos apetecía comprobar in situ su nivel de violencia).


Con las vacaciones a la vuelta de la esquina, un dispositivo conectado a internet, una guía visual de papel, un montón de hojas escritas ya por una cara, un lápiz bien afilado, un vermú con hielo, naranja y aceitunas, unas patatas fritas, y mi compañera de viaje decidida a decir a casi todo amén, me dispuse a preparar la logística una soleada mañana de sábado.

Lo primero, establecer la ruta y escoger el medio de transporte interno. Rápidamente comprendí que nada como el Japan Rail Pass para moverse incluso entre islas, y empecé a soñar con pueblos y ciudades de cuya existencia apenas había tenido noticia hasta entonces. Compaginando recorridos y tiempos de estancia, calculé que necesitaríamos veinte-veintidós días para regresar más o menos satisfechas.

Lo segundo, los billetes de avión. Dejando a un lado el detalle, no baladí, de que España ya no tiene ningún vuelo directo al país del sol naciente, este punto no parecía que fuera a suponer un problema: había plazas disponibles para todas nuestras fechas posibles y más baratos de lo que esperaba.

Lo tercero, el alojamiento. Por más que salté de web en web siguiendo los consejos de unos y otros… fui incapaz de decidirme por un hotel determinado. ¿Sabéis lo que es no entender nada de nada? Pues eso. En unos casos directamente por el idioma, en otros por el abigarramiento.


Lo definitivo, la agencia. Ante mi incapacidad para reservar alojamiento por internet con cierta garantía de éxito, busqué agencias especializadas en viajes a Japón y me decanté por la que recomendaba mi guía: JTB - Jaltour . Aunque su web no me enamoró (pudiera ser que estuviera yo ya embotada), les llamé el lunes a primera hora y por la tarde estábamos en su oficina de Madrid. La propuesta de recorrido que nos hicieron resultó tan similar a la que llevábamos en mente…

Tokio – Hakone – Nakatsugawa – Magome – Tsumago – Nagiso – Matsumoto – Takayama – Shirakawago – Kanazawa – Kioto – Miyajima – Hiroshima – Beppu – Monte Aso – Kumamoto – Kioto – Monte Koya – Osaka

…que inmediatamente pedimos presupuesto. En un par de días lo teníamos y nos pareció tan razonable que dejamos en sus manos toda la logística de transportes y alojamientos.

Elogiar su eficacia es poco decir. No se limitaron a darnos los bonos de transporte y alojamiento, como suele ser el caso, sino que nos dieron documentación detallada de cada uno de los lugares que teníamos previsto visitar: desde instrucciones exactas de cómo salir de la estación en la buena dirección hacia el hotel, hasta horarios, precios y valoraciones de interés de las diferentes atracciones turísticas, pasando por planos y recomendaciones de todo tipo.

Entretanto, habíamos escrito a la Oficina de Turismo de Japón en España y nos habían llenado de folletos. En ellos descubrimos que la gran fiesta de fuegos artificiales de Tokio era el 27 de julio, miré nuestro plan de viaje y comprobé aliviada que coincidía con nuestra estancia en la capital, pero podría no haber sido así…


Por otra parte, para ir entrando en situación, leía en esos días El gourmet solitario, un cómic que narra los almuerzos de un comercial, y que me metió el miedo de la incomunicación en el cuerpo: ¡si el protagonista, japonés, se encontraba a veces en la mesa con dos platos de iguales o incompatibles ingredientes, qué íbamos a comer nosotras! Máxime si era cierto (ahora puedo decir que lo es) eso de que en Japón casi nadie habla inglés. Pero resultó que también es una verdad rotunda que nada más fácil que pedir comida en Japón: basta señalar la reproducción en plástico que más apetitosa te resulte o, en las barras de sushi, coger directamente los bocados que te apetezcan.

En cualquier caso, tarde ya para estudiar japonés y abrumada por el volumen de información (o tal vez imbuida ya del disciplinado espíritu japonés), pensé que nuestra única tabla de salvación era llevarlo todo bien masticado. Cogí una carpeta clasificadora, a cada funda de plástico le adjudiqué un día de nuestra estancia, y metí en ella toda la documentación relacionada con ese día (horario de trenes para llegar o marchar, bono de hotel, plano de la ciudad, etc.).

En esa línea de simplificar las cosas lo más posible, para no aturullarnos ante las ventanillas japonesas y haciendo caso a la recomendación de nuestra agente de reservar asientos en todos los trayectos de ferrocarril, o al menos en los más concurridos. Nos sentamos y, mojito mediante, una noche estrellada de principios de julio, antes que la maleta, elaboramos una hermosa tabla con los horarios, nombres y recorridos de todos los trenes que habríamos de coger, la pasamos a limpio, y la metimos en la funda del primer día en Tokio.

Prácticamente todos los trenes japoneses de larga distancia llevan vagones con asientos reservados y vagones sin reserva. El Japan Rail Pass da acceso ilimitado a la red de ferrocarriles nacional y permite reservar asientos. Y lo mejor y más sorprendente: reservar asiento en un tren no invalida el pase para utilizarlo en otro tren del mismo trayecto si finalmente se cambia de idea y no se utiliza el asiento reservado.

Ya sólo nos quedaba decidir qué maletas llevar y qué meter dentro. Teniendo en cuenta que mientras nosotras recorríamos otras partes del país nos trasladaban directamente las maletas de Tokio a Kioto y de Kioto a Osaka, decidimos llevar una bolsa grande que hiciera de almacén y un par de mochilas para las escapadas intermedias, especialmente para la caminata del Valle del Kiso (que, adelanto, no tiene nada de especial). En cuanto a la ropa y el calzado, habrían de ser ligeros, para soportar el calor y la humedad. Los chubasqueros, a pesar de todo lo que nos llovió, no nos sirvieron de nada porque nos cocíamos dentro y, por supuesto, mi forro polar podía haberse quedado en casa. Y los trajes de baño, casi. Igual que las chanclas que llevamos en función zapatillas de andar por casa, el peine, y los cepillos y la pasta de dientes… de todo ello había en los hoteles.

Sean hoteles de estilo occidental o japonés (ryokán), en todos hay tres dispensadores grandes (champú, gel y acondicionador), cepillo de dientes y pasta, peine plegable de plástico, pañuelos de papel, bastoncillos, bata, zapatillas y secador de pelo; en muchos, incluso pijamas.

No nos sobraron los protectores solares ni el Fenergán ni el repelente de mosquitos, si bien este último tal vez hubiera sido mejor compralo allí, ya que nuestro Relec Forte, tan eficaz en Kenia, se queda corto frente a la agresividad de los insectos nipones. Curiosidad: se tiran sobre todo a los tobillos. Y los repelentes que vimos utilizar eran en aerosol.

Llevamos dinero en efectivo (en yenes y en euros) porque nos habían dicho que el uso de tarjetas de crédito no estaba muy extendido. No es tan habitual como en España, pero se puede pagar con tarjeta de crédito en la mayoría de los sitios.

¿Os acordáis de aquel bajón del dólar que nos dio a muchos la oportunidad de conocer Estados Unidos? 

 


Pues eso debe estar ocurriendo respecto a Japón con la devaluación del yen, porque realmente los precios son similares, sino más bajos que en España (incluido el metro de Tokio), y en ningún país me encontré con tantos españoles, todos los días, a todas horas, en todos los rincones.

Cámaras de fotos, notebook, teléfono en modo avión, otra carpeta clasificadora vacía (para los días con mochila), una libreta y bolígrafos completaron nuestro equipaje.

Unos días antes de la partida, tratamos de adaptar nuestro horarios a los de Japón de manera paulatina para evitar el jet lag, pero fue imposible. Lo que sí hicimos fue tomarnos una aspirina 24 horas antes del despegue, para reducir el riesgo de formación de trombos, aunque ya habíamos pagado un suplemento para disponer de más espacio, al menos el suficiente para estirar las piernas.

Antes de desgranar nuestras andanzas niponas, cosa que haré en las semanas venideras, respondo a esa pregunta que todo el mundo me hace, «¿Qué es lo que más te ha sorprendido de Japón?» ¡Que no me ha sorprendido! O al menos no tanto como hubiera querido.


Toris del Templo Fushimi (Inari)

Apunte: Probablemente, Tokio no será sede olímpica en 2020 pero es justo decir que el apoyo institucional por todo el país era mucho más evidente que el que se respiraba hasta anteayer en España con la candidatura de Madrid.

Las fotos, como siempre, las hicimos indistintamente Eva Orúe y yo misma.

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