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El pizarrín

Javier Goñi

La dulzura de la vida


Déjenme que les diga que en el verano de 2012 yo iba a viajar a París, a celebrar que hacía cuarenta años exactamente  que había ido a París por primera vez. En todo este tiempo he vuelto en varias ocasiones, pero siempre hay una primera vez para todo. La mía fue en el verano de 1972, a los veinte años.

Déjenme que les diga que hay un libro reciente, de Sacha Guitry, Memorias de un tramposo (Periférica), que me divirtió mucho leerlo el verano de 2012, cuando todo se torció, de golpe. Aparentemente, acaso.

Y en la página 36 –ah, el enigma  de los números, su broma, o su tontuna: 36 y 36, 72– escribe Sacha Guitry, hombre popular en Francia, actor, dramaturgo, hombre de cine, vividor y con su dosis correspondiente de amable collabo en el París de la Ocupación. Escribe:

“Parece que el señor de Talleyrand decía en 1812 que quienes no habían vivido en 1772 no habían conocido la dulzura de la vida. No hay que asombrarse, pues, de oír hoy que quienes no vivieron en 1912 ignoraron la dulzura de la vida.

Y tengo motivos para pensar que en 1972…

En realidad, creo que siempre se echa de menos la época en la que se tienen veinte años –¡sobre todo cuando se han tenido en París! –.”


Déjenme que les diga que yo los tuve en París, veinte años. Hace cuarenta, en 1972. Fui a París un verano, y ese mismo otoño vine a Madrid a quedarme. A París llegaron, muy de madrugada, a una de esas estaciones donde llegan los trenes del sur, tres mochileros, dos chicos, una chica, nada que ver con Jules et Jim, la película de Truffaut, nada sabían entonces de la novela de Henri-Pierre Roché, que tardaría años en llegar a España traducida, o tardaría años uno de los tres mochileros en leerla; tres mochileros con un papel arrugado en la mano de uno de ellos y que debía servir para los tres: la dirección de un albergue juvenil que estaba, atravesada la ciudad en tinieblas, en la otra esquina del mapa. Los tres mochileros iluminados por el mapa en el que apenas distinguían las calles emprendieron su caminata a ninguna parte hasta llegar, muchas horas después, el sol en lo alto, a un solar donde debió estar el albergue en el que pretendían alojarse aquellos mochileros. Sin más dinero de bolsillo que el justo para ver, en esos días, La  naranja mecánica, de Kubrick, El soplo al corazón, de Louis Malle, o El último tango en París, de Bertolucci, y desde luego alguna película de Max Pécas, un artista del porno blando al que habría, tantos años después, que reivindicar, filmes como, qué sabe uno ya, Je suis une nymphomane, o también –no recuerdo ya si en sesión continua en cutres cines de asientos y paredes forradas de tercipelo rojo con acomodadoras rubio oxigenadas que te enfocaban a los ojos para que les dieras le propina correspondiente y pronto aquellos mochileros, estos, otros, aprendieron a darles un duro, moneda autóctona,  rogando que pasara por un franco, y se resolviera el engorro, que la película ya había empezado-, o también, de Max Pécas,  Je suis frigide… pourquoi?


Sin más dinero de bolsillo que el justo para ir a curiosear por alguna librería, cree uno de aquellos mochileros que fue en La joie de lire, en la rue Saint-Séverin, donde era fama, creo, que iban los exiliados españoles, los latinoamericanos, y donde uno se agenció el Campo francés, de Max Aub, de El Ruedo Ibérico, que creo que estaba por esas calles, cerca, por la Sorbona, Señas de identidad, de Goytisolo, en la mexicana Joaquín Mortiz, y chucherías así, que le han acompañado a uno de esos tres mochileros toda su vida, en todas sus mudanzas sentimentales, con muebles, los mínimos, y cajas demasiadas de libros.


En julio de 1972, en París, en un suelto de la última página de Le Monde, el papel vespertino de los parisienses, papel biblia, entonces, aquí, cuando el tardofranquismo, cuando lo del Proceso de Burgos, papel que llegaba, no llegaba, a algunos kioscos madrileños y aún menos a los de provincias: en una provincia compró uno de estos mochileros un Le Monde por lo del Proceso de Burgos y el secuestro del cónsul alemán y se encontró uno de ellos con un artículo de Delibes sobre Ana María Matute: lo tradujo, lo recuerda, para hacer dedos, que si no cómo, poco tiempo después, iba a entender los diálogos de las películas de Max Pécas, cineasta francés a reivindicar, seguro que en su tierra ya lo han hecho.

Volvemos a empezar: En julio de 1972, en París, en un suelto de la última página de Le Monde leyó uno de los mochileros que había fallecido en México D. F., Max Aub, ese escritor nacido en París ¡hace 110 años¡, de padre alemán, de madre francesa de origen judío alemán, español porque aquí hizo el bachillerato y mexicano porque allí se exilió y murió, ese escritor grafómano que siempre aparece, desde la adolescencia de este mochilero, como pieza fija en el carrusel de escritores preferidos y queridos: no es el mejor, ni el más importante, es fijo, inamovible.


1972, murió. 1982, este mochilero trabaja en Informaciones, un periódico que hubo, y escribe un artículo conmemorativo, qué sería de los periodistas culturales sin las efemérides, las necrológicas: para acabar con los números redondos escribió un librito muy interesante Enrique Vila-Matas. Escribe, este mochilero, un artículo a los diez años, número redondo, de la muerte de Max Aub, y en esa hoja festivo-necrológica se refiere, el mochilero, a su célebre discurso de aceptación de su ingreso en los años cincuenta en la Real Academia Española, en donde están, mediados de los años cincuenta, hablo de memoria como casi siempre, expuesto siempre al bacilo del error, con el escapulario puesto de la necesaria “fe de erratas”, o de “erritas”, como apareció, leyenda, en un diario madrileño de mucho vuelo, campanillas y voluntad de distribución nacional. En donde están, digo, en ese folleto imaginado por Max Aub de miembros de número de la Academia tanto los hunos como los hotros, y unos y otros despojados de la áspera hache antinatural de arpillera, y así en 1956 pone a Lorca de académico y cuando  envié el texto a componer, abrió la puerta que separaba la redacción del taller uno de los dos correctores de estilo, que leían las piezas para podarlas de erratas y tal vez de adjetivos innecesarios, que ya decía Vicente Huidobro que el adjetivo cuando no da vida, mata: para el caso que le hacemos, por cierto. El corrector venía a decirme, respetuosamente, con el sombrero en la mano girando el ala siguiendo las manecillas del reloj, que tal vez en mi texto había un error y donde había puesto yo lo de Lorca en 1956, tal vez hubiera querido escribir 1936, pues todo el mundo sabía que, etc. ¡Sabios correctores de periódicos de antaño, cuando los había, correctores, periódicos, alcohol, maestros de periodistas, redacciones! Todo aquello, por cierto, que creí, en un trayecto de tren Santander-Madrid, que me iba a encontrar en Memorias líquidas del periodista Enric González, a quien tanto ha leído uno siempre en El País, sus memorias periodísticas, publicadas por Jot Down Books como lo más de lo más y no deja de ser, al final, y lo siento, un pasar facturas por alguna factura de más o de menos mal pasada y poco más: a Enric González, por cierto, lo sigo leyendo, ahora en El Mundo –diosmelibre de clavar banderillas a modo de signo de interrogación, o de admiración, que en el contexto suena a equívoco–, como a Jacinto Antón y a John Carlin –en el momento de pasar  esta nota, en El País–, subidos los tres en la peana: merece siempre la pena leerlos. Aunque no lo parezca este párrafo imprudentemente alargado  se había quedado en 1982 en un artículo sobre Max Aub. Ese año, en octubre, ganaron los socialistas, yo estuve allí, debajo de la ventana del Palace, con acreditación al cuello y besé a Inicial I: me enamoré durante una temporada, lo que echaron a andar los socialistas. Pero esto, con ser importante, no hace al caso.


1992. Veinte años de la muerte de Max Aub en París, El País me contrata como colaborador habitual: mi sueño periodístico llega a donde quería estar. Mi primera colaboración en Babelia es sobre Max Aub y mi primer reportaje –como si fuera una mota de polvo en el libro de Enric González del párrafo anterior, me enviaron a Valencia en avión, en el día- es sobre la correspondencia de Max Aub que está en su Fundación en Segorbe. Aquel año 92 fue importante para mi vida. Me casé con Inicial E. Pero esto, con ser importante, no hace al caso.

2002. Treinta años de la muerte de Max Aub en París. Creo que no escribí nada sobre Max Aub. Creo que mi hijo Mateo enderezó la postura arrastrada y dio sus primeros pasos. Pero esto, con ser importante, no hace al caso.

2012. Cuarenta años de la muerte de Max Aub en París. Había conocido ya a Inicial C delante de la caseta de Miguel Ángel Arcas, el editor de Cuadernos del Vigía, que había sacado ya Juego de cartas y Mucha muerte y que este otoño que se aproxima va a darnos, por fin, afortunadamente, la edición completa, reconstruida –de cuyo trabajo algo he oído en los últimos meses- de la novela que dejó sin acabar, al morir, hace cuarenta años, Max Aub, sobre Luis Buñuel. La cosa va a ser importante y ya me ocuparé aquí próximamente, si me dejan papel. Conocí a Inicial C por Max Aub, y pensamos ir juntos a París, porque en el 12 hacía 40 años de lo de Max y también quería yo meter en mi maleta, que ya no era mochila, porque hacía 40 años que había estado en París por primera vez. Con mochila, y con apenas dinero de bolsillo. Para libros, películas y baguettes.

En fin, siempre he pensado que han sido muy importantes para mí los años acabados en 2: París/Madrid, Max Aub, Inicial I, Inicial E, Inicial C, El País, los socialistas: ah, los socialistas, aquellos, FG y AG, ¡Que vienen los socialistas!, la películade Mariano Ozores, con Jenny Llada, ah, Jenny Llada, las chicas del destape tan oportunamente destapadas en la espléndida novela de Marta Sanz de hace unos meses, Daniela Astor y la caja negra, en Anagrama.


Déjenme que les diga que sí, los años acabados en 2: en junio de 2012, dicho sea en bella prosa poética, me diagnosticaron un Linfoma no Hodgkin de células del manto blástico, estadio IV-B con afectación ganglionar, ósea, digestiva y del SNC, MIPI e IPI de alto riesgo (6.6 y 4 respectivamente). Deshice la maleta, cogí una más pequeña para el hospital, anulé las reservas del viaje a París y durante siete meses estuve entrando y saliendo. Nueve estancias hospitaliarias, tres de ellas por urgencias. La quimio, esa dulce compañera, envuelta en plástico amarillo como regalo de la vida, su dulzura, ese ya no tener veinte años, sino sesenta, entonces, que cumplí en el primer domingo que pasé con el pijama azul de SaludMadrid: al principio quise creer que uno era –iluso– como Paul Newman en La gata sobre el tejado de zinc, la película de Richard Brooks, pero me cansé enseguida: estaba, el mío, demasiado lavado, algunas resistentes manchas amarillas de enfermos anteriores convenientemente restregadas con detergentes milagrosos de anuncios de televisión: a cambio, el trato humano, de enfermeras y médicos, casi todas mujeres, ejemplar, curativo: me hubiera gustado poner aquí todas las iniciales A,B,C…, como hace en uno de sus libros de la enfermedad, en su diario de piel roja, Juan Gracia Armendáriz. En ese tiempo de reservorios, de transfusiones, de todo en vena, de quimios variadas, leí 93 libros, uno a uno, alguna enfermera me pedía consejo, alguna lectura recomendé. Leí de todo, muchos modianos, una de mis debilidades, algunas policiacas de Léo Malet, ese viejo anarquista y surrealista, al que publica Libros del Asteroide, y que escribe novelas sobre el París de la Ocupación o de después por arrondissements, leí sobre el París cultural durante la Ocupación y leí ese extraordinario ensayo anovelado, Noche y niebla en el París ocupado, sobre personajes verdaderamente novelescos como el policía español Pedro Urraca, el judío collabo y que acabaría en el Madrid franquista André Gabison –una novela increíble esa vida-, el inclasificable César González-Ruano, el padre de Modiano –del que tanto sabemos, tanto y nada, los lectores de las novelas del estupendo escritor francés-. El libro es de Fernando Castillo y lo editó Fórcola. Todo, y muchos, Inicial C, consiguieron que 2012 -los años acabados en 2 siempre me dan suerte: uno nació, claro, en 1952- quedara atrás. Así que en este verano de 2013 estuve –cuarenta y un año después de mi primera vez- en París. En el París de Cortázar, de Patrick Modiano, de Raymond Queneau. Y en París con Inicial C.

De esto y de otras cosas más, las que salgan, quiero escribir en pizarrines sucesivos. Déjenme.





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