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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los candelabros de Hollywood


Pues no hay para tanto ni demasiado que descubrir. No hay mucho atractivo ni físico ni personal —puede que sí artístico— en el personaje histórico de Liberace protagonista de Behind the Candelabra, el último y polémico filme de Steven Sodenbergh, que lleva anunciando que se retira del cine tantas veces como amantes, jovencitos o gigolós a sueldo contrata el magnate del piano y el candelabro.

Behind the Candelabra, estrenada directamente en televisión por ser considerada "demasiado marica" para el cine comercial, es bastante más recatada que Keep the Lights on y también narra con inteligencia —aunque más tópicos y medios— el deterioro de una relación amorosa entre dos hombres muy diferentes entre sí. No obstante, y a pesar de su aire kitsch, camp y el glamour de los lujosos escenarios en los que transcurre buena parte de la trama (si no fuera por algunos detalles significativos) estaría más cerca del mundo de Sunset Boulevard o Eva al desnudo que de cualquier película de "temática gay" con el que pueda ser comparada.

Podemos ver en el filme que esa época de glamur y liberación no fue tan espléndida como se supone en una historia de amor-odio que tiene también de esa relación amo-criado, rico-pobre, y esos personajes alternativamente adorables y odiosos de La ley del más fuerte de Fassbinder. Estamos ante una muestra de que Soderbergh sigue en buena forma como creador de espacios visuales y con una atención cuidadosa a la fusión entre palabras e imágenes, aunque aquí parezca nuevamente demasiado fascinado por la parafernalia visual que rodea al  previsible relato.

 Menos potente pero más inteligente en su resolución final que Efectos secundarios y bastante creíble en su tensa relación de pareja, Behind de Candelabra nos muestra personajes que tienen problemas serios con su sociedad y su sexualidad, el uno al negarse a salir del armario —a pesar de los espectaculares brillantes y abrigos de piel que luce sobre el escenario— y el otro considerando el sexo anal y el sexo en general como "algo sucio". Sodenbergh aspira a explorar a su manera los aspectos más oscuros del mundo del espectáculo (como ya hizo en Magic Mike, con el tema de los espectáculos de striptease masculino), los valores economicistas y el fraude vital en una sociedad marcada por el culto a las apariencias.

En la película puede haber para algunos un exceso de decorados suntuosos y detalles rococó y el personaje de Michael Douglas puede resultar algo molesto en su mezcla de egocentrismo, altanería y vulnerabilidad, pero de nuevo a Soderbergh le ayuda la imaginación visual —con un solo plano puede decir mas que muchos con media película— y, en este caso, la interpretación de Matt Damon es uno de los puntos fuertes de una narración bien urdida aunque no tan original como quiere a toda costa aparentar. Damon aporta una cierta intensidad a ese ingenuo gigoló que se antoja una versión gay del Joe Gillis de El crepúsculo de los dioses. Igual que las secuencias de la cirugía estética y vampirización tienen algo de la testamentaria Fedora de Wilder, con la que comparte diálogos mordaces pero algo cínicos y pesimistas así como algunos ambientes donde reina el mal gusto disfrazado de lujo y culto a la imagen rutilante.

Más que romper tabúes sobre la homosexualidad o incluso que retratar la vida privada de una estrella pública de la música, el director de Sexo, mentiras y cintas de video parece querer hurgar de nuevo en los aspectos más ocursos de la vida estadounidense y de una sociedad marcada fuertemente por la idolatría y la doble moral. Lo que pasa es que, de nuevo, Soderbergh, responsable de la saga del Che,  apunta muy alto y se queda a medias en sus logros.




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