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Ramón Acín

Viaje al “no futuro” (para las generaciones jóvenes) 


¿Qué es Hijos y padres? La respuesta, si se hace a conciencia, acaba siendo copiosa con disparos y en varias direcciones, porque la densidad es la clave en esta novela que, en apariencia, parece sencilla. Como mínimo, digamos que Hijos y padres contiene cinco miradas con un mismo fin: radiografía social.  Y cinco voces (fluir de conciencia, monólogo, diario…) que ponen el dedo en la llaga. Todo ello mediante cinco microhistorias (situadas y enquistadas en la familia, cómo no) con valor universal. Este concepto y su forma de exponerlo no son ni ajenos ni nuevos del todo en las creaciones de nuestro autor que, siempre está pendiente  de dar cabida a la necesidad (por supuesto, explicativa) de captar el mundo actual, el mundo que nos toca vivir. Una propuesta narrativa que tiene recorrido, que viene de lejos. En especial, está presente en La ciudad libre (la sociedad ante el aumento del radicalismo conservador)  y  en La violencia de las violetas (la libertad cluadicando ante el estallido bélico), aunque tampoco hay que olvidarse de su aliento en obras ya lejanas en el tiempo como Brisa de asfalto y Gusanos de seda e, incluso, con más limado o menos virulencia, en sus entregas adulto/juveniles.

A Félix Teira, como se observa en Hijos y padres, le gusta echar mano de la mirada más fresca, menos contaminada, más inquisitiva al tiempo que ensoñadora e inocente: la mirada adolescente. Una mirada con la que él indaga sobre cuestiones varias, precisamente cuando apenas los protagonistas se inician en su enfrentamiento vital y con los “otros”. Una mirada que le permite destacar sobremanera las relaciones emocionales de lo personal, a la par que posibilita la presencia de las relaciones más puramente sociales, sin olvidar las  habidas en el entorno familiar. Por ello, acierta con el uso de un objetivo, narrativamente muy fotográfico, que va, de manera muy especial, en busca y captura del mundo familiar y del entorno. Una focalización que, al principio pudiera parecer escorada o distorsionada (a la manera de los espejos de Valle-Inclán) por la presencia de familias tocadas por la penuria, por la desintegración y acuciadas por un problema que se sale de lo normal (deficiencia del hijo,  demencia senil del abuelo, psoriasis de la protagonista…), pero que, sin embargo, traduce la pura realidad. Arregui, Geme, Roda, La Sucia o Vero, los personajes principales de Hijos y padres, pueden existir perfectamente en un cualquier barrio urbano de una ciudad  (cualquiera, también), al igual que también poseen enorme físicidad los entornos en los que estos se mueven y que Félix Teira, puntilloso, certifica con una topografía evidentísima para el lector zaragozano. Circunstancia ésta última que, absoluto, mengua el valor de la lectura para aquellos que no pueblen la urbe aragonesa, porque al final de las idas y venidas, de los revoloteos familiares y de las permanentes preguntas de los protagonistas, todo aboca  hacia una conclusión aterradora: Qué estamos transmitiendo a los hijos, qué estamos dejando a las generaciones venideras, qué será de su futuro.


Con ser esencial y clave esa frotografía conclusiva de la novela y, a pesar de la fuerza que posee la variada problématica expuesta por Teira en Hijos y padres, hay que destacar otros aspectos sorprendentes y con  gran fuerza de atracción (a la vez que exige su esfuerzo) como el uso técnico de goteo informativo a la que el autor somete  a sus lectores. Es necesario pegar las continuas piezas aisladas que suponen los capítulos y, en especial, los fragmentos dispersos en cada capítulo, para lograr llegar al condensado contenido final del puzle que es la novela. Pues, a la par que los capítulos muestran una hilazon perfecta hasta dar una visión compactada de novela,  también estos pueden funcionar por separado, con entidad individualizada. Estamos ante una novela de novelas, dado que cada personaje, al poseer voz y foco propios, tiende a mostrar también una unidad propia en la que se condensa una historia concreta, transmitida, además, con su particular forma de expresión. O sea, suma de miradas e historias (y de formas de ser narradas: monólogo, fluir de conciencia, etc.) que no sólo no chirrian, sino que sorprenden. Y lo hacen porque con ello, a la vez que se fotografía la realidad objetiva (la vida captada a través de los sentidos)  se asiste también al fluir del pensamiento, de los deseos, de las penas, de la incertidumbres, de las certezas… La vida (la  visible y la oculta) se pasea ante el lector a veces con sosiego (diario de Vero, por ejemplo), a veces atribiliariamente (río de memoria casi en estado puro).

Por si fuera poco, a este adecuado recurso técnico, debe añadirse no sólo el perfecto uso del argot juvenil, propio de extrarradios y zonas perífericas a la gran urbe, sino  el acierto de las comparaciones y de la metáforas que descansan en el seno de la naturaleza y, por supuesto, las abundantes insinuaciones relativas a otras artes, sean ecos musicales (siempre una plural  banda sonora al fondo), llamaradas que insinúan fogonazos de la pintura, de la fotografía o el parpadear de historias cinematográficas y literarias que dejan patente la ya comentada densidad  de la novela  y los varios niveles de lectura habidos en ella.  Densidad en la que también cuenta el sustrato plural que es propio a la narrativa de Félix Teira: las apuestas por atmósferas y escenarios localistas con vivible epicentro en Zaragoza que, sin embargo, coniguen totalmente un valor universal.

Hijos y padres, trasunto de una época en crisis, donde los adolecentes son lo grandes sufridores dentro del enorme arco  que va desde lo meramente económico al vacío y pérdida  de cualquier valor que aseinet lo personal y lo social. Una mirada que, desde la ingenuidad adolescente, se torna vitriolica y, sobre todo, dispara con certezas. He aquí el apunte simple de algunos de los hilos habidos en Hijos y padres para que el lector tire de ellos y descubra el latido más real y actual

 

Félix Teira. Hijos y padres. Madrid, Editorial Funambulista, 2013, 199 pp.




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