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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El ranking de la química


Estoy convencido que la nueva novela de Almudena Solana, titulada Efectos secundarios (Planeta), atraerá a muchos lectores con solo leer su sinopsis en la que se nos explica cómo los diez medicamentos más vendidos en nuestro país toman vida y se convierten en personajes reales: Adiro, Orfidal, Voltarén, Sintrón, Augmentine o Lexatin entre otros se alzan ante nuestros sorprendidos ojos e intentan atraparnos en sus estupendamente ensambladas historias.

Esta original idea de mezclar la química con la literatura podría haberse quedado solo en eso, en un excelente punto de partida , si no fuera porque la autora, que ya nos mostró la excelencia de su prosa limpia y directa en obras anteriores como El curriculum de Aurora Ortiz (2002), o en la desopilante Las mujeres inglesas destrozan los tacones al andar (2007) ,y en mi favorita hasta ahora, La importancia de los peces fluorescentes , vuelve a lograr interesarnos y atraparnos con este muestrario de caracteres —meras fórmulas químicas— donde las evocaciones, los sueños, los miedos, la afectación, los celos, la devoción, la amistad y, por supuesto, el amor , son esos efectos secundarios con los que el destino , como si fueran hilos satinados, va bordando el mapa de nuestra vida, realzando o matizando sus colores según convenga.

Aunque Efectos secundarios a veces pueda parecer una novela coral en su planteamiento, un lector avezado se dará cuenta enseguida que lo que cuenta son las individualidades y sobre todas ellas la de Germán (Sintrón), un policía nacional, que al encargarse del caso de un atraco a una farmacia entrará en contacto con su dueño, un farmacéutico que va a abrirle los ojos a un nuevo mundo: el de la farmacia considerada como lugar de encuentro, una especie de gran estación dispensadora donde llegan viajeros de todas clases y destinos en busca de la panacea química que les libere o alivie de sus males físicos o psíquicos porque, obviamente, de todo hay.

A través de los ojos de estos dos personajes iremos descubriendo a los demás que, como avatares que son de los medicamentos, adoptan las indicaciones de los prospectos como señas de identidad de su rutina diaria y acoplan su carácter a su sintomatología.

Hay dos partes narrativamente bien diferenciadas en la novela: la primera, que sería el primer capítulo, titulada Principios activos, y en laque se nos presenta a Germán, que está llena de acción, de vivacidad, de humor. La segunda, que es el resto de la novela, toma un camino más introspectivo en el que prima la reflexión sobre la acción. Aún así, las variadas peripecias siguen enganchando al lector y lo llevan de la mano por la cartografía vital que propone la autora sin perderse nunca en este laberinto de existencias cruzadas, lo que consigue con un ritmo perfectamente medido y una fluidez que te transporta, casi sin darte cuenta, hasta el un final amable y esperanzador.

Tal vez, y como única pega, podría reprochar Almudena Solana el no haber dramatizado y desarrollado en más profundidad a sus personajes. Me hubiera gustado conocerlos más, pero probablemente la autora sólo quiera darnos una visión fugaz de su existencia, apenas un flash. Está en su perfecto derecho.




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