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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Stoker


Stoker, de Park Chan-Wook, director de la controvertida, taquillera y violenta Old Boy, es un elegante thriller psicológico que demuestra que el cine de género puede ser refinado, maduro y de calidad, si bien deja ver cierta arrogancia en su puesta en escena, barroca y morbosa que ahoga algunos de los aspectos más interesantes y turbios del relato.

Estamos ante un filme singular, una obra de cámara, en la que, no obstante, aparecen algunos lugares comunes del drama gótico: el núcleo familiar como “infierno”, la figura siniestra del “visitante” o la adolescencia como etapa de descubrimiento de la sexualidad, los celos y la maldad de los adultos.

Rehúye la vulgaridad pero cae en cierto marinerismo que lo acercan al cine británico de qualité. Con todo, Stoker, atento hasta la extenuación a los detalles y pequeños motivos audiovisuales —flores, adornos, vestidos, heridas—, con elementos de la naturaleza y la lujosa mansión donde se desarrolla buena parte de la acción del filme, es una propuesta más que seductora para los amantes de un género bastante transitado y maltratado en la actualidad.

Una excelente Mia Wasikowska (Jane Eyre) protagoniza la historia de una chica que pierde a su padre y lo ve sustituido por la figura inquietante de su tío Charlie (un Mathew Goode mejor de lo habitual), quedando en manos de éste y de su distante y contradictoria madre (excelente aunque algo fría y encorsetada Nicole Kidman).

A pesar de su afectación visual y de su mezcla del drama psicológico de calidad con el cine de misterio, de sus toques de humor negro, de sus algo pretenciosos saltos espacio temporales, piruetas narrativas y de un aparatoso final, Stoker es una de esas películas como Déjame entrar, La sombra de los otros, Luces rojas, Eva o La mujer de negro, que vuelven a dar cartas de nobleza y ambigüedad a un género que parece últimamente poseído por monstruos vulgares y aun más vulgares efectos especiales.

Alejándose deliberadamente de lo común y sorteando caminos trillados, aunque sin evitar algunos clichés (como esos horribles compañeros de clase masculinos que acosan a la joven india en los caminos rurales), el director construye un relato gótico que evita —al menos hasta su catarsis final— el gore o la sangre, pero consigue crear una atmosfera compacta, sugerente y delirante dentro de una cotidianeidad crispada por pequeños gestos y personajes “más grandes de lo que parecen”.

Entre el mejor cine oriental de miedo y el drama psicológico hollywoodiense con toques de rebeldía e independencia, lo mejor del filme son curiosamente aquellas secuencias en las que los personajes se sinceran ante la cámara, como cuando Kidman habla sobre su difícil papel de madre o la joven India se enfrenta sin temor a la extraña arrogancia de su enigmático tío Charlie (curiosamente el mismo nombre del personaje del tío psicópata que encarna Josep Cotten en La sombra de una duda de Hitchcock). Una pieza singular y realmente fascinante pero incompleta para ganarse los favores del gran público en detrimento de los aspectos más espinosos del retrato de una familia que tiene algo del cine de Visconti y algo de la novela de terror decimonónica. El filme privilegia la mirada de la joven India como punto de vista sobre los demás habitantes de la mansión y sus alrededores pero su personaje tampoco queda fuera de esa capa de frialdad, morbidez y efectismo que atraviesa un filme notable pero al que le falta algo de franqueza y visceralidad.




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