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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El samsara


Para adentrarse en las tierras inexploradas que David Vann propone en sus novelas hay que tener el ánimo templado y la mente fría, porque solo de esta manera el lector podrá salir indemne del viaje que el autor le propone a las más remotas regiones del espíritu humano, donde el paisaje es tan protagonista como los atribulados seres que lo habitan. Lo bordó en Caribou Island y vuelve a hacerlo en Tierra (Mondadori). En aquella, una cabaña, situada en la remota Alaska, se convertía en el símbolo de la muerte: en ésta, es la tierra reseca del valle central de California la que toma el relevo.

Estamos en 1985. Galen, de 22 años, vive junto a su madre en una finca agrícola situada en el valle y está a la espera de ir a la universidad lo que parece demorarse día tras día debido a los problemas económicos que tienen, la actitud protectora de la madre, que parece no querer quedarse sola, y la responsabilidad hacia una abuela que, ingresada en una residencia en avanzado estado de Alzheimer, proyecta su sombra sobre ellos y esa tierra heredada que simboliza la muerte. Enganchado a la filosofía New Age, el muchacho pasa sus días intentando elevarse espiritualmente con la ayuda de las lecturas de Gibran, Juan Salvador Gaviota y Castaneda, con el fin de arrancar sus raíces de ese suelo desértico y árido que le rodea y alcanzar una nueva dimensión de su existencia.

Pero el acoso sexual al que le somete una prima adolescente, a la que desea, y su propio “samsara” (desasosiego) por no poder librarse de esas cadenas van a propiciar, durante un viaje a una cabaña en las montañas, que el conflicto estalle y la maestría de Vann aparezca al encerrar a sus cinco personajes en un huit clos donde a la presión física de un paisaje imponente y a la psíquica de las tensiones familiares propician la aparición de los demonios personales de Galen y su madre, que se pasean en absoluta libertad en una segunda parte llena de violencia y sadismo que llevan al lector al clímax ayudado por la rotundidad y dureza de la prosa del autor, marca de la casa.

Vann, como en sus dos novelas anteriores, utiliza el paisaje para magnificar en todo momento el desastre personal que sufre la vida de sus protagonistas e imprime un ritmo diabólico a la narración que va in crescendo hacia la catarsis final.

No lo pone fácil para el lector, esa es la verdad, que en determinadas ocasiones debe tomarse un respiro para aflojar la tensión, aunque para entonces está ya tan enganchado a la tragedia que vuelve a esa vorágine, a ese agujero negro del sinsentido que todo lo traga y lo destruye.




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