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Errata

Evaristo Aguirre

Primeros diez años


La primera entrega de estas Erratas, hace ya diez años, estuvo dedicada a los diarios de Andrés Trapiello, en concreto al tomo titulado El fanal hialino, undécimo de la serie, que hablaba del año 1997, de manera que me ha parecido decoroso traer aquí, en esta semana de aniversario, el tomo decimoctavo, Miseria y compañía, que trata de 2004, y que ha llegado hace poco a las librerías. Lo dicho en aquel texto tiene, para mí, toda la vigencia, incluso hay algunos elementos que mencionaba entonces que quizá se hayan acentuado.

Decía en 2003, que a pesar de que el autor sostenía siempre lo contrario, mediante las informaciones de estos diarios, se podría establecer una buena biografía de Andrés Trapiello y de su familia. En Miseria y compañía, los lectores habituales nos hemos encontrado con la consolidación de un giro que se había iniciado hace ya unos tomos: lo que se cuenta es cada vez más personal y familiar, y los comentarios, por no decir cotilleos (que no suena del todo bien), del mundo literario, editorial, cultural y político (con los que tanto, pero tanto, hemos disfrutado) han ido perdiendo protagonismo. Sí, cada vez conocemos más a A.T. A un A.T. más íntimo.

Les voy a dejar con aquel texto del 23 de junio de 2003, según me ha sugerido el alma de estos Divertinajes.com, Eva Orúe, a quien (y hago un llamamiento público al resto de colegas que también escriben aquí) le deberíamos erigir un monumento; ecuestre, por supuesto.

LA VIDA Y NADA MÁS

Se empeña Andrés Trapiello en decir, cada vez que le preguntan por sus diarios –la última vez a requerimiento de Javier Rodríguez Marcos en Babelia, el 14 de junio–, que apenas habla de sí mismo, y que cada vez lo hace menos. No es verdad. Si en cada cada novela, en cada relato, en cada poema, a menudo, incluso, en cada ensayo, el autor está presente, qué se puede decir de unos diarios, que ya han llegado a su undécimo tomo; que han pasado de 192 páginas en formato pequeño –en su primera entrega, El gato encerrado, en 1990– a 624 en formato grande –en la última, El fanal hialino, de 2003–; que se empeñan en recoger la vida que transcurre alrededor del escritor; que a sus lectores habituales nos han servido de puerta de entrada en un barrio, en una casa, en una familia, a una vida.

Una de las metas de mi vida de lector con acceso a escribir de lo que lee es establecer la biografía de Andrés Trapiello utilizando únicamente lo que cuentan estos dietarios, y estoy seguro de que el retrato sería algo más que fidedigno. No importa que ya se haya dicho, la obra diarística de Trapiello –nacido en Manzaneda de Torío (León), en 1953; universitario en Valladolid, por él llamada “ciudad impar”; asentado en Madrid, desde 1975; casado y con dos hijos– es uno de los proyectos más originales de las letras españolas contemporáneas. Y hay que recordarlo porque numerosas fueron las voces de críticos y enteradillos literarios que pusieron el grito en el cielo cuando un tipo que entonces tenía algo menos de cuarenta años se decidió a publicar el diario de su vida. Aquel primer tomo recogía las vivencias del año 1987. Pero un puñado de raritos decidió leer aquello, han continuado haciéndolo y han ido aumentando el número de seguidores a base de contarles, con entusiasmo, lo que habían leído.

A mí me animó mi amigo Juan Carlos, y es una de las muchas cosas que he de agradecerle. Salón de pasos perdidos se llama este proyecto; Una novela en marcha es su explícito subtítulo. Además de a la incansable pluma de Andrés Trapiello, la existencia de estos libros se la debemos a un gran editor, Manuel Borrás, quien vio que esta idea encajaba en su empresa, Pre-Textos, y a quien no desanimó –me atrevería a decir que todo lo contrario– la negativa de unas cuantas editoriales a publicar semejante cosa. Con el tiempo, algunos de aquellos listillos han querido recuperar los libros que dejaron pasar, pero Andrés se ha mantenido fiel a su editor, y únicamente ha permitido que se fueran publicando en edición de bolsillo (en Destino).

Al ya citado Gato encerrado le siguieron Locuras sin fundamento, El tejado de vidrio, Las nubes por dentro, Los caballeros del punto fijo, Las cosas más extrañas, Una caña que piensa, Los hemisferios de Magdeburgo, Do fuir, Las inclemencias del tiempo y El fanal hialino. Con una periodicidad casi anual, sus lectores esperan la llegada del mes de noviembre –quizá diciembre– para hacerse con su volumen. Este 2002, no ha sido así. El tomo se retrasó, y durante la noche del 6 de enero supimos que Andrés Trapiello había ganado el Premio Nadal, con Los amigos del crimen perfecto. Hasta el mes de mayo tuvimos que esperar. Pero en absoluto con paciencia, pues las llamadas a la sede de la editorial, en Valencia, se repetían, inquiriendo por la llegada a las librerías de la entrega del diario correspondiente.

Y llegó. Y hemos leído que G. y R. (sus hijos) ya han crecido, el mayor incluso anda con una "novieta"; que M. (su mujer) está, como casi todo mortal, hartita de su trabajo; que las conferencias en las ciudades de provincias son sórdidas, como desde hace ya diez años que nos lo viene contando; que una vieja cacatúa de la buena sociedad madrileña le engañó con los honorarios de una lectura de poemas; que un viaje por Italia puede ser una extensión de la vida en el barrio de Madrid; que los críticos mendigan aparecer –o no– en las páginas de unos diarios que años antes despreciaron; que L. A. de V. (su amigo) mantiene el dandysmo en París ante las preguntas más impertinentes; que X. aquello; que Y. lo otro (no hemos dicho que casi todo el mundo aparece citado tras anónimas iniciales).

Siempre ha dicho Trapiello que su meta es que sus páginas sean vida. Intención que amplía a toda su obra, que es variada y abundante: novelas, poesía, artículos, ensayos –es autor de dos de los mejores publicados en España en los últimos años: Las armas y las letras (sobre la literatura y los literatos durante la Guerra Civil) y Los hijos del Cid (sobre la generación del 98 )–. Y vida hay en todas sus creaciones: en lo mejor, sus diarios (por si no había quedado claro); en lo menos bueno, sus novelas (aunque van mejorando en cada entrega). No hay nada mejor que la vida (a través de la literatura) para empezar la travesía de esta

El texto original, aquí.




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