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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Promised Land


Tras la extraña acogida de su bella pero algo fúnebre Restless, Gus Van Sant, que siempre se ha movido entre el cine independiente, comercial y de vanguardia con cierta soltura, realiza con Promised Land uno de sus trabajos más sólidos y comprometidos.

El realizador de Mi nombre es Harvey Milk vuelve a apoyarse en grandes actores y actrices (magníficos Matt Dammon y Frances McDormand, en dos papeles hechos a su medida) para denunciar la explotación por parte de las grandes empresas de la ecología y los recursos verdaderos de las tierras en los pueblos del interior profundo de los EEUU.

La odisea de Steve Butler (Dammon, coautor del guión) estafador estafado, finalmente unido de por vida a los perdedores, es una odisea que dice mucho de un tiempo y una organización social movidos por grandes intereses que logran anular la ética de hombres y mujeres comunes en entornos pequeños. El filme explora, con meticulosidad pero sin tremendismo, las contradicciones vitales de su protagonista masculino y también de los habitantes de un medio rural sacudido por la recesión económica. Las imágenes de Promised Land transmiten un suave naturalismo y una honestidad artesanal que las separan del Van Sant más chirriante y rebelde… aunque tal vez, también, se muestre menos atrevido para llevar las muchas implicaciones de su relato hasta sus últimas consecuencias.

Promised Land es una película de tesis, apoyada en un guión hábil y sorprendente y coronada con un final feliz agridulce que sitúa al individuo y sus dilemas por encima de la codicia de los que solo quieren hacer dinero a costa de los temores e ilusiones de los más desfavorecidos. El director sabe hacerse invisible y, a diferencia de lo hecho en molestos experimentos como Last Days o Elephant, opta por una narrativa sobria, ágil y ajustada. Explora con inteligencia caracteres e intereses que chocan, y desarrolla su relato en regiones de ambivalencia moral y paradojas sobre el arribismo, la honestidad, el miedo y el “fracking”.

Van Sant se une así al cine contemporáneo de denuncia sin caer en el histrionismo, el panfleto ni la grandilocuencia con un cuidado alegato a favor de la ecología, en favor de la libertad frente al liberalismo. También ante una historia de amistad, engaños y rivalidades donde el director se sitúa muy cerca de sus personajes y, sin renunciar del todo al lirismo y la ironía, se acerca al terreno semidocumental huyendo del estilo de los telefilmes al uso gracias a los agudos giros del guión y la cuidada planificación de las secuencias —punteadas por una tenue banda sonora de su habitual Danny Elfman— en un trabajo que apela, sobre todo, a la inteligencia y sensibilidad del espectador.

This land is my land





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