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Ramón Acín

Con amor (y reflexión) en Barcelona


Arcadia y Javier, junto a unos padres al acecho (en contraste: la ausencia de otros, desaparecidos en trágico accidente), además de tía Inés y Tobías y un variopinto enjambre de personas revoloteando (algunos con sotana de inquisidor) conforman el bullidor fresco sobre el que Rosa Regás edifica la historia de amor de Música de cámara, Premio Biblioteca Breve 2013, con una Barcelona (España, por extensión) de posguerra como telón de fondo. Arcadia y Javier, caras de una misma moneda (la juventud regada por la pasión), como quicio para diseñar polos opuestos sobre cómo puede concebirse el mundo o situarse uno en él. Y, aunque la argamasa del amor llegue a latir en ellos con arrebatado brío y obtenga la fuerza del imán que casi logra una soldadura perfecta, la tozuda realidad pugnando en doble dirección (atracción vital de la pasión paralela al menoscabo en colisión con las ideas), acabará por imponerse. Sólo el paso de los años (junto a la distancia, obligada y no buscada), cuando ya las aguas no bajen bravas en España, dejará intuir algún sosiego y, en cierto modo, un poco de avenencia en el destino de Javier y Arcadia que, cuando menos, debería haber sido común. Una calma final, sin tiempo tal vez, aunque la esperanza abra destellos de futuro con las palabras que cierran la novela: “el final estaba todavía muy lejos y lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar”.

Arcadia, hija de vencidos y exiliados (guerra civil en lontananza), a quien, de niña, la tragedia del accidente sufrido por sus padres lleva desde la felicidad de Toulousse al desasosiego extremo en la Barcelona de los años 50, coincide con Javier, hijo de vencedores y detentadores del poder. Tras el encuentro, la vida estalla alegre y audaz en la asfixiante atmósfera de posguerra. La música y la arquitectura logran, en principio, solidificar un afán común con el que superar cualquier obstáculo al amor que Arcadia y Javier se profesan, amor que, además, es el epicentro de su joven existencia. Pero, pese a los amarres sentimentales (con Javier) e, incluso, a los familiares (de tía Inés), Arcadia acabará por navegar en tierra de nadie, acabará por sentirse extranjera. La formación que le insuflaron sus padres en la infancia, junto a una personalidad libre de ataduras, choca frontalmente, pese a esfuerzos y tentativas varias, con la rigidez ñoña y el rancio orden de la España gris de posguerra que representa la familia  burguesa y pactista de Javier. Sociedad a la que éste por, nacimiento, pertenece y de la que es firme heredero. La debacle parece servida: irremisiblemente unos orígenes tan distintos marcarán el destino de los jóvenes esposos, empujados por la interesada maldad paterna y la estulticia obtusa y pacata de la época.

Con Arcadia, en Música de cámara, Rosa Regás (Barcelona, 1933) delinea y sirve al lector uno de sus mejores trazados en torno a la personalidad femenina. Con ella, además de acomodar conceptos de mujer ante la vida y ante el amor y la consiguiente convivencia,  se modelada la manera de entrever y de analizar la sociedad española en unos momentos claves de su devenir histórico. Pues, sí, con la juventud de Arcadia, el dibujo de una España, cainita aún, surge diáfano (segunda etapa de la posguerra española, 1949-1960), algo parecido sucede cuando, tras más de veinte años, se ofrece la escena del reencuentro entre Arcadia y Javier. En medio, el inmenso y oscuro hoyo de fracaso matrimonial, destrozado por el destino y otros coadyuvantes como el padre de Javier. Un foso temporal silenciado que, sin embargo, verá reavivada su llama.

El reencuentro de Arcadia y Javier (la música, de nuevo, como unión y sutura) faculta una honda reflexión sobre los primeros años de nuestra famosa y tambaleante Transición (1984). Una reflexión, servida mediante el diálogo cruzado de ambos y expuesta con lucidez a lo largo de todo el capítulo final, hábil y sutilmente titulado: “Serás, amor un largo adiós que no se acaba”. Al fondo, cómo no, las dos Españas frente a frente (sin olvidar la exterior conformada por los exiliados, y, por supuesto, tampoco parte de la interior, a veces con semejante condición de exilio) a vueltas con deseos y  angustias, bogando en un mar tan proceloso como ambiguo. Y todo ello emergiendo, con eficacia desde el destilado de la célula social más mínima. Es decir, desde el amor “reencontrado” por un matrimonio fracasado, cuya argamasa vital fue contaminada por el poder de varios círculos concéntricos (familia, amigos, clase social y, por supuesto, creencia religiosa) hasta conseguir su asfixia. Una asfixia sumamente explicativa que, pese a todo, se asienta en la sugerencia antes que la esperada pedagogía evitándose así  el ahogo del lector.

Música de cámara destila verdad. Sin duda, hay en ella fragmentos de experiencia personal, de vida vivida que ayudan a sentir esa verdad. Como hay homenajes a personas concretas (algunos muy evidentes: Emilio Comín, por ejemplo) y reflejos de sucesos identificables. Es una verdad que otorga a la novela el plus añadido del valor documental, tanto en lo social como en lo histórico que, lógicamente, permite el fluir de la reflexión. Pero, aunque la realidad novelada destile miedos de una época, ansias de lucha y evolución, necesidades de autoafirmación personal, debates interiores del individuo, reflejos de circunstancias cercenadoras y muchos aspectos más que saben a las épocas mencionadas (años 50/60 y años 80 del pasado siglo XX en España), en absoluto, es una novela que busque sólo un testimonio de reivindicación. El tratamiento del amor y sus desencuentros, las relaciones familiares, la convivencia social, los miedos y pasiones personales, el mundo interior (en especial, de Arcadia) existentes en la novela, lo demuestran.

Música de cámara. Rosa Regás. Barcelona, Seix Barral, 2013.




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