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Ramón Acín

Viaje al infierno: Auschwitz desde la vida y desde la literatura

1.


Auschwitz. 1940-1945. Segunda Guerra Mundial. Una madre y un niño viajan desde el gueto de Theresinstadt a Auschwitz, metrópoli de la muerte, en un tren de vagones para ganado. La madre, como un náufrago en alta mar, lanza mensajes de auxilio. Por la ventana, taponada con alambre de espino, deja caer pedacitos de papel con una dirección e indicaciones mínimas (“Estamos viajando hacia el este. No sabemos adónde. Por favor, quienquiera que encuentre esta nota, que la envíe a la dirección de arriba”). Así comienza el viaje (y las fatídicas consecuencias posteriores de éste) que Otto Dov Kulka rememora en Paisajes de la metrópoli de la muerte, una lectura sorprendente por cuanto supura de verdad y por cuanto conmociona sin que la acidez a la hora de contar salpique las palabras que tan bien exponen el exterminio acaecido en el infierno de Auschwitz.

Pese a un tamizado literrario, el testimonio se impone y hace emerger la figura de Otto Dov Kulka como si fuera la de un gigante. No sólo porque quien las lea acabé sorprendiéndose ante el hecho de que haya sabido convivir durante tantos años con la tragedia vivida (y sufrida) mientras exploraba objetivamente la realidad histórica de tan cruel pasado (es un reconicido historiador, además de profesor emérito de la Universidad de Jerusalem), sino porque la inmersión que propone con Paisajes a la metrópoli de la muerte alcanza cimas impensadas. La objetividad y los sentimientos van de la mano sin rechinar. Como también va la reflexión que destilan los breves fogonazos de sus recuerdos. Recuerdos esenciales, brevemente expuestos, que saben a experiencia, a vida, a autenticidad. Y que, a demás, poseen la capacidad de hacer que el lector, a la luz de ese pasado personal que el autor rememora y cuenta, entienda la historia de la época.

Sin duda, la visión inocente de un niño de once años ayuda a ello. Otto Dov Kulka niño y Otto Dov Kulka prestigiso historiador son uno mismo en Paisajes a la metrópoli de la muerte y, precisamente, esta mezcla tan imposible es la clave para que la hondura de lo que se narra penetre rapidamente en el ánimo del lector. Pese a la dureza de los acontecimientos y a la inmensa tragedia que contienen, en absoluto es difícil compartir la inmersión que Otto Dov Kulka lleva a cabo en estas memorias suyas con las que no sólo recupera un pasado “oculto” (su pasado), sino que lo explica y sirve de modelo universal. Incluso, hace vibrar el viento de la poesía donde nadie podría imaginarla.  Como muestra, basta ver la esencialidad explicativa, de los subtítulos de cada capítulo del libro.

Convivir con la muerte al tiempo que se forma como persona, observar la desaparición de la vida en el humo de las chimeneas de los crematorios al tiempo que el azul del cielo insufla la belleza o vive la intensidad de un conciert o sintetizar tanto horror, tanto dolor, tanta ominosidad con la brevedad que Otto Dov Kulka practica, convierten a Paisajes de la metrópoli de la muerte en un monumento para la Historia. Un monumento que, además de saber a documento, estremece, deslumbra, conmueve, enrabieta, asombra y hasta repele. El poder evocativo de la prosa, a la vez que poético y a la vez que reflexivo (con espacios, incluso, para el humor) es la clave.  Léase.

2.


Auschwitz. 1940-1945. Segunda Guerra Mundial. Ensayo “Observaciones sobre la fauna ornitológica de Auschwitz”. Todo real. Y, sobre esta realidad, la ficción: Hans Grote, soldado SS alemán (en la vida civil: orniólogo y profesor) y Marek Rogalski, prisionero polaco (en libertad: estudiante de arte) comparten una cierta proximidad de trato que, en apariencia, parece limar la evidente dependencia de la víctima al verdugo. La posibilidad de una fisura así en tan ilógica relación se asienta sobre un vínculo de trabajo (estudio ornitológico entre los ríos Sola y Vístula), aunque éste apenas consiga mordisquear los férreos herrajes y normas de un campo de concentración nazi, destinado a la absurda política de aniquilación de seres humanos.

No obstante, aunque la relación entre Hans y Marek nunca llegue a mayores, su proximidad en el faenar común (impuesto y asumido/aceptado, claro) sí que permite sobrevolar el fácil detallismo de lo que podía haber convertido a la novela en otra historia más relativa a los campos de concentración. Y sucede así porque lo presumible y predecible en este tipo de historias (con el nazismo y sus execrables políticas al fondo) se achica, pese a la crueldad y falta de humanidad reinantes, ante imágenes mucho más corrosivas. Imágenes que, además, Arno Surminski (1934, Prusia Oriental) sirve al lector como de pasada; como si fueran simples (por habituales) fogonazos ante la subsistencia, la sumisión, la esperanza, el odio, el miedo, la incapacidad… Y con todo, ello, edifica un sólido texto que va más allá de lo que su historia novelesca, a primera vista, relata. Junto a la Historia, la función de parábola, junto a la Vida, la reflexión sobre el absurdo. Así, por ejemplo, al lado del recuerdo de tan odiosa época, turbulenta e inhumana, a horcajadas sobre las aristas de una convivencia imposible, la novela ofrece también la historia de una doble pasión (ornitología y pintura), amén de los entramados con los que construir el andamiaje defensivo tanto en el ánimo de quien es víctima como del que ejerce de verdugo. Sin olvidar, entre otros aspectos, el significativo choque entre lo infernal (vida en el campo de concentración) y su adjunto “locus amoenus” (vida en las riberas de los ríos en las que Grote y Marek avistan y estudian la avifauna).

En el continuo disparo de unas frases, sencillas y cortas, que emergen, muy nítidas y potentes, sobrevolando la historia narrada, reside la fuerza de la novela. Son frases que suenan como bombazos, que descargan angustia, que traen el eco de la cruel realidad, que hablan de los imposibles…, pero, al tiempo, también, que suenan a vida y que van más allá del relato de cuanto sucede a unas gentes cercadas y mordidas por las circunstancias. Frases que, en definitiva, se encumbran no sólo sobre los sucesos narrados, sino sobre la misma Historia hasta hacerla Vida (ambas con mayúscula), sustancia universal y carne muy apropiada para una reflexión inteligente. Sin duda, los momentos narrativos más fulguranres (además de hirientes y sugerentes) están recogidos por ese goteo de frases aisladas que, como disparos, muestran (e indagan) el debate interno habido en ambos protagonistas. Especialmente en Marek que es, en realidad, quien da cuenta de todo cuanto acaece. Y, aunque en este mencionado proceso interior, el pesamiento del verdugo queda oculto o, en todo caso apenas entrevisto, Arno Siminski consigue hacerlo visible a través de la sugerencia destilada por el pensamiento de Marek. Todo un hallazgo que la víctima, ante la actuación de verdugo, no dialogue con él acerca de las consecuencias de su actuación, pero que sí lo haga consigo mismo y, con ello, la realidad, común a ambos, aunque oculta en Grote, adquiere total visibilidad. Estamos ante el valor del “instante” o del “momento”, pero también ante el valor de los “objetos” (horca de ajusticiamiento) o de los pequeños sucesos (banda de música). En suma, la vida fluye vigorosa en todas sus dimensiones. Y lo hace incluso en el espacio del amor mediante el acertado desmenuce de retazos famliares. Retazos que son vividos en el caso de Grote (apoyatura de carta) frente a los imaginados y, sin embargo, igual de vivos, en un Marek prisonero. Ciento ochenta y seis páginas que atrapan y que se leen, pese a su evidente crudeza, con gusto y de un tirón.

Otto Dov Kulka. Paisajes de la metrópoli de la muerte. Madrid, Taurus, 2013, 198 pp. Traducción: Juan Ramón Azaola.

Arno Surminski. Los pájaros de Auschwitz. Barcelona, Salamandra. 2013, 186 pp. Traducción: Mª Dolores Ábalos.




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