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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Tomboy


Tomboy es una delicada y hermosa historia sobre la infancia y la familia, sobre el despertar de la inocencia y sobre la vida cotidiana de Laura (encarnada con virtuosismo por Zoé Herán), una preadolescente que se siente un chico (Michael) y se comporta, viste y e interactúa como tal.

Con el precedente de la argentina El último verano de la Boyita, el filme de Céline Sciamma, premiado en numerosos festivales, aborda con sencillez y sin aspavientos el tema de la identidad sexual y, también, de las contradicciones de los nuevos círculos en los que se mueve la pequeña con desarmante soltura. La familia de la joven y vivaz protagonista parece asimilar sin problemas su comportamiento, pero cuando otra chica se enamora de él comienzan las trabas y los equívocos, mezclando el drama intimista y la comedia de costumbres. Un asunto tratado con una naturalidad propia del mejor cine francés de calidad, a la vez realista y poético.

La película de Sciamma evita el morbo o el tremendismo y se vale más de los silencios, los gestos, los juegos y los ruidos del exterior, así como de los pequeños movimientos de los personajes, para narrarnos —con economía de medios y escenarios— el traslado de una familia a una nueva vivienda y el traslado de Laura de un género a otro, un gesto natural que acaba encontrándose con cierto rechazo social aunque la protagonista, animosa y valiente, no parece asustarse ante las presiones y la desconfianza suscitada en el último tramo del relato.

Tomboy es honesto, modesto y optimista. Muestra cómo, muchas veces, los prejuicios están más en las mentalidades de los adultos o en las divisiones sociales que en la mirada intensa, inocente, lúdica y lúcida de los niños o las niñas. El brote de intolerancia no consigue hacer desparecer al protagonista ya que la directora cree firmemente en la autenticidad de su personaje y lo sitúa con vitalidad en su rol de "tomboy" (marimacho en inglés) por encima de cualquier prejuicio, moralina o moraleja.

Aproximándose a los personajes a través de planos cortos alternados con su evolución en un entorno rural que tiene algo de idílico, Sciamma no necesita de grandes discursos para hacer que su maravilloso “cuento de hadas” nos parezca increíblemente cercano y vital, lejos de los alardes kitch de Ma vie en Rose de Alain Berlinier, del punk-rock reivindicativo de Hegdwig and the angry incho de filmes mucho más duros como la escalofriante Boys don´t cry de Kimberley Pierce.

Una película fresca, inmediata, sensitiva y recomendable para todos los públicos, más allá de los patrones culturales heredados o de los muros levantados. Una lección de gran cine envuelta en un envase argumental aparentemente pequeño y en una producción modesta pero siempre ajustada.

Los chicos con los chicos...




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