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Ramón Acín

Un viaje con Carme Riera (Mallorca) y otro con Julio Llamazares (Ibiza)

La mejor manera de conocer a fondo un país, una ciudad o un lugar ¿cuál es?, ¿el desplazamiento físico conlleva mayor posibilidad ilustrativa?, ¿sin peregrinaje alguno, una lectura puede suplantar la concreción sensitiva  de éste?... A tenor de novelas como Tiempo de inocencia (Carme Riera) y Las lágrimas de San Lorenzo (Julio Llamazares) bien pudiera despejarse gran parte de la duda que habita en los anteriores interrogantes. Porque, Mallorca e Ibiza aparecen diáfanas (como fondo, y al fondo) de las historias creadas, respectivamente, por Riera y Llamazares. En la primera, Mallorca aparece vital y con rango dei protagonista gracias a la memoria, al acumulo de estampas retrospectivas (hábilmente concatenadas) y a la autobiografía novelada de las que la autora echa mano. En el segundo, a partir de la anécdota (observación de las estrellas fugaces en la noche ibicenca) que, en continuo flujo y reflujo (presente y memoria), va dotando de fisicidad al paisaje del entorno. Fisicidad potente que, a demás de su función metafórica, posee también un cierto rango de protagonista.


En Tiempo de inocencia Carme Riera bucea inquisitiva y libre en su infancia (mallorquina), ese territorio anímico que siempre tiende a asomarse (y a parecer) como el paraiso perdido. Pero de la lectura de la novela no sólo hay que esperar este mencionado sumatorio de posibles recuerdos, descolgándose amables desde el dibujo del mapa personal –quizá algo nostálgico- de la autora, dibujo siempre propenso a la emoción y de continuo lleno de plasticidad y sensorialismo. Hay, por supuesto, más dimensiones. Pues, junto a la evocación del despertar de la infancia, camina, como mínimo, un amplio conjunto de asepiadas fotografías que atrapan tanto espacios físicos como emocionales, tanto espacios de conjunto como individuales, que, especialmente, ahondan en el pasado, pero que, de forma muy explicativa, también descansan en el presente ofreciendo así un rico contraste de miradas: lo que un territorio fue y es.

El ámbito vital de la ciudad de Palma de Mallorca (la de las décadas de los años 40 y 50 del siglo XX) y el del ruralismo circundante (la Deià veraniega), con sus vaivenes a los ojos de una niña, es el marco de las sugestivas incursiones que Carme Riera propone con una prosa ligera y cautivadora que, incluso, deja gratos huecos para que se cuele un humor suave. Las más abundantes suelen llevarnos al árbol genealógico de la autora y sus entornos que, con la fuerza de un imán, logran atrapar la Historia. Una Historia que, aunque aparentemente aparece como personal (la familia), suele devenir en colectiva (espacio de Mallorca). Otras veces, por el contrario, las evocaciones invitan a paseos, siempre preñados de visibilidad y voz, para adentrarnos en el corazón mismo de la múltiple sociedad mallorquina, repleta de viveza, rumurología, oralidad, tradición y vida.

La inocencia (tan explícita en el mismo título del libro) se pasea por las páginas de Tiempo de inocencia a golpe de una memoria recuperada  (recordar, anota Riera, es “volver a pasar por el corazón”). Son recuerdos que, cuando menos, sirven para explicar y reconocer un tiempo y un espacio, al tiempo que, también, con ellos, se explica y se reconoce la autora. En varias direcciones, claro. Así, el recuerdo posibilita que ciertos sucesos cobren sentido y que determinadas anécdotas (apresadas en la madeja de la memoria y, a la vez, suma de historias con historia) adquieran valor y significación. No sólo para la autora y su obra narrativa (menciones, tan confesionales, acerca de determinados hechos, escenas, experiencias… que han sido quicio en varias de sus novelas, caso de El último azul o La mitad del alma, por ejemplo), sino para el lector mismo, que, con ellos, puede asistir, en primera fila, al espectáculo del pasado, mientras, ante él,  fluye el tiempo  cálido, veloz, inquisitivo, rumoroso, cambiante. Es el logro de Carme Riera, convertir Tiempo de inocencia en un río que lleva al corazón de una época y de un espacio hoy casi desaparecidos (o, al menos, un tanto distintos), llenos de un recio y rancio sabor a pasado y a otro tipo de vida. Un río que, siendo  particular y personal, posibilita, sin embargo, un cierto esclarecimiento, digamos explicativo, de corte colectivo. Sin duda, porque, en este fluir, las particulares aguas que Carme Riera vierte sobre el cauce de Tiempo de inocencia, se convierten en comunes para los lectores ya entrados en años,  al tiempo que, para los más jóvenes, aportan una radiografía perfecta, plástica y sensorial de un tiempo y un espacio recientes, pero ya casi inexistentes. Todo cabe en la edad de la inocencia que, paso a paso, va dejándose engullir por un futuro devorador (y que no es nuestro). Por eso, el mundo de olores y sonidos, de imágenes y emociones, de anécdotas y sucesos, de estampas y evocaciones,… maridados a la perfección  en la propuesta de Carme Riera,  destila tanta vida y concita tanta atracción mientras su lectura transcurre plácida. Un buen viaje, destino Mallorca.


También Las lágrimas de San Lorenzo, la última entrega de Julio Llamazares,  invita a viajar. Y no porque al inicio de la novela todo haga pensar en el relato de un viaje, con Ibiza al fondo (acantilados y playas, mar y culebreo de montañas, sea por Benirrás, Cala d´Hort, islote de Es Vedrá, Portinatx, Santa Inés, Las Salinas...), sino porque este concepto de “viaje” acabará siendo muy plural. Todo cuanto acontece en la novela brota en la noche del 10 de agosto, cuando un padre (protagonista-narrador) rememora ante su hijo (Pedro) su pasado personal en Ibiza a la que ambos han viajado y en la que están viendo la lluvia de las estrellas fugaces. La evocación de ese tiempo lejano, en el que, al parecer, durante casi una década (juventud del protagonista narrador), éste fue feliz permite bogar por el tiempo y acceder a diferentes espacios a la vez que realizar un ahondamiento en uno mismo.

Con Ibiza al fondo (como paisaje y entorno, pero también como atmósfera clave para el fluir de la memoria) el pasado, el presente, el futuro del hijo, la ascendencia de ambos, los amores, las amistades, los paisajes y la existencia misma brotan a raudales. Y lo que amanecía como plasmación puntual de un simple desplazamiento físico (no olvidar: todo cambio de lugar conlleva su enseñanza: búsqueda de la verdad, de la felicidad…) acaba transmutado en una profunda incursión en el ser humano y sus circunstancias. Ésa es la auténtica proposición de la novela: acceder al viaje por excelencia. Al viaje que escarba y explora la vida (y en la vida) que solemos vivir “sin entenderla hasta que ya ha pasado” (p. 55). Se trata, por tanto, de un viaje lleno de otros muchos, físicos y síquicos, empujados, puntualmente, por un choque de edad (padre/hijo, adulto/niño) y por la distinta manera de observar (y de abordar) la existencia, el mundo, la realidad… con las metafóricas estrellas fugaces de la noche ibicenca y su paisaje.  El vaivén continuo, entre conversación y silencio y, también, entre algarabía introspecctiva y mudez exterior, semejante (y al compás) al vaivén  imprevisible de la caída de estrellas, con el inmenso cielo como testigo y, por supuesto, como metáfora, hace fluir también la vida del narrador desde el inmenso vallado de su memoria. Y en la evocación, fundida con la añoranza y en un mestizaje con la imaginación, saltará la reflexión y la duda. Las preguntas y la memoria caminaran juntas, mecidas por la melancolía, para llegar al destino final que, a veces, culmina en la respuesta  (por ejemplo, del reencuentro: el  narrador/protagonista repite noche, gestos y función al igual que, antaño, lo hizo su padre) y, en otras, acaba en el dilema irresoluble de la incertidumbre (capítulo final: “¿No será Dios el tiempo?).

Pero, junto a la densidad de ese río subterráneo, pletórico de pensamientos y contenidos, que se derrama al fondo y como fondo, la novela es también reflejo sutil de una época, de una generación, de una zona geográfica  y de sus costumbres  (Ibiza) que, con escasísimas frases (breves estampas, a veces), actúan como fogonazos en la oscuridad de la noche y de la memoria. Padre e hijo, por ejemplo, propician la forma de pensar, observar y vivir el mundo por generaciones distintas y en distintos momentos temporales. El primero, desilusionado y reflexivo, de vuelta de todo, en soledad; el segundo, mecido en su ensimismamiento e inocencia, con un mutismo que sólo logra romper lo extraordinario. Y así, sobre la anécdota personal (que desemboca en lo familiar y profesional) se accede a la Historia de España con la tragedia de la guerra civil y su dura posguerra, con sus nuevas libertades y desembarco internacional y, por supuesto, con el devenir cotidiano. Y, a su vera, junto al  emerger de los recuerdos que dan cuerpo a lo personal y a la Historia, un arco iris vital que va desde la euforia  juvenil en Ibiza y una posterior peregrinación por un sinfín de ciudades (Uppsala, Iasi, Aix, Constanza, Bari, Liubliana, Utrecht, Coimbra, Toulousse…), a la soledad sonora en la que se descubre la fugacidad de la vida y limitación del tiempo. “La vida”, así se dice en la novela, siguiendo a  J. Lenon, “es eso que pasa mientras estamos ocupados en pensar qué hacer con la nuestra” (p. 147). Hay más, muchas más cosas en esta historia de historias, transmitida con vena lírica donde la penetración vital camina junto al sensorialismo, el poder de la nostalgia y la  realidad.

Carme Riera. Tiempo de inocencia. Madrid, Alfaguara, 2013, 256 pp.
Julio Llamazares.Las lágrimas de san Lorenzo. Madrid, Alfaguara, 2013, 193 pp.




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