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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Spinoza frente a Rosemberg


Irvin D. Yalom es el autor de una magnífica novela titulada El día que Nietzsche lloró donde ya se fusionaban a la perfección historia y ficción. Este profesor de psiquiatría de la Universidad de Stanford, retirado y dedicado por completo a la investigación y la literatura, tanto en la novela citada como en la que hoy comento, El problema de Spinoza (Destino), sigue al pie de la letra aquella célebre frase de André Gide que señalaba que “la historia no es otra cosa que la ficción que ocurrió”.

Judío americano de ascendencia rusa ha culminado su deseo de escribir una novela sobre el gran filósofo holandés de origen sefardí, Baruch Spinoza. Pero desde el principio de su investigación siempre se topó con la dificultad de encontrar fuentes fiables sobre la vida de este hombre, repudiado y expulsado desde su juventud tanto por la comunidad judía como por la cristiana por sus ideas críticas sobre la Torá y la Biblia. Condenado a un ostracismo social impermeable, apenas si hay datos sobre los que construir el armazón de una novela sobre su persona. Sin embargo, durante sus pesquisas en Holanda, al visitar la casa museo del filósofo en Rinsburg, a nuestro autor le llegaron noticias que en 1941, soldados del Einsatzesitab Reichleiter Rosemberg, un comando creado por el principal ideólogo antisemita del nazismo, Alfred Rosemberg, había saqueado la biblioteca de Spinoza, trasladando a su casa particular de Berlín todos los volúmenes que guardaba.

Yalom, rápidamente, se interesó por la anécdota: ¿por qué el hombre que con sus escritos e ideas había abierto las puertas al holocausto judío podía estar interesado, hasta el punto de llevarse una biblioteca completa, por la obra de otro judío, aunque fuera lo que ahora entendemos por disidente?

Esta curiosidad es la que puso en marcha la novela en la que viajamos primero a principios del siglo XX para encontrarnos con figura juvenil de Rosemberg, que ya preconizaba la superioridad de la raza aria, para luego retroceder hasta la época de Rembrandt y Vermeer, en cuya sociedad, Spinoza sobrevivía como tallador mientras, ocultamente, desarrollaba su pensamiento y su obra.

La alternancia sirve al autor narrativamente para desplegar los recursos del análisis psicológico y la intriga, y hacer de la lectura de la novela un ejercicio apasionante donde las ideas fluyen de forma constante para explicarnos las primeros pasos de un moderno secularismo y racionalismo científico dados por el filósofo hace ya 400 años.

El gran hallazgo de la novela es el hacer conversar a los personajes entre sí a pesar de su diferencia temporal sirviéndose de la figura de un psicoanalista al que visita el nazi, lo que permite que el lector descubra con absoluta claridad las posiciones filosóficas del pensador, sus ideas adelantadas a su tiempo, y su voluntad inquebrantable de ser libre por encima de todo defendiendo a ultranza la conciencia individual.

Una novela estimulante, entretenida, con un ritmo que no decae y que recomiendo sin fisuras.




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