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Errata

Evaristo Aguirre

En el margen

No es lo mismo quedarse al margen que estar en el margen ni que ser un marginado, creo. Quedarse al margen tiene mucho de pasotismo, de desentendimiento; ser un marginal arrastra algo negativo, una muestra quizá de derrota, o al menos de rendición; estar en el margen sería bordear la norma, dar siempre uno o dos pasos más allá, no quedarse nunca en lo fácil, pensar a menudo a contrapelo, mantenerse firme incluso en el error.

A pesar del postureo reinante (no sé si utilizo del todo bien esta palabra nueva que me gusta tanto), no hay tanta gente que esté en el margen, qué va. Y puede ser por ello que cuando te encuentras con alguien que sí ocupa ese espacio que deja la sociedad por ahí, por los lados, la impresión sea tan fuerte.

Eduard Limónov ha estado toda su vida en el margen y allí sigue.


Nació en Ucrania en 1943. Creció en la URSS de Stalin y estuvo en el Moscú de Brézhnev, donde vivió en los círculos de la cultura underground (otro margen como la copa de un pino). Durante unos cuantos años en Nueva York y en París, pasaba de los márgenes de estas ciudades al cogollo cultural-chic de aquellas sociedades, donde empezó a escribir sus, al parecer, poderosas novelas. Volvió a la madre Rusia, odió la Perestroika de Gorbachov y terminó fundando un partido nacional-bolchevique y recibiendo palos de este nuevo Estado democrático que es el ruso. Es un activista molesto, un fulano a quien las estructuras, modelos y definiciones que hemos estado utilizando todos durante el último medio siglo, más o menos, no le sirven porque no se los cree. Combatió en la ex Yugoslavia del lado de los serbios genocidas… No les estoy desvelando nada, porque estos datos aparecen en la solapa del libro Limònov (Anagrama, con traducción de Jaime Zulaika).


El autor es el francés Emmanuel Carrère de quien, si estuviéramos en un episodio de Los Simpson, les diría que “le recordarán de libros anteriores como El adversario o Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos”, una biografía de Philip K. Dick”.

Carrère conoció a Limónov en París y se lo reencontró en Moscú, años después, protestando por el olvido y la ausencia de justicia para las víctimas de aquel asalto al teatro Dubrovka secuestrado por un grupo terrorista y tomado a sangre y fuego por las fuerzas especiales rusas. Y Carrère decidió escribir su biografía, que es esta de la que hablamos hoy aquí.

La materia prima del libro son las novelas del propio Limónov (crudamente autobiográficas) y una serie de encuentros y conversaciones con el personaje, manipulada por la extraordinaria pericia y el gran talento para la literatura de no ficción que tiene Emmanuel Carrère.

La lectura de este libro es arrolladora, fascinante, adictiva; pero la relación con Limónov es agotadora, te mancha, te cabrea, te incomoda, te reconcilia, también, con la capacidad de ser libre y con la fuerza de mantenerse firme. Incluso el autor, en algún momento, confiesa la dificultad o el disgusto de seguir adelante con la narración de esta vida.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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