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Ramón Acín

Viaje al corazón de la aventura y del miedo 


La maldición de la banshee (Alfaguara) y El templo enterrado (Edebé), los dos últimos libros “adulto-juveniles” de José María Latorre (Zaragoza, 1945), proponen un excitante viaje al corazón mismo de la aventura que, a golpe de sucesivas conmociones, deriva del miedo. Como escribió Julio Verne, no hay nada más prodigioso que la atracción del abismo. Y es que el viaje hacia las sombras, físicas o psíquicas, suele tener bastante asiento en la seducción del mal y poseer, cuando menos, la adherencia del deleite y el poder del imán. Y, si a ello, se le une la ambientación adecuada, llena de detalles tan sorprendentes como preñados de un imaginario heredado (cine y literatura), el resultado tiende a ser irrechazable. Además, José María Latorre no sólo conoce a fondo ambos asuntos (aventura y miedo), sino que posee un maravilloso manejo de ellos.

Desde el último tercio del siglo pasado, su pluma e imaginación han estado (están) al servicio de absorbentes incursiones con situaciones límite al cierre. Ya su estreno creador lo dice todo: En 1973-1974 fue guionista de Ficciones un programa televisivo que, con su firma, entre otros maestros de la Literatura Universal, adaptó a J.W. Polidori (El juramento), R. L. Stevenson (El resureccionista), B. Stoker (La condesa Gratz) o A. Dumas (El beso del vampiro). No obstante, desde la década de los años 70 ha llovido mucho y la trayectoria de este aragonés, afincado en Barcelona (revista de cine Dirigido) con más de cincuenta títulos  a sus espaldas, está sembrada de hitos llameantes.  Es decir, de obras siempre bien pertrechadas con el veneno que inocula el goce lector, y dosificadas con una prosa ajustada y de calidad. Como muestra pueden servir sus  Relatos desde la muerte, La noche de Cagliostro y otros relatos de terror, Visita de tinieblas, La ciudad de los muertos… donde emerge diáfana su sabiduría narrativa al usar el tema de la muerte, y que le confirmano como un brillante arquitecto del misterio. Maestro, sobre todo, al edificar atmósferas intensas, opresivas que, continuamente, destilan el pertinente aire denso que, además, hace desfilar a caballo de un fructífero sensorialismo a flor de piel gracias a una prosa plástica, capaz de colarse rauda en la mente del lector.

La fantasía, lo gótico, el terror (teñidos o no de romanticismo) son quicios comunes en la obra de Latorre. Lo  lleva desmostrando desde hace años. Es un maestro del ritmo, del supense, de la angustia psicológica (agobio, escalofrío, pesadilla) y del rigor. Una demostración que tanto La maldición de la banshee como El templo enterrado, sus dos últimas entregas vuelven a confirmar. Narrativamente, Latorre reina como pocos en este tipo de novelas donde thanatos posee el mejor de los lechos imaginados, además de estar acompañados, en su acomodación, con ambientes de asfixia. Y, por tanto, muy lejos del pastiche y de los trampantojos betselleristas  que hoy, sobre el tema, tanto pululan.


Wilfred, un vampiro aristócrata, protagonista último de La maldición de la banshee, permite adentrarnos en este terror, tan típico de Latorre, donde la sangre tiende a fluir como savia de lectura. Alice, la joven contra-protagonista, criada en un orfanato (para más señas huérfana por un bombardeo nazi sobre Inglaterra), será la guía en esta nueva aventura diseñada por Latorre desde el momento en el que la muchacha comienza su trabajo en la claustrofóbica mansión de los Kavanagh, una familia irlandesa, tan antigua como maldita, que no sólo guarda ciertos secretos, a veces innombrables, sino que, en sus paredes, da cobijo a lo inconfesable. El goteo medido del misterio y sus enigmas, servido con suaves tragos en el momento justo, atrapa e invita a seguir los pasos de la narración. Su resultado final: un sorprendente viaje al corazón de lo oculto y del miedo. Un viaje que, por añadidura, se asienta o se acompaña de parajes ocluidos, a la vez que tenebrosos, donde acacecen sucesos y ritos inesperados, adobados con sus pertinentes sobresaltos. Y, al fondo, también la atmósfera neblinosa y ocluida y desolada  de parajes irlandeses.

Unas circunstancias que, igualmente, con parecida perspicacia, también dan cuerpo y adensan El templo enterrado, donde de nuevo el misterio, la sangre, el sensorialismo… se unen a la intriga (Saville, el detective amigo del protagonista, aporta ese punto de corte detectivesco a lo Sherlock Holmes) para que el arqueólogo John Hadley (también protagonista en su anterior novela Los ojos en el espejo), atraido por el hallazgo de las ruinas de un templo del que jamás  se ha tenido noticia alguna, nos introduzca en los abismos de los “no muertos”. Pero antes, más misterio, intriga y turbación con un asesinato, por supuesto muy extraño (rostro desgarrado y cuerpo sin sangre), ocurrido en Mountwich, cerca de Nottingham y al que seguirán otros.  Unos zigzag de la narración que, como en un vaivén creciente, van acercando poco a poco hasta el acantilado del horror que se presiente entre atractivos aspectos arqueológicos y urdidos métodos detectivescos. Aventura y miedo del bueno esta vez en territorio inglés.


Las dos historias parecen responder a una máxima certera de Peter Ackroyd: “El terror es la  piedra angular de todo nuestro arte”. Máxima que Latorre no sólo parece usar como timón básico en sus historias (“artísticas”), sino que, además, llega a evidenciar su importancia colocándola como significativo pórtico en El templo enterrado. Un terror siempre plural en sus manifestaciones, dado que acoge tanto la sorpresa como el estremecimiento, el simple sobresalto y el agobio permanente… Un terror siempre enigmático, pero jamás increíble al asentarse en los vericuetos de lo esóterico a la vez que en los trenzados de la Historia. Y, también, al desenvolverse en unos escenarios muy verosímiles (lejos de verborreicas fantasías tan de moda) gracias a la plasticidad y sensorialismo de una prosa trabajada donde el diálogo ayuda muchísimo. Acierta Latorre en sus propuestas. 

 

José María Latorre. La maldición de la banshee. Alfaguara, Madrid, 2013.
El templo enterrado. Edebé. Barcelona, 2013.




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