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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El regreso de Driver


Cuando hace un año aproximadamente vi Drive en el cine debo reconocer que me dejó pegado a la butaca. Su portentosa puesta en escena y los varios estallidos de violencia conectados por bluetooth a un lirismo desaforado me hicieron buscar inmediatamente su referente literario (algo similar me sucedió con la saga de Dexter) porque intuía que esa fuente tenía que ser algo fuera de la norma. De esa forma me topé con James Sallis, un escritor todo terreno que tan pronto es traductor de poesía francesa, como músico de blues y country; que salta de la ciencia ficción a la novela negra con pasmosa facilidad y en ambas demuestra su maestría; que ha escrito la mejor biografía de Chester Himes y, también, un inmejorable ensayo sobre otro de los grandes, Jim Thompson.

Esta especie de todo terreno literario que es Sallis ha sido capaz, en esta segunda parte titulada El regreso de Driver (RBA), de forzar la máquina hasta el máximo para darnos ciento cincuenta páginas que son una explosión de genio, de simbiosis literaria, y eso sin apartarse un ápice de los parámetros que rigen en la novela negra.

Han pasado seis años y Driver lleva más o menos una vida normal, tiene un taller de coches y está enamorado de Elsa el pilar en el que basa su nueva vida; pero los fantasmas del pasado no perdonan y por mucho que te escondas acaban siempre encontrándote para cobrar su deuda. Elsa es asesinada y Driver pone de nuevo en marcha su mecanismo de venganza.

Más sombría que la primera entrega, la novela se envuelve en un halo de violencia estilizada para mostrar la desolación que ha acampado en el interior de Driver. Su vida, tras el paréntesis, será de nuevo una constante huida, un esconderse y despistarse en las orillas de las carreteras ocultándose tras falsas identidades y proveyendo falsas pistas, todo ello con el único propósito de cumplir con lo que cree es su misión y fracasar finalmente en algo que también le obsesiona: la búsqueda de sus raíces.

El estilo quintaesenciado de Sallis hace que lo difícil parezca fácil; su prosa sencilla y clara pone a la misma altura el Ford Fairlane tuneado de su protagonista que las citas de Nietzsche, o la lucha dialéctica entre determinismo y el libre albedrio que el lenguaje de las pistolas. Todo ello servido con un atrayente sentido del ritmo y una sabia utilización de las elipsis. Nada chirría y todo fluye hacia la catarsis. Asi que si encontráis el muscle car de Driver en cualquier librería, subiros a él sin dudarlo un momento. No lo lamentareis. Al contrario.




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