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Viajar al óleo

Armando Cerra

Siempre volviendo a Granada

A cada uno nos inspiran cosas diferentes. Un sitio, un objeto, una música. Sin embargo, hay ciertos lugares cuya personalidad motivan a cualquiera. No creo que sean muchos los rincones del planeta que gocen de semejante privilegio. Nosotros contamos en España con uno de ellos: Granada. Toda la ciudad posee esa capacidad para la evocación, pero especialmente el fastuoso palacio de La Alhambra y sus siempre floridos jardines de El Generalife.

Cualquier día del año pasan por ahí cientos y miles de personas. Turistas, cada cual con sus ocupaciones y preocupaciones, pero mientras contemplan el patio de los Arrayanes o ven desde el Albaicín la silueta del palacio recortada sobre el blanco de Sierra Nevada, a todos les llega un puntillo creativo a la mente.


“Desde el Albaicín”, de Mónica Grimal

Si eso nos pasa hasta a las personas menos ingeniosas, habrá que imaginarse como fluyen metáforas, imágenes y sonidos en las mentes más artísticas. A lo largo del tiempo, Granada ha sido el destino ideal para la inspiración de literatos, pintores o músicos.

Basta recordar que Hemingway dijo que si solo hubiera que visitar un lugar de España ese sería Granada, y eso lo dijo alguien capaz de viajar y beber en casi cualquier rincón del globo. También Alejandro Dumas, Antonio Gala o Amin Maalouf se inspiraron en Granada. Y por supuesto, García Lorca, granadino universal, cantó a su ciudad natal con bellos versos.

Aunque para cantar a la ciudad, otros dos músicos lo han hecho por escenarios de medio mundo, el inclasificable Enrique Morente y el ilustre rockero Miguel Ríos, ambos constantes embajadores de su Granada de nacimiento.

Y en lo referente a la pintura, la nómina de artistas cautivados por el embrujo nazarí es extensa. Algunos de ellos fueron Sorolla, Rusiñol, Matisse, Delacroix o el norteamericano John Singer Sargent. Todos ellos han protagonizado este viaje al óleo mensual. Y ahora es el turno para el pintor inglés romántico John Frederick Lewis, quien a mediados del siglo XIX abandonó su lluviosa Inglaterra y se embarcó en un viaje de años por todo el Mediterráneo, desde Marruecos hasta El Cairo, pasando por Italia o la por entonces Constantinopla.


“La Alhambra”, de John Frederick Lewis

Durante ese periplo, entre 1832 y 1834 residió en España, y tras pasar por Madrid y Toledo, recaló en Granada, y allí La Alhambra se convirtió durante meses en el modelo para sus pinturas, como paisaje y como ambientación para fantasiosas composiciones orientalistas. En  los pórticos arqueados, las fuentes o los patios de La Alhambra pintó odaliscas y hombres vistiendo chilabas y turbante. Al igual que un siglo después haría el neoyorquino Washington Irving en sus Cuentos de La Alhambra.

Y es que es imposible pasear ante las yeserías, las caligrafías de piedra, las arcadas o los jardines de palacio y no embobarse en un mundo de ensueño, donde la imaginación y los placeres dominan el mundo. Y es que como dijo Machado, “todas las ciudades tienen su encanto, pero Granada tiene el suyo y el de todas las demás”.

Visita la web del autor:
www.maletadevuelta.blogspot.com




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