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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Efectos secundarios


Steven Soderbergh es un hábil director con alma de productor capaz de lo mejor y lo peor, pero que al menos, siempre intenta, sorprendernos. Autor de películas tan personales como Sexo, mentiras y cintas de video, Bubble o El buen alemán, también nos ha obsequiado con productos para la taquilla arropados por lujosos repartos y cuidada producción pero de escaso calado como Traffic o Contagio.
Sin embargo, este singular francotirador, que se mueve de continúo entre el cine independiente y el cine de masas, parece no atreverse a llevar hasta sus últimas consecuencias sus incómodas fábulas sobre la vida y la sociedad estadounidenses.

En este terreno se sitúa Efectos secundarios, que a pesar de sus defectos y de su imposible parte final, nos devuelve a un director audaz y con talento y nos regala además dos grandes interpretaciones: la de Jude Law como un doctor y empresario en aprietos, y la de Rooney Mara como una joven depresiva cuyo marido acaba de salir de la cárcel. Los peores de la función, como era de esperar, Channing Tatum y Catherine Zeta-Jones.

La construcción de los espacios fílmicos es más que notable, pero el guión, astuto en sus puntos de giro, con un importante puyazo a las empresas de psicofármacos, se ve lastrado en su parte final por un drama de calado social y suspense convertido en una inverosímil “conspiración de lesbianas”, algo que no sabemos si se debe al miedo a llegar al fondo del asunto o a la tendencia al sensacionalismo del autor de la efectista Magick Mike, sobre el mundo del strep-stepase masculino.

La crítica a la alta clase médica y empresarial que juega con los enfermos como cobayas está servida pero Sodenbergh, a pesar de la buena escritura de Scott Z. Burns, acaba estropeando su brillante propuesta (fotografiada con sumo cuidado por él mismo) en una intriga imposible con uno de esos finales que “quieren explicarlo todo” pero que en realidad sólo consiguen echar a perder la confianza depositada por el espectador en la historia y los personajes.

En definitiva, una historia de manipuladores manipulados, ágilmente contada que, tras una brillante primera parte y una hábil concepción de las relaciones entre los personajes y los escenarios en que se mueven, acaba volviéndose un thriller de segunda. Tal vez Soderbergh ha querido convencer a todos pero se ha quedado corto… y se ha pasado de largo.

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