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El secreto de la invención

Daniel Tubau

El matemático más listo y más tonto del mundo

danieltubau@gmail.com

He hablado recientemente del uso de los test de inteligencia creados por Alfred Binet con propósitos discriminatorios (El himno de batalla de la madre tigre), lo que iba en contra de las opiniones del propio Binet, puesto que él los empleaba con una intención contraria: no discriminar, sino ayudar a los que obtenían peores resultados (La inteligencia contra los test de inteligencia).

En cuanto a la fiabilidad de las diversas pruebas para medir la inteligencia, ha sido cuestionada muchas veces y, década tras década, vamos descubriendo que aquello que se definió como inteligencia por nuestros padres o abuelos ahora ya no nos lo parece tanto, porque hemos perdido algunas habilidades que no nos resultan tan útiles como antaño o que pueden ser llevadas a cabo por máquinas (digamos, realizar complejos cálculos), mientras que hemos adquirido otras que entonces no parecían tener mucho sentido (digamos, atender al mismo tiempo a varios relatos multilineales e hipertextuales que transcurren en varios soportes o pantallas a la vez).

Sin duda, no siempre hemos ganado con el cambio y a menudo recuperar una antigua habilidad puede ayudarnos a afrontar mejor la realidad presente, por ejemplo, la capacidad de desconectarnos de todos nuestros aparatos y poder entonces aburrirnos un poco, algo que a menudo es el detonante para la invención.

Durante mi reciente viaje a Cuba, tuve la oportunidad de desconectarme durante un mes de todo mi aparataje tecnológico, de amputarme varias extensiones del cuerpo (como diría McLuhan: los medios de comunicaciones son extensiones del ser humano), debido a la lentísima conexión a Internet, que disuadía de emprender cualquier tarea que fuese más allá de enviar un correo electrónico; la desconexión de mis contactos telefónicos habituales y la carencia de otros estímulos procedentes de medios fríos (de nuevo a McLuhan) como la televisión, que al limitarse allí a dos o tres canales y una casi inexistente divergencia de opiniones los hacía poco atrayentes una vez pasados tres o cuatro días y disipada la novedad de un discurso tan diferente al de las televisiones españolas (que tampoco veo desde hace años, aunque por diferentes motivos), pero tan unánime.


Mirando mis extensiones premacluhianas en Cuba.

Así que, en las largas horas sin el masaje y el mensaje de los medios de comunicación de masas, tuve que dedicarme a buscar otros estímulos. Uno de ellos fue la comunicación directa con mis semejantes, algo que nunca he practicado en exceso; pero mi estímulo fundamental consistió en disfrutar intensamente del que considero uno de los mayores placeres: la soledad. Porque, aunque antes he dicho que creo que el aburrimiento es a menudo la chispa de la invención, la verdad es que yo me aburro poco, muy poco, y cuando me aburro es en compañía pero nunca cuando estoy solo, sin duda porque tengo muchas cuestiones pendientes a las que puedo recurrir cuando faltan los otros estímulos habituales.


Lugar ideal para pasar el rato solo.

Allí, en la deliciosa Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, aparte de preparar las clases del intensísimo curso de casi seis horas diarias para mis tres alumnos, Stefanie de Perú, Adrián de España y Juan David de Colombia (parecen nombres de tres filósofos, como Heráclito de Éfeso o Demócrito de Abdera), me quedaban horas para deambular por estancias poco visitadas de mi cerebro y recuperar algunas viejas ideas.


Juan David y Stefanie desde mi ventana.

En una de esas estancias encontré la segunda parte de mi libro Recuerdos de la era analógica y escribí diez nuevos cuentos, que ahora esperan otros huecos en el tiempo para adquirir su forma definitiva. En espera de que llegue ese momento, debo ahora terminar este artículo de El secreto de la invención regresando al asunto que estaba tratando (¡de qué curiosa manera mi mente revoloteadora, como diría Ted Nelson, se ha desviado del asunto!) y explicar por qué lo he titulado “El matemático más listo y más tonto del mundo”. La razón es que quería contar una anécdota relacionada con Henri Poincaré, considerado quizá el mayor matemático del siglo XIX y casi del XX, el hombre que estuvo a punto de descubrir la teoría de la relatividad (pero que se asustó ante sus consecuencias), el pionero en los estudios acerca de la creatividad. Este hombre prodigioso se sometió en una ocasión a los test de inteligencia de su compatriota Alfred Binet y obtuvo 35 puntos resultado definido entonces como “imbécil”.


El mismísimo Poincaré.

Por cierto, el propio Poincaré admitía que era incapaz de hacer sumas sencillísimas sin cometer errores, lo que quizá es una buena demostración de que no hay que obsesionarse por el cálculo manual y que podemos dejar esa tarea, al menos en gran parte, en manos de nuestras máquinas, que hoy en día obtendrían resultados altísimos en muchas de las primeras pruebas de los test de inteligencia.


Paisaje en la Escuela de Cine.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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