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Próxima parada: literatura

Ramón Acín

Viaje a las ciénagas

Del sexo, del erotismo, del amor y de la vida



El escritor Víctor Dilan, cincuentón agraciado con “el luminoso regalo”, es un adicto al sexo que, como los arquetipos de don juan o casanova, se vuelve loco ante las mujeres (rubias, porque su madre fue rubia). A su lado, Ester, mucho más joven y libre, entusiasmada con su ninfomanía que, aunque suele destrozar a cuantos se cruzan en su camino, ansía una y otra vez casarse y tener prole (Ester, por supuesto, es rubia). El Gran Canalla y la Bruja Rubia o la Gran Meretriz enfrentados al desnudo, como simple cimiento sobre el que Manuel Vilas edifica El luminoso regalo. Sin embargo, detrás de la machacona (además de sórdida, asfixiante…) presencia del sexo, late una insistente búsqueda de lo esencial. Esta búsqueda de la esencia a través del sexo y de sus otros añadidos (sea el erotismo o sea el ordenado y cotidiano cordón umbilical que, socialmente, supone el amor) lleva, finalmente, a hurgar en la conciencia del ser humano. Y con ello, un vaivén permanente: de la apariencia a la realidad, de lo visible a lo invisble, de la objetividad a los actos internos. Por si fuera poco, junto a estos dos personajes, saltando por las páginas, la presencia, muy al fondo, de dos siquiatras: Cristobal Matthews, el Negro, personificación del mal, y Dulce María Marco, la suicida. Sin olvidar tampoco el aliento de Elena, la esposa de Dilan, reposo del guerrero y asidero. O María, la hija, agraciada también con “el luminoso regalo”. Y, por supuesto, la presencia (esporádica y puntual), de mujeres y más mujeres con las que hacer el amor, con las que llevar el coito hasta las últimas consecuencias. Es decir, una camada de personajes abyectos, depravados e infames con los que indagar el mal y, por supuesto, con los que ahondar en las raíces sexuales, eje y aliento de la vida. 

Sin embargo, no debe extrañar que todo el esfuerzo del autor esté ocupado en esa presencia arrebatadora, salvaje, extrema, radical del sexo y sin amarras de ningún tipo, porque permite una observación a fondo del ser humano (Vilas obliga a escudriñar ante lo que cuenta, a que el lector sea un auténtico mirón. Pero no un mirón cualquiera, sino, un mirón que debe tender a la reflexión). Observación que se dirige a una necesidad última: explicarse a sí mismo, comprenderse. De ahí que el piscoanálisis aflore por todos los poros de la novela. El hombre, la vida, sus circunstancias (sobre todo interiores) son extraídas, sacadas a la luz y, finalmente, expuestas mediante el alimento sexual (erotismo, amor y demás) para propiciar permanentes paseos por el individuo y la sociedad. Paseos externos, pero, en especial, internos, porque son accesos diáfanos al fin y esencia últimos, esos que, además, pueden explicar los límites que coartan o impiden la felicidad y las quimeras que continuamente ansiamos. Y de este Apocalipsis resultantee o de esta destrucción surge luminosa la esencia del manantial de la vida que Vilas propone (y busca). Esencia, en lo posible, especialmente focalizada en el interior de las personas.

Frente a la apariencia de lo cotidiano, de lo ordenado o de lo aceptado, esta novela obliga a un descenso hacia lo oculto, hacia lo considerado como anormal. Obliga a dejar de lado el celofán que recubre la vida ordenada, cotidiana y asumida (“La forma social del amor, casarse, reproducirse, sin embargo, acaba siendo lo único real para la mayoría de la gente”, se dice en las primeras páginas) para llegar al fondo último de la verdad. Por eso, una pregunta clave “¿Qué sabemos del interior de nuestros actos?” En buena medida, El luminoso regalo encamina la lectura hacia una propuesta qu no dejará indiferente. Sobre todo, porque es una propuesta de lectura alejadísima de la inercia que caracteriza a los divertimentos narrativos que hoy se destinan a la vacua función de llenar los huecos de nuestro ocio.


El luminoso regalo, digámoslo ya, no es una novela erótica, aunque lo parezca, sino una novela metafísica. Está llena de reflexiones. Reflexiones que se centran más en el interior frente al fácil reflejo de lo exterior, pues todo cuanto es importante en la novela acaece en la mente de los protagonistas (mejor en la del protagonista que relata). De ahí, que los sucesos “reales” posean menos fuerza que los sucesos pensados, soñados, imaginados. Prepárese el lector para un buceo continuo en la mente de personajes destinados a la confrontación permanente mientras persiguen (y practican) el sexo y el amor (muchísimo menos), ambos elementos de fusión por excelencia. Y, a la vera de ellos, por supuesto, el río de la maldad. Porque El luminoso regalo, junto al amor y a la vida, trata del mal. Con la duda habitando en todo ello. ¿Qué sabemos del amor y qué sabemos de la vida? Manuel Vilas intenta encender una luz entre la lluvía de interrogantes, tras las incertidumbres (y bastantes cosas más, por supuesto). Quien se acerque a El luminoso regalo descenderá al infierno de la duda, perdiendo pie a cada página, e, incluso, podrá caer en el pozo oscuro de la zozobra, de la inseguridad, cuando compruebe que la verdad única no existe. O cuando vea cuán falso es e aserto de que el estatuto de la realidad es algo unívoco, además de concreto. En El luminoso regalo todo acaba siendo mucho más complejo de lo que, en principio, la apariencia, con sus destellos, parece dictar tras el lameteo erótico. Y Vilas se encarga de recordarlo en cada página, en cada fragmento de vida retratado. Pero Vilas todavíaofrece más sorpresas en la novela. En ella hay abundantes reflexiones y homenajes literarios (Brönte, Cervantes, Bolaño, Justine de Sade, mito de Don Juan...), hay música (Dylan, tan presente, y sólo no por sobrevolar, como fondo, los coitos de Víctor), hay filosofía (Bataille, Lacán…), hay cine (Kubrick: 2001, una odisea en el espacio, importantísmo en la obra y en su clarificador final), hay metaliteratura, algo de autoficción…, acompañando a la permanente indagación de la vida, al múltiple y oculto enigma de la vida. La lectura nos lleva de sorpresa en sorpresa, con la duda a cuestas.


Por eso, una advertencia, aunque se llame novela, no le cuadra el nombre. Desde Z, siguiendo con Magia, España, Aire nuestro o Los inmortales, las anteriores obras, Manuel Vilas ha sucedido lo mismo. ¿Podemos decir que son novelas? El luminoso regalo ¿responde a este género tal como anuncia la editorial? Como mínimo, una novela para serlo, siguiendo esquemas tradicionales, debería ajustarse a la típica triada de planteamiento, nudo y desenlace. Y, aunque, hasta el momento, de entre todas las creaciones aportadas por el autor, El luminoso regalo es la que más se acerca al prototipo, otra vez acaba escapando del modelo tradicional como gato escaldado. Y es que Vilas, desde Z, no ha hecho sino ahondar en una misma y particular finalidad (eso sí, con maestría) en la que, a pesar de tener presentes tales esquemas, no responde (o no del todo) a sus maneras. Aparentemente puede atenerse a ellas (nada de asentarse en ellas), porque de algún modo está obligado a envolver sus productos literarios, pero lo suyo tiene mucho más de huida, de ruptura, de avance, de investigación… y poco, poquísimo, de seguimiento tradicional del género. Vilas es, siempre, escritura en continua y plena libertad. Es acumulación de vida, en todas las direcciones. Porque a Vilas le interesa más indagar en lo esencial antes que en otros aspectos que suelen acompañar a la materia literaria. Y lo esencial es la condicón humana. Pocos como él son tan ajeno a los corsés y a moldeamientos génericos (y a sus cuarteamientos). De ahí que debe ensalzarse, por ejemplo, sus planteamientos como aciertos. Un ejemplo: escapa de lo transitado (ese dejar de lado la concatenación temporal y causal de los sucesos) para atender e internarse en lo fragmentario. Lo fragmentario que, pese a su carácter puntual, es vida y, además, en la suma, acaba en conjunto de vida. O, también, cuando desatiende el mundo exterior para navegar a fondo, de forma tan reiterada como machacona, por la sinuosidad de lo psicológico y del mundo interior que, tan a las claras y desde dentro, muestran sus personajes. Un acierto plural en el que, además, pese a tales desatenciones, nunca deja de latir y de existir un perfecto entramado, y, también, de mostrar una maquinaria, muy engrasada, que levanta los edificios narrativos de Vilas con solidez. Los fragmentos de historias o las historias fragmentadas aportados como quicio narrativo, al lado de reflexiones y demás elementos, al final siempre acaban otorgando firme coherencia a volúmenes compactos que, por si fuera poco, aparecen cosidos, en su justa medida, con otras ricas aportaciones, derivadas de maridajes logrados donde, dependiendo de la novela, abundan el humor, la parodia o, incluso, por el contrario, la seriedad.

En El luminoso regalo interesa el hecho de contar (preocupaciones y no simples anécdotas narrativas), ahondar en la materia profunda de lo que se cuenta. Y no interesa tanto la atención a lo literario, al esquema, a lo volátil de las palabras. Un ahondamiento que tiende a recalar en la repetición, en el exceso y en la hipérbole para que, así, la(s) idea(s) se fije(n) con la fuerza propia del hormigón armado. Hay críticos que no reparan en esta función, pero ahí está, presionando y dando sentido alas creaciones de Vilas. En El luminoso regalo el eje básico de esa(s) idea(s) preocupantes, ya se ha dicho, recala en el sexo (y sus varias adherencias), la fuerza más vital del ser humano, capaz de soldar la multiplicidad de fragmentos de la vida y de dibujar el entorno donde ésta última se desenvuelve (como la idea de la inmortalidad soldó las historias de Los inmortales). El sexo es clave y medular en la especie humana. Y es, por supuesto, el gran dragón que, domesticado o no, siempre acaba armándola. La novela hurga en esa esencia capital, dormida o no, porque así, ahonda en el ser humano o, mejor, en la condición humana, evitando las gangas que recubren su esencia. Por ello, está tan presente la distorsión, la exageración, la hipérbole, la deformación —Valle Inclán al fondo, como también Umbral en el uso de la frase corta con cierta esencia poética—. Y por ello, también, la extrema, cansina y agotadora repetición que, sin embargo, ayuda perfectamente a centrar el foco, a observar todo cuanto de interés (a la hora de observar/narrar) tiende a salirse por la tangente.

Manuel Vilas. El luminoso regalo. Madrid, Alfaguara, 2013. 384 pp.




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