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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los estratos


Si con Zumbido el colombiano Juan Cárdenas situó su listón narrativo en una altura literaria estilísticamente llena de recursos y hallazgos, entre ellos –y no el menor– el de poseer una voz propia y reconocible en el enorme maizal de la literatura sudamericana, su nueva novela Los estratos (Periférica) viene a revalidar su capacidad para, en una aparente linealidad del relato, meter distintas voces, distintos tiempos, distintas historias, ideas e imágenes que se sedimentan en capas y capas superpuestas que nos permiten diferenciar los estratos –de ahí el título–de una sociedad (¿la colombiana?) con sus diferencias y desigualdades crónicas. Aunque me apresuro a decir que el autor da pocas pistas, o casi ninguna, del lugar exacto donde se desarrolla la acción, tan solo, a través de ciertos giros del lenguaje sabemos que estamos en algún país sudamericano. De esta manera deslocaliza la historia y la más hace universal.

Los estratos se sirve de un representante de la clase acomodada, que preside una empresa que ha empezado a sentir los primeros síntomas de una quiebra técnica ante la pasividad de él mismo y del Consejo de Administración que preside, en tanto que hijo del fundador, para horadar en esas metafóricas capas geológicas de la sociedad del país. Está sumido en una especie de nausea sartriana aunque, a decir verdad, para llegar a esa condición a nuestro protagonista le faltaría un espíritu mas nihilista y sentirse más abrumado por el sin sentido de su existencia; lo que nuestro narrador siente realmente es más bien una insatisfacción vital proveniente del ser consciente de su propia mediocridad y de la del mundo que lo rodea; y que termina convirtiéndose en una especie de diapasón moral que va captando, desapasionadamente, las ondas y sonidos de su propia crisis de identidad y la de su entorno. Una voz permeable que atraviesa verticalmente todos los estratos y consigue una concordancia de conceptos y símbolos, de tiempos y lugares distintos, de voces diferentes, en un incesante juego musical que intenta sacar a la luz los rastros de las prácticas sociales que han llevado al personaje a su presente.

Deambulando por la ciudad, por su barrios centrales, o por su periferia y suburbios, va tomando conciencia que todo lo que él consideraba inamovible es tornadizo y que los estratos sociales se mueven geosinclinalmente invadiendo los unos el terreno de los otros y destruyéndose mutuamente.

Juan Cárdenas huye tanto de los tremendismos apocalípticos como de las realidades distorsionadas por la magia tan presentes en la literatura sudamericana de las últimas décadas. La suya es una voz propia, ya lo he dicho, que transmite con escritura radical y hermosa el pavor de la historia y de las relaciones del individuo con ella y su entorno.




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