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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Animals


Animals, el debut en el largo de Marçal Forest, es una película extraña y sobre la que es difícil escribir. Un cuento algo surreal acerca de la transición a la madurez que es también es una fábula incómoda sobre la frontera entre la individualidad y la comunidad (representada aquí por un mortecino colegio inglés) y sobre la identidad sexual de un adolescente, cuya única compañía verdadera es un “osito de peluche” parlante. Sobra un poco la desdibujada amiga del protagonista que se limita a observar, con mezcla de fidelidad y extrañeza, cómo éste se distancia de su hermano mayor convertido en mosso d´esquadra y se enamora de un nuevo y misterioso compañero de instituto.

Animals está narrada con mucha delicadeza, aunque también con muchas licencias poéticas que hacen que el público crea estar asistiendo a algo demasiado pretencioso y sin mucho fundamento. No obstante, hay en la mirada lánguida de su protagonista masculino una extraña belleza prolongada por la extraordinaria fotografía de Eduard Grau, algo que la acerca más al universo irreal de Eva de Kike Maillo o al cine de Villaronga que a una versión gay de el Donnie Darko de Richard Kelly, como han sugerido algunos. Los diálogos son inteligentes y las imágenes cuidadas, pero el filme se dispersa un poco en sus motivos temáticos y visuales como si quisiera llegar más lejos y, al igual que su espigado protagonista, no supiera bien como salir de su depresivo, lánguido y algo plúmbeo ensimismamiento.

Si el protagonista de Animals tiene o no realmente “un amigo imaginario” (nada menos que un osito de peluche respondón) acaba siendo lo de menos ya que se nos está relatando algo más inquietante: las heridas de la adolescencia que duran toda la vida, el renacer y la muerte del amor fraternal y el descubrimiento de que el medio en el que uno vive no es ni tan hostil ni tan prometedor como podría ser.

Hay muchos temas en el tintero, muchas subtramas algo traídas por los pelos, pero lo verdaderamente cautivador de Animals es su falta de complejos para hacer a sus personajes patéticos sin reírse de ellos y para observar con distancia casi cruel la vida escolar de élite con sus largos pasillos, la fiereza de los roles asignados y sus pequeñas o grandes rencillas entre amigos, amigas y compañeros. Espléndidos los dos breves encuentros amorosos entre ambos jóvenes y la personalidad de un osito que ya se ha hecho un hueco en la extraña historia del cine español rodado en catalán e inglés.

Mi osito y yo




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