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Errata

Evaristo Aguirre

La niña y el cineasta

No sé cuánto habrá de añadido o de recreación para que Un año ajetreado se presente como novela, pues se trata de los recuerdos, entre el verano de 1966 y el otoño del 67, de una por aquel entonces jovencísima Anne Wiazemsky que un día, tras haberse iniciado en el mundo del cine de la mano de Robert Besson, escribe una carta a otro cineasta, Jean-Luc Godard, en la que le declara su amor. Terminan casándose, al final de este año ajetreado, y lo estarán hasta 1979.

Es, claro, una historia de amor, con todo lo estupendo, lo molesto, lo alegre y lo idiota que hay en estas cosas. Aquí, una chica de 17 años rendida ante un treintañero, que ya es una figura relevante de la cultura francesa, a su vez coladito por ella. Una mujer que descubre a un tiempo la vida en pareja y asuntos más de su edad como la universidad.


En las primeras páginas, no me estaba gustando mucho la idea de lo que creía que me esperaba, pero en lo que fue apareciendo a medida que avanzaba se impuso la sólida narración de unos muy interesantes hechos y la historia me convenció.

Como en toda historia de amor, sobre todo en sus inicios, los implicados hacen un poco de todo, en especial el bobo; aquí el más bobo, al menos así lo he visto yo (porque a ella, por la edad, sobre todo, se le perdona más), es Godard, un cineasta notable (si echamos un vistazo a su filmografía nos vienen a la mente a casi todos algunos memorables momentos vividos frente a una pantalla) que en lo personal es caprichoso, celoso, enfadica. “Que no tienes edad para hacer eso, Jean-Luc”, piensas en no pocas ocasiones mientras lees Un año ajetreado.

Pero este libro es también una imagen de un momento de la historia de Francia, puede ser incluso la explicación del movimiento de algunas fuerzas de la política y de la cultura francesas de aquellos años sesenta, representadas aquí en la aparentemente frágil figura de la joven Anne. Hija de un diplomático de origen ruso y nieta del escritor católico, mandarín del gaullismo, François Mauriac, nuestra protagonista pertenece a la alta burguesía parisina, esa tan envidiada en aquella época desde rincones más oscurecidos de Europa, como España, por ser culta y civilizada y eso. Anne es, además, un producto típicamente sesentero de su ciudad, un París imbuido en la cultura pop que rivalizaba, con sus propias armas, con el Swinging London del otro lado del Canal (se habla mucho de minivestidos, por ejemplo). Y por allí cruza otra fuerza, la de los creadores de la Nouvelle Vague cinematográfica, vanguardistas artísticos y radicales comprometidos políticamente; son casi lo opuesto al abuelo Mauriac. Y está la nueva universidad, Nanterre, semillero de las cercanas revueltas del 68. La convivencia entre mundos más convencionales y las nuevas mentalidades (allí está la visita a la casa de campo de la actriz Jeanne Moreau) es otro de los elementos presentes.



Lo arriba enumerado son piezas del tablero de aquellos años cuyos movimientos y combinaciones, uniones y alejamientos conforman una parte representativa de la historia de Francia. Una historia de amor, por espontánea y libre que sea, puede simbolizar muchas cosas.

Un año ajetreado, de Anne Wiazemsky, está publicado por Anagrama, con la traducción de Javier Albiñana.

eaguirre@divertinajes.com

@EvaristoAguirre




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