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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Hitchcock


Hitchcock, de Sacha Gervasi, no es, en absoluto, una mala película, pero sí un filme mentiroso.

Como Capote se basa en un libro que incontestablemente nos cuenta la vida y algunas miserias de un personaje público. El problema es que las biografías, como los biopics, también son fruto de la subjetividad del que las hace, e invitan al público a que dé por sentado cosas cuando menos discutibles. Y ahí está el gran fallo de la película: en que el tour de force interpretativo de Anthony Hopkins es una maravilla de histrionismo y caracterización, pero no transmite la personalidad auténtica —tímida y llena de complejos— del realizador.

Hitchcock narra no solo el matrimonio del director inglés, casado con la también guionista Alma Reville (magnifica Helen Mirren), sino también cómo, tras Con la muerte en los talones, se decide a hacer una película pequeña, modesta (en línea con sus programas de televisión de los cincuenta), para asustar al público que, inesperadamente, resulta ser el mayor éxito comercial de su carrera, la ya mítica Psicosis.

El filme se ve sin desagrado, Gervasi narra con agilidad, ironía y desenvoltura al igual que compone bien los planos; Danny Elfman demuestra que puede imitar con cierto talento los acordes de Bernard Hermann, y la fotografía no es absoluto descuidada. No obstante, Hitchcock como Capote de Bennet Miller, pretende vendernos un personaje hueco en un momento de “crisis creativa” en la que su egolatría y su atrevimiento chocan con los de los grandes estudios y con su vida personal y afectiva. Más concretamente con su matrimonio con Reville, una convivencia en la que ella queda siempre en un segundo plano, llegando incluso a no aparecer muchas veces en los títulos de crédito.

Contiene ideas muy hermosas, por ejemplo, ese momento que insinúa cómo al cineasta se le ocurrió la idea de Norman Bates espiando a través de un agujero en la pared a Marion en la ducha, o los problemas con la censura y las eternas rencillas detrás de la cámara. Lamentablemente, también hay momentos poco convincentes en los que se menciona con cierta frivolidad a celebridades para dar impresión de realismo, o en los que se apunta una personalidad caótica en alguien que debía planificar sus trabajos al milímetro.

De todas formas, la película de Gervasi se ve como una ficción digna, bien contada y mejor interpretada, en la que se muestra con cierta insistencia, pero sin caer nunca en la vulgaridad, la consabida afición y adicción del genio hacia las “rubias gélidas”, y su misantropía galopante. Puestos a especular, se especula con la homosexualidad de Anthony Perkins, pero la retrata sin ninguna gracia o veracidad, cayendo en el tópico, al igual que sin gracia está retratada la época a pesar de la fiel reconstrucción de los escenarios y de una industria guiada por las mentalidades de los productores antes que por la de los autores.

El problema de Hitchcock es que, a pesar de estar hecha con enorme solvencia y solidez expositiva, no hay ningún suspense y pocas sorpresas, algo que, sin duda, hubiera disgustado al propio realizador de Psicosis.

¿Miedo? ¿Quién dijo miedo?




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