Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (o Argo, la peli progre que asusta a los cristianos)


Febrero es un mes propicio a la paradoja en el mundillo cinematográfico porque la obligación de interpretar los premios gremiales (Oscar, Goya, BAFTA…) recae precisamente en unas gentes que cuando adolescentes se pirraban por ellos. Y que, consecuentemente, ahora los denuncian como diabólicos instrumentos del Consorcio Sorbesesos Multinacional.

En general, en mi casa somos muy pro-Oscar y pro-Goya, o sea, que estamos muy a favor de estos premios por su carácter democrático. Votan casi todos, muchos, de los trabajadores del sector. En cambio, no prestamos mucha atención a los premios que entregan los grandes festivales, que descansan sobre los principios rectores del despotismo ilustrado y que a menudo son sólo nepotismo iluminado. Lo sé, la democracia representativa está en crisis, vale. Es cierto que las masas de votantes son en cierta medida manipuladas, claro. Pero mucho más, media docena de elegidos a los que se agasaja durante doce días en una ciudad de la Costa Azul. Sigo prefiriendo que haya un parlamento a que me gobierne el señor Godoy por sus reales gónadas. Y en los premios de cine, lo mismo: mejor miles de votos anónimos y secretos que el capricho de un consejo de sabios pactado ante las viandas.

1. Democracia y conspiración (De Hollywood y Ockham)


Muchos dicen que los Oscar son los premios de la industria, dando a entender que responden a los intereses de los grandes estudios. Pero no votan los ejecutivos de Universal, Fox, Warner, MGM, Disney y Paramount, sino los empleados del sector. Pretender que una cosa y otra son lo mismo es como insinuar que el comité de empresa de la Citroën de Vigo piensa igual que el CEO de la compañía. A efectos de la analogía, los Oscar, como los Goya, los votan las UGT, CC OO y USO del sector, si me toleran la licencia. Dar a entender otra cosa es distorsionar la verdad. Con intención o sin ella.

Bueno, el caso es que estos días hemos leído por doquier diagnósticos ideológicos sobre premios y películas. Es una costumbre muy extendida en un sector de la crítica cinematográfica no precisamente minoritario. Como soy muy poco de señalar con el dedo, en los sucesivos seis capítulos no voy a dar nombres, aunque citaré algunos textos. También, porque no me interesa tanto el quién como el qué. No se pretende incriminar a tahúres, sino prevenirlos a ustedes de que las cartas están marcadas. Hay críticas enteras dedicadas a defender una película con el solo argumento de que se trata de una cinta comprometida. Es decir, salen pobres. O ricos muy jodidos. Y aun abundan más los artículos cuyo cometido exclusivo es probar la perfidia (o sea el derechismo) de una película en apariencia inofensiva. Un amigo muy listo que tengo dice que lo que le ocurre a la crítica es culpa de la avería que arrastra la generación del 68, pero no sé si lo dice por la influencia filosófica del relativismo cultural ese, o se refiere a los niños bien franceses que tuvieron una tarde tonta y luego se les pasó enseguida, al calor del veraneo en —“caramba, qué coincidencia”— la Costa Azul.


Hace años ya que superé esa sensación tan adolescente de que detrás de todas las cosas hay un “algo más”, un “qué sé yo” y más aún, “una conspiración”, “una manipulación burda”. Esa debilidad intelectual en mi caso coincidió con el convencimiento de que había extraterrestres en el Área 51 y desapareció con la mayoría de edad. Por cierto, ¿se han fijado en este oxímoron tan divertido?: “Manipulación burda”. Si es lo segundo, cómo puede ser lo primero. Digo yo. Perdón, que me distraigo. Quiero decir que no es que no haya, en ocasiones, intenciones ocultas y tal, pero la mayoría de las veces sólo es una suposición generosa sobre la inteligencia de los actuantes. Es impopular e incluso decepcionante, pero en la práctica totalidad de los casos, las cosas son lo que parecen. El prestigio de lo latente frente a lo patente es una manifestación más de la tendencia del intelecto al oscurantismo, uno más de los mecanismos mentales para darle orden a un mundo que no lo tiene. Porque cuesta mucho creer que en realidad casi todo es producto de azares y contingencias, de errores y casualidades, y no de un minucioso plan previo. Y ocurre así incluso cuando hay un storyboard.


Este año le ha tocado la china a Argo, de Ben Affleck. El linchamiento se produce a pesar de haber ganado (además del citado premio de los currantes californianos) los premios de la crítica de todas las ciudades importantes de aquel país, los de los trabajadores del cine del Reino Unido, los de los montadores americanos, los del sindicato de directores, los de la prensa extranjera en Los Ángeles… en fin, que se ha coronado en prácticamente todos los premios democráticos del orbe cinematográfico. Es verdad que parece improbable que hubiera ganado en, pongamos por caso, Venecia, pero esa suposición no dice nada bueno de la Mostra ni nada malo de Argo.

2. Los escritos de la acusación (Affleck y las esvásticas)


En la sucesión de improvisados fiscales de los delitos de lesa ideología hay de todo. Los hay de brocha gorda, insultadores, sin más —“cinta simplista y lacrimógena que apesta desde lejos a abanderamiento, a palomitas rancias, a mentira que se vende en taquilla”— que por supuesto se lanzan a la célebre paranoia sobre la mano negra (lo latente) agazapada tras el entretenimiento (lo patente): “Juego sucio de los dirigentes y mandamases educando al espectador medio con su panfleto político”. Voy a detenerme un momento en esto, porque es grave. Y voy a decirlo sin enfadarme. Una de las cositas más irritantes de los guardianes de la rectitud política en la cultura es esa habitual inclinación —impugnadora de la democracia— a tratar con condescendencia al espectador. Ese tufillo de superioridad que se lee tras la expresión “espectador medio” es uno de los tics ordinarios de quienes denuncian “manipulación de las mentes”. Entiendo la confortabilidad de la idea, porque presupone que el abajofirmante de turno es de otra pasta, que posee un incorruptible criterio y olfato para el trampantojo y no caerá en ese engaño preparado para cazar al “espectador medio”. Digamos que se considera a sí mismo parte de esa élite virtuosa de la que hablaba Ortega, a la vez que toma a sus semejantes por estúpidos hombres-masa. Esa presunción trasciende la cultura y la filosofía orteguiana pues es de origen religioso: el cristianismo siempre calificó a su feligresía de “rebaño”, literalmente —reservándose el pastoreo para sí, no faltaba más—, y la izquierda europea, cuyas raíces filosóficas beben en el sustrato igualitario del cristianismo, ha heredado esa tendencia a despreciar al vulgo, ese vicio de proclamar que es sujeto de derechos (es decir, que los derechos residen en cada uno de sus miembros) pero tratarlo como si solo fuera objeto de derechos (o sea, que es un pasivo receptor de derechos otorgados), por explicarlo con la especificidad jurídica con la que un diputado chanante hablaba de los animalitos. Por eso, porque toman a todos por “rebaño”, a veces a las izquierdas europeas les da por boberías como prohibir la publicidad de las hamburguesas. Y cosas peores.


Del mismo autor y con ocasión del mismo objeto, la denigración de Affleck, tenemos otras exhibiciones: “[En Argo] no hay simbolismos ni, como diría Godard, ninguna elección moral del plano”. Como diría Godard. Del cascarrabias Godard, que anda diciendo que el cine está muerto desde hace treinta años (“el primero que lo huele debajo del culo lo tiene”… uy, perdón), me sé yo otra cita. Un gran amigo, cinéfilo y lector inteligentísimo, salía tan eufórico de ver esa gloria de la narración y la alegría titulada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal que no pudo contener un grito en plena calle dedicado al augur del acabose fílmico: “¡Me cago en Godard!”. Amén. También dice el amargo insultador que Clint Eastwood y Ben Affleck “se parecen en la senectud de un cine trasnochado”. Vayan apuntando: mola Godard, no mola Eastwood. Así se escribe la historia. Y más sabiduría cinéfila para honrar a la ganadora del Oscar: “Nosotros querríamos vivir un descenso imposible con un whisky sin hielo por las cataratas de un guión bien escrito”. Paren un momento y vuelvan a leer eso. ¿Ya? Vale. Esta perlita, que por su acuoso contenido da bastantes ganas de orinar, la expongo aquí no para avergonzar a su autor, que seguramente nunca lea estas líneas ni falta que le hace, sino para vacunación de todos los que de vez en cuando se sientan tentados de realizar un descenso imposible por las cataratas de las metáforas pretenciosas, un pecado del que no es ni mucho menos inocente quien esto firma.


A otro analista, de suyo mucho más propenso aún al despiporre intelectual, le he leído, con todas las letras, que el caso de Argo (por la aparición de Michelle Obama en la gala de los Oscar) es similar al de El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl. Y punto. Yo quiero de eso que se mete esta gente. Pero, haciendo bueno el consejo de un bebedor profesional como Caballero Bonald, prometo usarlo para salir los viernes y no para escribir.

Dado que en mi casa, además de gustarnos mucho los Oscar, prestamos más atención a la inteligencia y a la honestidad que a la ideología, no sería justo decir que no hayamos descubierto practicantes del vicio este ideológico cuya pluma e intelecto son más floridos. Hasta brillantes. Uno de los mejores, más cultos y sabios, de los que leía con atención devota mucho antes de dedicarme al periodismo cultural, escribía hace poco que en los Oscar de este año se elegía entre “el cine entendido como espejo que devuelve una imagen favorecedora o como espejo que devuelve una imagen incómoda”. No es cierto, claro, tres mil personas que hacen cine votan las películas que les gustan, no los conceptos sobre los que se asienta cada una de ellas, pero la licencia del analista es bonita y útil para lo que me propongo: Habría que ser un poco más preciso, eso sí, pues si bien la tentación de mejoramiento del mundo es cierta y muy común en la ficción doméstica (entendiendo por doméstica la que se administra en el seno familiar y tribal, la que usamos de común desde antes incluso de que se inventara la literatura para dotar de sentido a lo que carece de él), no es menos verdad que buena parte del más prestigioso cine europeo que retrata la contemporaneidad, aupado por esos festivales que deciden sus premios en reducida francachela, practica un desmelenado empeoramiento del mundo (significativamente, del mundo occidental, como si no fuera el inequívoco mayor logro de la civilización humana), una tergiversación tan tramposa e interesada como pretender que nuestra vida es un reportaje fotográfico de Casa y Jardín. Y, por cierto, uno de esos cineastas europeos inclinados a la deliberada tergiversación ceniza acaba de ser coronado con un Oscar. Para más señas, aquí.


Los pecados ideológicos que se le imputan a la película de Ben Affleck, producida por George Clooney y basada la operación de rescate de seis empleados de la embajada de EE UU en Teherán llevada a cabo por la CIA, son básicamente tres. Visión maquillada de la CIA, tomar partido en el conflicto por Estados Unidos y no por Irán, y forzado final feliz de la operación. Luego está eso de la “elección moral de plano”, pero esto, ya si eso, lo dirimiremos cuando el analista aprenda algo sobre la elección moral de la metáfora. Lo que se le reprocha a Argo es una infamia, pero antes de continuar debemos aclarar algunos conceptos (que ya deberían estar claros, pero que obviamente no lo están). Progresismo es creer en el futuro, creer que la vida de los hombres, de la sociedad, puede mejorarse y trabajar para que así sea, denunciar las injusticias que degradan y someten al hombre, solidarizarse con quienes viven dominados y privados de libertad o de los medios para su supervivencia, desasirse de las tradiciones oscurantistas asumiendo el convencimiento de que las sociedades del pasado fueron siempre peores y defender la libertad del ser humano para buscar la felicidad. El progresista lo es por creer que la mejor sociedad posible no habita en el presente ni el pasado, sino en el futuro. Cree en el derecho a la prosperidad y al progreso personal, en lo colectivo y en lo individual, y sabe que la ciudad es el escenario adecuado para el ejercicio de los derechos. Conservadurismo, por el contrario, es miedo a los cambios, es intentar conservar (!) lo existente, el statu quo, es inmovilismo social y tradiciones, es pensar que los cambios sólo son a peor y trabajar contra ellos; es añorar el pasado y lo rural. El conservador teme al mañana y los cambios, y siente nostalgia del mundo que fue.

3. Hechos probados (Donde dije Diego pone otra cosa)


Refrescados los conceptos de progresismo y conservadurismo, vamos con Argo. La película de Ben Affleck incorpora una breve introducción en la que responsabiliza a Estados Unidos, sin ambages ni lenitivos, de aupar y mantener en el poder a un dictador, el Sha de Persia, y atribuye al descontento causado por esa estrategia estadounidense el desencadenamiento de la revolución islámica, en general, y de la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán por una turbamulta de estudiantes, en particular. No obstante, no deja de retratar al régimen ultraconservador iraní como lo que es, una teocracia medieval, fanática y obsesionada con el enemigo pagano occidental, en tanto es epítome y baluarte de las libertades de que disfruta la verdadera ciudadanía y que tanto ofenden por inmorales a la ultraortodoxia musulmana. Las izquierdas europeas tienen una llamativa simpatía por las teocracias islámicas heredada quizá del apoyo que les brindó la URSS, si bien Moscú las apoyaba por pura táctica de Guerra Fría, no porque bendijera sus castrantes principios del Medievo.


La película, ciertamente, no retrata el lado turbio de la CIA. Que lo tiene, claro, porque es un servicio de inteligencia donde, por definición, todo es latente y nada es patente. Pero hace algo mucho más astuto, se ríe de ella mostrando su verídica estupidez. Es toda una reivindicación de la navaja de Ockham: cuando la CIA hace las cosas mal no es siempre por su siniestra condición, sino que también se debe a que sus empleados, como el común, a menudo son perezosos, soberbios y mediocres. Las reuniones para planificar la operación aportan maravillosas escenas de comedia, narrando por ejemplo cómo el Big Plan que discurrieron los preclaros burócratas consistía en que los seis diplomáticos cogieran unas bicicletas y pedalearan quinientos kilómetros en pleno inverno persa.

Que los titiriteros de Hollywood, siempre sospechosos de comunismo y mariconerío para los poderosos aparatos del Estado, sean los encargados de montar el artificio con el que engañar al régimen puritano iraní es un sarcasmo histórico tan gozoso para la propia película (que se da por aludida) que Affleck no deja de sacarle punta a esta paradoja demostrando innegable talento para la sátira. Voy con el spoiler: la película acaba bien porque la operación fue un éxito de veras y porque en la ficción a menudo el bien (la democracia) se impone al mal (la teocracia). Es bueno y bonito que así sea, más aún si es cierto. Y también es ejemplar. Planteado como un thriller aventurero con trazas de comedia —y no como un documental—, Affleck se toma las licencias mínimas para crear un gran entretenimiento. Nada que objetar. No faltaba más.


Hay una cuestión añadida que me produce un gozo particular. El epílogo de la película está narrado por la voz de Jimmy Carter (que era el mandamás cuando se realizó la operación), sin duda el presidente más denostado de la historia reciente de los Estados Unidos —Bush junior lo habría superado si no hubiera sido por que 11-S lo convirtió en intocable—, entre otras razones, por culpa de la crisis de los rehenes de Teherán. Carter también es lo más parecido a un socialdemócrata que ha habido en la Casa Blanca. Al menos, hasta Obama. Hacer pública ahora esta audaz operación de rescate (desclasificada en los noventa por Bill Clinton) es una forma hermosa de desagravio histórico. No era tan tonto ni tan inútil como quisieron hacer ver los reaganistas.

Es, en resumen, una cinta divertida y emocionante, claramente progresista, que sin embargo parece despertar la furia del más feroz antiamericanismo, una de las expresiones más naïf del pensamiento prêt-a-porter, ese automatismo mental bastante habitual también conocido como lugarcomunismo y consistente en tomar unidades argumentativas prefabricadas y aplicarlas por doquier a poco que encajen.

4. Cine de derechas (Qué pequeños se ven los pobres desde mi ático)


Para demostrar la falacia ideológica, muy brevemente, voy a explicar algunos casos de conservadurismo autoindulgente disfrazados de “compromiso” y “autoría”. Por ejemplo, es conservadurismo dedicarse a retratar los miedos del burgués europeo, sus paranoias sin sentido, hijas de la abundancia y el tedio: que me entren unos malotes en el chaletón –Funny Games (1997)–, que me espíen sin razón aparente los otros, aviesos –Caché (2005)–, que siendo yo una francesita mona, me acose y me escupa un moro grandulón en el metro –Código desconocido (2000)—, o que los otros, los demás, los vecinos, sean siempre unos hijosdeputa sin un ápice de humanidad —La promesa (1996), Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño de la bicicleta (2009)—.


En resumen, es conservador vender estos miedos de la clase acomodada pintando una y otra vez como amenazante y violenta al resto de la sociedad. Una sociedad, por cierto, que es la más justa y pacífica de la historia del hombre —para resolver dudas, lean el colosal trabajo científico Los ángeles que llevamos dentro (Steven Pinker, Paidós)—. Por otra parte, también es conservador, si no reaccionario, sostener que el sistema democrático es tan deficiente que es un héroe quien le hace trampas y toma atajos para lograr un bien superior —Lincoln (2012)— y no digamos sostener como único mecanismo de justicia la violencia homicida, el abandono gozoso a la destrucción del prójimo, apelando a la testosterona de la platea —Django desencadenado (2012)—. Con éste último caso, el de Tarantino, he de confesar mi pasmo al verlo señalado como una narración profunda, seria e incómoda sobre la esclavitud. Resulta una coartada risible. E innecesaria: la película es estupenda, divertidísima en tanto el sofisticado desahogo fascistoide que pretende ser, pero su aportación a la cuestión negra, comparada, por ejemplo con Raíces (1977), Arde Mississippi (1988), o hasta Criadas y señoras (2011), por mencionar tres ejemplos de gran éxito y no demasiado complejos, es una estafa, una coartada intelectual para no admitir que semejante desvarío machista le resulta a uno entretenidísimo. E insisto, es un ejercicio de una extrema ridiculez, porque no era menester, dados los evidentes avíos narrativos de su director.


Aclaro que muchas de las películas citadas en el anterior párrafo me gustan. Algunas, mucho. Otras las detesto, sí, por su impostura. Y alguna de ellas, ambas cosas: me gusta aunque deteste su impostura. Me repugna que me guste, pero me gusta. Eso pasa. Ya he dicho que en mi casa celebramos más la inteligencia y la honestidad (y la bondad, nos gusta mucho la bondad aunque no esté en absoluto de moda) que la ideología, y nunca ha sido el posicionamiento político un baremo para juzgar películas o novelas. Cuestión, por cierto, que descubrí con sorpresa hace unos años al darme cuenta de lo mucho que me gustaba una película moderniqui y filofascista (dos atributos que por lo común, rechazo) como El club de la lucha (1999).


¿Cómo gente inteligente puede errar tanto el tiro? Primero, esa vocación de distanciarse de unanimidades sociales —nadie quiere ser mainstream— lleva a abrazar cualquier coartada que permita la divergencia, por peregrina que sea. Segundo, una treta muy usada últimamente consiste en juzgar las películas no por lo que son, ni siquiera por la distancia entre lo que quisieron ser y lo que son, sino por lo que se supone que significan. En general, la pretensión de que significan algo distinto de lo que dicen es, de nuevo, inclinarse al esoterismo de lo latente frente a la evidencia de lo patente. Si quieren saber a qué me refiero fíjense en la precisión con la que los más cultos e inteligentes de nuestros críticos juzgan las recientes películas de nuestro genuino auteur, Pedro Almodóvar, explicando lo que significan, defendiéndolas por importantes y evitando decir si son buenas, regulares o malas. En palabras del sagaz Félix de Azúa: “Desaparecido el concepto de belleza o excelencia como categoría reguladora, el valor de lo significativo, lo actual y lo interesante es, en materia artística, un absoluto”.

Los motivos de esta anomalía son complejos, pero en general hay que buscarlos en otra patología de origen judeocristiano: el complejo de culpa. Por no extenderme mucho en ello, digamos que el occidental europeo se siente culpable de su éxito civilizatorio y en lugar de aspirar a que todo el planeta disfrute, al menos, de un grado de libertad, derechos y prosperidad homólogos a los europeos, nos dedicamos a la autolesión redentora. Quizá porque durante años el estructuralismo sostuvo que la prosperidad de occidente se levantó sobre la miseria del resto del mundo. Cosa que, a poco que uno lea series largas de PIB de las que provee el Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, se demuestra rotundamente falsa, desmentida de forma inequívoca por los datos. Por eso, dedicarse a ese mea culpa cinematográfico es una frivolidad. Como encumbrarlo. Quiero decir, teniendo en cuenta la pervivencia de aberraciones como la semiesclavitud de los sintierra brasileños, el sometimiento y mutilación de la mujer en las teocracias musulmanas o la subyugación a la violencia de los niños de la guerra africanos, hacer una película sobre el parado europeo del tono apocalíptico y tremendista de Rosetta demuestra una ligereza autoerótica bastante grosera. Al menos, desde el punto de vista del progreso humano.

5. El advenedizo y el robot (A este juego podemos jugar todos)


Este hábito de perorar sobre la improcedencia ideológica de una película es como hacerse trampas al solitario. Y a menudo, sólo se activa de forma superficial, ante el cine estadounidense, por el automatismo del que les hablaba. Les propongo un juego para que entiendan a qué me refiero cuando digo que ese tipo de análisis es epidérmico. Una de las características de las sociedades libres es la posibilidad de medrar, es decir, de prosperar. Partir de un medio humilde y aspirar a tener mejor formación, posición social e ingresos que los padres, es decir, a salir del medio del que se procede cuando éste es humilde. Es lo que la socialdemocracia europea a veces denomina “el ascensor social”. Las sociedades modernas (las democracias liberales) promueven el mensaje de que el individuo no está condenado por su cuna y tiene derecho a aspirar a una mejor calidad de vida, en función de su esfuerzo, talento y suerte. Y para ello, los estados civilizados proveen enseñanza pública, becas, servicios sociales y otras muchas palancas de progreso. Las sociedades conservadoras o tradicionalistas propalan la idea contraria, que sólo sean médicos los hijos de los médicos, por resumir el programa de gobierno de nuestros actuales mandatarios, que también lo han expresado de otras múltiples formas: que veraneen en el extranjero los de siempre y los demás, en el pueblo; que acudan a los tribunales los que tienen posibles, y los otros que se conformen; que atienda el médico a los que pueden para pagarlo, y los demás que se mueran; que posean dos viviendas y dos coches los que ya veraneaban en el siglo XIX, el resto que alquilen; que estudien en el extranjero los niños del barrio de Salamanca, y los demás, en la universidad más próxima… Funciona a escala individual pero también colectiva. Por ejemplo, Alemania pretende que el sur de Europa siga estando política y económicamente subordinado al norte. Milán piensa lo mismo del sur de Italia, y lo que pasa en España no se lo tengo que explicar porque ya lo saben. El caso de Gran Bretaña es paradigmático: la prensa económica de ese país comenzó a sembrar dudas sobre la viabilidad de las economías mediterráneas cuando a las empresas españolas se les ocurrió comprar bancos, puertos y aeropuertos británicos, y la denigración se hizo con tal entusiasmo que creó una pantalla que responsabiliza de la crisis europea a los manirrotos sureños en lugar de contar cómo la desregulada City londinense trajo la infección financiera de Wall Street a nuestras casas. Los peligros del arribismo. Bien, quédense con la idea del ascensor social.


Identificando el recurrente personaje del arribista en la novela y el cine, podemos catalogar relatos como conservadores o progresistas con gran facilidad. La irrupción de un personaje de origen humilde en un medio acomodado puede ser retratada bien como un relato ejemplar de superación o como un peligro para “nosotros, los de siempre”: Hay muchos arribistas mefistofélicos en el cine y la novela, y por tanto podemos calificar las películas que así los presentan como conservadoras en tanto alertan a la burguesía de la necesidad de desconfiar de los modestos: Retorno a Brideshead (2008), Match Point (2005), El talento de Mr Ripley (1999) o El color de la ambición (1991). En cambio, serían películas progresistas, que alientan al humilde a luchar por una vida mejor Armas de mujer (1988), El secreto de mi éxito (1987) o Gattaca (1997). Hay alguna que no es ni una cosa ni la otra, como el que quizá sea el mejor retrato sobre el arribismo nunca escrito, merced a Scott Fitzgerald (ya saben, el amigo dipsómano de Hemingway que sí sabía escribir): El gran Gatsby (1974 y 2013). En ella, el narrador describe a Jay Gatsby, arribista paradigmático y de pasado siniestro, como el único espíritu puro de cuantos adinerados poblaban Long Island, a la vez que la historia presenta la furia y la crueldad con la que los privilegiados pueden llegar a defenderse del extraño: “Morirás antes de ser uno de los nuestros”. Se puede reprochar que aquí se hable más que nada de progreso material, pero de todos es sabido que la moral y la cultura exigen techo y comida y que la miseria material convoca la miseria moral. Como en el anterior epígrafe, la intención es meramente descriptiva, pues todas las películas nombradas aquí me gustan. Más aún, me parecen buenas. En distinto grado.



Siguiendo con el juego, el eje conservador/progresista puede aplicarse con increíble precisión a la ciencia ficción. Uno de sus habituales tics conservadores es su inclinación a crear relatos luditas, en los que la máquina (o sea, el progreso) es descrita como un enemigo potencialmente letal. Casi todas las proyecciones futuristas son sombrías, a pesar de que, como ya se ha dicho aquí, la historia ha mantenido, con ligeros altibajos, un terco avance hacia sociedades más libres, más seguras y más éticas (voy a insistir: en lugar de leer tanto a filósofos cenizos y nostálgicos, lean a científicos como el citado Pinker o el premio Pulitzer Jared Diamond: datos, datos, datos…). Un emblemático modelo de cine ludita, es decir, que deplora el progreso científico y tecnológico, es Terminator (1988) y todas sus secuelas. Alumno aventajado de aquel es Matrix (1999). El mensaje es meridiano: “Seguid creando maquinitas cada vez más listas, que os vais a cagar”. Es curioso que el mismo responsable de Terminator —y de Titanic (1999), otro ejemplar relato antiprogresista—, James Cameron, patrocinase una apuesta por el progreso técnico de la simulación tan optimista como Avatar, en la que, tras degustar los avances de la tecnología de la experiencia vicaria, el héroe acaba prefiriendo la posibilidad de vivir el simulacro que la realidad (hasta fundirse con su avatar en el desenlace), justo lo contrario de lo que defiende la pesadilla de los Wachowski: en Matrix se postula que es preferible el infierno de lo real que el confortable mundo simulado. Es una cinta de evasión anti-evasiva, toma ya.


También de la anterior lista me parecen todas estupendas. Bueno, Matrix un poco menos.

La tropa de robots asesinos de la historia de la ciencia ficción es ingente, desde aquel fundacional homicida cibernético llamado HAL 9000, cuyo infame crimen no habría de redimirse hasta la aparición de GERTY en Moon (2009). Y fíjense en el número de películas de ciencia ficción que terminan con la exitosa destrucción de una máquina. Por sumar a los antedichos dos ejemplos que abren y cierran una vastísima lista, Metrópolis (1927) y Total Recall (2012). No creo que sea difícil entender que una película que abomina del progreso no puede ser progresista, aunque sólo sea por pura coherencia semántica. Y si quieren saber más de la narrativa de las máquinas, lean al filósofo Juan Cueto, señor mayor que sigue siendo el más juvenil y despierto analista del valor cultural de la tecnología.

Y exactamente lo mismo puede decirse del tratamiento de la ciencia. El arquetipo trágico del científico loco, presa del pecado de pretender emular a los dioses tratando de crear o domeñar la vida, convocador de grandes males es —además de frecuentísimo— uno de los más paradigmáticos modelos de relato conservador, antimoderno y tradicionalista. Aunque mola muchísimo, claro.

Podríamos seguir horas y horas, género tras género, pero supongo que ya lo han pillado: denostar o aplaudir una película aplicando la regla conservadora/progresista es hacerse trampas al solitario y con frecuencia sólo conduce a la melancolía.


6. La paranoia comunista. (La cigarra, la hormiga y Marx)


A los que hayan leído hasta aquí sin marcharse dando un portazo, airados o aburridos, no puedo despedirlos sin regalarles una anécdota que me ocurrió con un buen amigo comunista (y que conté ya bajo el paraguas de Divertinajes en un aprisco antiguo llamado El CinExín). Hay que considerar que, a la hora de desentrañar conspiraciones, la paranoia es un factor de aceleración fundamental. Quiero decir que los críticos culturales por lo general se quedan en aproximaciones tan ligeras como denostar por conservadora una película porque salen muchas barras y estrellas. En cambio, los comunistas son sofisticados, profundos y pormenorizados cual miembros del priorato de Sion en su capacidad para desplegar la paranoia. Trabajaba el que suscribe haciendo periodismo político y tenía buenos amigos bajo distintas siglas. Uno de ellos, economista de IU y ortodoxo comunista, me preguntó en tono indignado una lejana mañana si había visto HormigaZ (1998). Le contesté que sí. Me dijo que era un vergonzoso panfleto de propaganda anticomunista. Yo traté de rebajarle el enfado. Le dije que el conflicto del protagonista, que quiere buscar su identidad individual frente a la uniformización de la sociedad no era anticomunismo sino más bien una constante de la narrativa heroica e individualista de las sociedades protestantes. Ya, ya, me dijo, pero ¿tú te acuerdas de la escena en que están todos en el bar bailando al unísono? Sí, claro, ¿por qué? ¿Qué están bailando? No sé, no me acuerdo, contesté. Guantanamera. Coño, Cuba, exclamé.

Me dejó de piedra. Como no soy nada inclinado a la paranoia, pensé que se debería a un chiste de los guionistas, una malicia sin más trascendencia, pero lo cierto es que con ese argumento no podría convencer a mi amigo. No siendo de los que se dan por vencidos fácilmente, a la mañana siguiente volví a sacar el asunto y le dije que si aceptábamos que HormigaZ era una película anticomunista, entonces debía admitir que Bichos, una aventura en miniatura (1998) era una película anticapitalista. A pesar de que parezcan tan semejantes. Me miró de hito en hito. Le expliqué que en la película de Pixar, las hormigas trabajan durante toda una estación para que, concluida la recolección, los saltamontes, que no trabajan, vengan a enajenar una parte del fruto de ese trabajo. La plusvalía. El protagonista, Flik, liderará la revuelta de las hormigas productoras contra los saltamontes explotadores, alegoría de las clases pasivas extractivas. Conclusión: Bichos… narra una revolución marxista. Concluida mi perorata me sentía pletórico, me parecía que mi contraataque había sido concluyente e irrefutable. Pero, para mi sorpresa, mi amigo descartó mi argumentación como fruto de mi imaginación exacerbada y de mi proverbial inclinación a la esgrima retórica. Fue entonces cuando descubrí, no sin cierta pesadumbre, que la paranoia ideológica funciona sólo en una dirección: contra el perseguido.


Quizá la prueba definitiva de esa unidireccionalidad de los argumentos ideológicos aplicados a la cultura es que ninguno de los que hoy catalogan el malévolo triunfo de Argo en los Oscar como una maniobra propagandística e ideológica del gran capital pueden explicar, según ese apotegma, a qué diablos obedeció que una pieza tan progre y realista pero, cinematográficamente hablando, tan justita de méritos como En tierra hostil (2009), orillara en los Oscar a la todopoderosa Avatar (2009), película que recaudó casi tres mil millones de dólares y que es el auténtico portaaviones del cine estadounidense capaz de crear relatos universales de heroísmo y fantasía, el novísimo reciclaje del cine de evasión, siempre sospechoso de ser la segunda variable del pérfido par pan y circo. ¿Aquello qué carajo fue? ¿Un harakiri industrial? ¿Un ejercicio de humildad del Consorcio Sorbesesos Multinacional? ¿Un intento de redención del temible complejo industrial-militar? ¿O una cagada? Aún sigo esperando.





Archivo histórico