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Sara Orúe

Asómbrate más, y más, pero mucho más

Nuestra capacidad de asombro debería estar saturada, pero no. Cada semana suceden cosas que te demuestran que asombrarse es una “actividad” infinita.


Contentos nos hallamos celebrando que la justicia europea ve lo que casi todos veíamos, que la ley española sobre hipotecas es abusiva. El asombro viene de que, la justicia europea, considere la  susodicha ley ilegal… Una ley ilegal… me encantaría oír cómo explica  esto Dolores de Cospedal: La ilegalidad de la ley que ha sido legal en diferidamente desde hace más de 100 años y que simulábamos que era válida y legal y resulta que, bueno, claro, como dicen en Europa y llevan razón, simularemos que no lo sabíamos, que no nos constaba y lo apañaremos lo mejor que sepamos desde la transparencia que nos caracteriza… Y, mientras tanto, el ¿líder? de la ¿oposición? silbará mirando a otro lado.

Siguiendo con la ley hipotecaria, nos asombramos cuando nos recuerdan que data de 1909, año de crisis, por cierto. ¡Qué antigua!, decimos. Es verdad y nos parece que no nos queda nada por ver. Pero entonces nos enteramos de dos cosas que nos dejan todavía más boquiabiertos, al loro:


Primera cosa, que el abogado defensor de los animales jóvenes que apalearon a un mendigo hace unos días “data” de 1923, ergo tiene (o está a punto de cumplir) 90 añazos. Por todos los dioses, y yo quejándome de tener que trabajar hasta los 67… Argumentó en defensa de los supuestos apalizadores que la vagancia es una provocación para la gente de bien  y que los mendigos incitan a la violencia y merecen ser destruidos, con la venia. Y tan pancho que se quedó el jodío abuelo. ¿Eso es ser senil o es ser mala gente?  Lo que sí es, es un cavernícola dinosaurio de la abogacía.

Segunda cosa, en España, 14 abogados de más de 80 años ejercen en el turno de oficio. Para que luego digan que la justicia es ciega, ¿qué queremos con esas edades? Ciega, algo sorda y con caderas de titanio.

Más asombros. Cuando parecía que nuestras mandíbulas desencajadas no daban para más, nos cuentan lo del “corralito” chipriota. Vamos, vamos, vamos… ¿no  se les quieren llevar los ahorros a los compañeros? Veremos en qué termina este asunto.


De momento yo me quedo con el nombre de los chipriotas que mandan: El presidente del Gobierno se llama Anastasiadis, ahí es ná. Me pregunto si será amigo de Abracadabrix…  Sepan ustedes que, se llame como se llame, ni él ni el resto de sus compatriotas parecen anastasiados. Comenzamos a estar ya todos tan cabreadas que no nos anastasian ni con clorofomo en una fosa nasal y éter en la otra. No se sabe cómo terminará esto, pero, de momento, han elegido el desorden  antes que obedecer las normas impuestas (y desimpuestas, y modificadas y espera que sí pero no) de la UE.

Claro que no es de extrañar que los chipriotas estén inmersos en el caos, llamándose como se llama el presidente del Banco Central del país. No se me asusten, se llama Panicos, Panicos Demetriades.  Y eso es un error muy evidente. Se debería llamar ¡¡PANICOS, SALVESEQUIENPUEDA!!

Y todo eso cuando acabamos de recuperarnos de los saltos al agua de Falete y compañía. Si ya me la traen al pairo todos esos famosos secos, imaginen mojados.  Ains, si me preguntasen a mí, les iba a dar una lista larga de personajes a los que habría que tirar al agua desde un trampolín  pero como el del Capitan  Garfio,  que les llevase  directo a los tiburones.





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