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Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (5)

El advenedizo y el robot (A este juego podemos jugar todos)

« Cine de derechas (Qué pequeños se ven los pobres desde mi ático)


Este hábito de perorar sobre la improcedencia ideológica de una película es como hacerse trampas al solitario. Y a menudo, sólo se activa de forma superficial, ante el cine estadounidense, por el automatismo del que les hablaba. Les propongo un juego para que entiendan a qué me refiero cuando digo que ese tipo de análisis es epidérmico. Una de las características de las sociedades libres es la posibilidad de medrar, es decir, de prosperar. Partir de un medio humilde y aspirar a tener mejor formación, posición social e ingresos que los padres, es decir, a salir del medio del que se procede cuando éste es humilde. Es lo que la socialdemocracia europea a veces denomina “el ascensor social”. Las sociedades modernas (las democracias liberales) promueven el mensaje de que el individuo no está condenado por su cuna y tiene derecho a aspirar a una mejor calidad de vida, en función de su esfuerzo, talento y suerte. Y para ello, los estados civilizados proveen enseñanza pública, becas, servicios sociales y otras muchas palancas de progreso. Las sociedades conservadoras o tradicionalistas propalan la idea contraria, que sólo sean médicos los hijos de los médicos, por resumir el programa de gobierno de nuestros actuales mandatarios, que también lo han expresado de otras múltiples formas: que veraneen en el extranjero los de siempre y los demás, en el pueblo; que acudan a los tribunales los que tienen posibles, y los otros que se conformen; que atienda el médico a los que pueden para pagarlo, y los demás que se mueran; que posean dos viviendas y dos coches los que ya veraneaban en el siglo XIX, el resto que alquilen; que estudien en el extranjero los niños del barrio de Salamanca, y los demás, en la universidad más próxima… Funciona a escala individual pero también colectiva. Por ejemplo, Alemania pretende que el sur de Europa siga estando política y económicamente subordinado al norte. Milán piensa lo mismo del sur de Italia, y lo que pasa en España no se lo tengo que explicar porque ya lo saben. El caso de Gran Bretaña es paradigmático: la prensa económica de ese país comenzó a sembrar dudas sobre la viabilidad de las economías mediterráneas cuando a las empresas españolas se les ocurrió comprar bancos, puertos y aeropuertos británicos, y la denigración se hizo con tal entusiasmo que creó una pantalla que responsabiliza de la crisis europea a los manirrotos sureños en lugar de contar cómo la desregulada City londinense trajo la infección financiera de Wall Street a nuestras casas. Los peligros del arribismo. Bien, quédense con la idea del ascensor social.


Identificando el recurrente personaje del arribista en la novela y el cine, podemos catalogar relatos como conservadores o progresistas con gran facilidad. La irrupción de un personaje de origen humilde en un medio acomodado puede ser retratada bien como un relato ejemplar de superación o como un peligro para “nosotros, los de siempre”: Hay muchos arribistas mefistofélicos en el cine y la novela, y por tanto podemos calificar las películas que así los presentan como conservadoras en tanto alertan a la burguesía de la necesidad de desconfiar de los modestos: Retorno a Brideshead (2008), Match Point (2005), El talento de Mr Ripley (1999) o El color de la ambición (1991). En cambio, serían películas progresistas, que alientan al humilde a luchar por una vida mejor Armas de mujer (1988), El secreto de mi éxito (1987) o Gattaca (1997). Hay alguna que no es ni una cosa ni la otra, como el que quizá sea el mejor retrato sobre el arribismo nunca escrito, merced a Scott Fitzgerald (ya saben, el amigo dipsómano de Hemingway que sí sabía escribir): El gran Gatsby (1974 y 2013). En ella, el narrador describe a Jay Gatsby, arribista paradigmático y de pasado siniestro, como el único espíritu puro de cuantos adinerados poblaban Long Island, a la vez que la historia presenta la furia y la crueldad con la que los privilegiados pueden llegar a defenderse del extraño: “Morirás antes de ser uno de los nuestros”. Se puede reprochar que aquí se hable más que nada de progreso material, pero de todos es sabido que la moral y la cultura exigen techo y comida y que la miseria material convoca la miseria moral. Como en el anterior epígrafe, la intención es meramente descriptiva, pues todas las películas nombradas aquí me gustan. Más aún, me parecen buenas. En distinto grado.


Siguiendo con el juego, el eje conservador/progresista puede aplicarse con increíble precisión a la ciencia ficción. Uno de sus habituales tics conservadores es su inclinación a crear relatos luditas, en los que la máquina (o sea, el progreso) es descrita como un enemigo potencialmente letal. Casi todas las proyecciones futuristas son sombrías, a pesar de que, como ya se ha dicho aquí, la historia ha mantenido, con ligeros altibajos, un terco avance hacia sociedades más libres, más seguras y más éticas (voy a insistir: en lugar de leer tanto a filósofos cenizos y nostálgicos, lean a científicos como el citado Pinker o el premio Pulitzer Jared Diamond: datos, datos, datos…). Un emblemático modelo de cine ludita, es decir, que deplora el progreso científico y tecnológico, es Terminator (1988) y todas sus secuelas. Alumno aventajado de aquel es Matrix (1999). El mensaje es meridiano: “Seguid creando maquinitas cada vez más listas, que os vais a cagar”. Es curioso que el mismo responsable de Terminator —y de Titanic (1999), otro ejemplar relato antiprogresista—, James Cameron, patrocinase una apuesta por el progreso técnico de la simulación tan optimista como Avatar, en la que, tras degustar los avances de la tecnología de la experiencia vicaria, el héroe acaba prefiriendo la posibilidad de vivir el simulacro que la realidad (hasta fundirse con su avatar en el desenlace), justo lo contrario de lo que defiende la pesadilla de los Wachowski: en Matrix se postula que es preferible el infierno de lo real que el confortable mundo simulado. Es una cinta de evasión anti-evasiva, toma ya.


También de la anterior lista me parecen todas estupendas. Bueno, Matrix un poco menos.

La tropa de robots asesinos de la historia de la ciencia ficción es ingente, desde aquel fundacional homicida cibernético llamado HAL 9000, cuyo infame crimen no habría de redimirse hasta la aparición de GERTY en Moon (2009). Y fíjense en el número de películas de ciencia ficción que terminan con la exitosa destrucción de una máquina. Por sumar a los antedichos dos ejemplos que abren y cierran una vastísima lista, Metrópolis (1927) y Total Recall (2012). No creo que sea difícil entender que una película que abomina del progreso no puede ser progresista, aunque sólo sea por pura coherencia semántica. Y si quieren saber más de la narrativa de las máquinas, lean al filósofo Juan Cueto, señor mayor que sigue siendo el más juvenil y despierto analista del valor cultural de la tecnología.

Y exactamente lo mismo puede decirse del tratamiento de la ciencia. El arquetipo trágico del científico loco, presa del pecado de pretender emular a los dioses tratando de crear o domeñar la vida, convocador de grandes males es —además de frecuentísimo— uno de los más paradigmáticos modelos de relato conservador, antimoderno y tradicionalista. Aunque mola muchísimo, claro.

Podríamos seguir horas y horas, género tras género, pero supongo que ya lo han pillado: denostar o aplaudir una película aplicando la regla conservadora/progresista es hacerse trampas al solitario y con frecuencia sólo conduce a la melancolía.  


La paranoia comunista. (La cigarra, la hormiga y Marx) »




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