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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La historia de "El Desvanecido"


Opium Poppy (Demipage) narra la historia de uno cualquiera de los trescientos mil niños de la guerra que existen en el mundo. Una historia dura, cuya lectura levanta ampollas, y en la que su autor, Hubert Haddad, escritor francés de origen tunecino, logra amaestrar el horror de lo que cuenta en cómo lo cuenta.

Cruel, porque el tema lo requiere, nunca cae en ni en el tremendismo ni en el panfleto. Su aquilatada prosa describe sin aspavientos, pero sin ahorrarnos nada, la vida de Alam o El Desvanecido, un niño afgano nacido en un pueblo cercano a Kabul y que como el resto de niños de su generación se ve obligado a sobrevivir sin ayuda de nadie victima del conflicto secular que desmiembra su país desde hace años. Enviado a Paris como refugiado pronto se dará cuenta que ha salido de una guerra para meterse en otra no menos peligrosa. Nadie quiere hacerse cargo de este pequeño talibán y, en la ciudad luz, deberá sobrevivir a la explotación, la marginación, los abusos y la droga por sus propios medios en una búsqueda incansable de su propia identidad. “Cuanto más nos atrapa la guerra, menos se conoce uno mismo”, dice el autor, aunque a continuación aclara que: “si identidad significa exclusión y rechazo, entonces no es identidad”.

La novela desde el punto de vista narrativo se estructura en dos historias paralelas. Por un lado la de los recuerdos de Alam a partir del bombardeo sufrido por su pueblo natal y su posterior periplo como niño-soldado, y por otra su vida en París en busca de sí mismo y de su lugar en un mundo que parece cerrarle todas las puertas para que su integración en la sociedad sea posible. Largas reuniones con psicólogos, educadores, asistentes sociales le sirven a Haddad para ponernos frente a la hipocresía de la sociedad occidental que se siente amenazada y no sabe de qué forma defenderse de los monstruos que ella misma provoca.

Terrible y lírica en casi todas sus páginas, Opium Poppy es una gran y hermosa novela que en muchos momentos de su lectura me ha hecho perder ese velo de virginidad que a veces no es otra cosa que la ignorancia voluntaria de hechos y actitudes absolutamente execrables.

Me ha revuelto las tripas y me ha tocado el corazón. ¿Qué más podría pedirle a un libro?




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