Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los amantes pasajeros


Sin ser una mala película, Los amantes pasajeros es una obra menor en la brillante carrera de Pedro Almodóvar. Presentada como comedia gamberra y ochentera, no es comedia, es poco gamberra y no es nada ochentera.

Se nos coloca ante la historia de unos pasajeros y una tripulación que viaja a México en un avión que se avería nada más despegar. La metáfora con respecto a la España de hoy está servida, pero la paradoja surge cuando la comedia de enredo se ve sustituida por la comedia negra y el drama irónico sobre la vida contemporánea. Rodada sin la elegancia de los grandes dramas del director y sin la frescura experimental de sus primeros trabajos, demuestra, no obstante, su madurez para acercarse al absurdo sin caer en el ridículo, y para lograr distanciarse, como lo hacen los personajes, de la inminencia de una posible tragedia a través de una extraña celebración del hedonismo.

Curiosamente —como suele pasar en el cine de Almodóvar— son las actrices las que se llevan la mejor parte (particularmente Lola Dueñas y Cecilia Roth) frente a unos personajes masculinos algo desdibujados, perdidos entre el chiste inteligente, el chiste fácil y la comedia sexual. Javier Cámara y Willy Toledo son los que mejor parados salen de esta película extrañamente cínica y teatral, donde sorprendentemente los momentos más logrados son aquellos en los que se acerca al drama.

¿Una película sobre el desencanto? ¿Una astracanada obsesa? Ni lo uno ni lo otro. Los amantes pasajeros contiene un espléndido número musical, unas interpretaciones nada corrientes y un desarrollo en el que va subiendo de la comedieta televisiva al cine con mayúsculas, como cuando el director se distancia voluntariamente del momento del “aterrizaje forzoso” (en off) o cuando los personajes se sinceran ante la cámara en un extraño ejercicio de striptease social que nos descubre a un moralista con corazón, disfrazado de irónico maestro de lo obtuso.

Junto al acartonamiento teatral de algunas secuencias, un gran reparto mal aprovechado y el exceso de gags y personajes poco novedosos, encontramos sorpresas en los momentos más dramáticos del filme y una alegoría más elaborada de lo que parece sobre la España cañí y un país desgarrado. Y es que cuando “la realidad supera a la ficción” resulta complejo que una película, que por otro lado se ve sin desagrado y sin que su ritmo decaiga, logre llegar más allá de lo discreto.

Más cerca del último Billy Wilder que del primer Almodóvar, Los amantes pasajeros es una comedia sin risas, una extraña disertación sobre las relaciones sexuales y sentimentales y un cuento desesperanzado sobre un mundo turbio, irreal y carente de ilusiones.

Pasajeros del vuelo...




Archivo histórico