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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Parientes cercanos

danieltubau@gmail.com


Existen muchas maneras de definir qué es la inteligencia. Una de ellas es:

La inteligencia consiste en ser capaz de modificar la conducta teniendo en cuenta la información que se recibe del medio circundante.

Esta definición es bastante convincente, pero tiene el problema de que su campo de aplicación es muy amplio. Muchos animales pueden ser considerados inteligentes, como las abejas de las que hablé hace unas semanas, capaces de señalar a sus compañeras dónde encontrar un buen campo de margaritas; pero no lo serían tanto aquellas abejas de la especie higiénica que son capaces de abrir celdillas infectadas pero que no tiran la larva enferma, a pesar de tenerla allí delante, ya que carecen de la instrucción genética para hacerlo. El comportamiento instintivo, en efecto, no parece inteligente, y en algún momento he dicho que tampoco creo que lo sea el intuitivo, que es una especie de instinto, pero adquirido durante la vida del individuo.


Volviendo a la definición de inteligencia, no solo puede incluir a animales como las abejas, los cuervos, los perros y los gatos, y quién sabe si también las esponjas (que tardaron hasta 1765 en ser reconocidas como animales), sino también a los ordenadores personales e incluso a los termostatos. Eso último es lo que opinó hace muchos años Marvin Minsky, uno de los pioneros de la Inteligencia Artificial.


Minsky y un amigo

Minsky sostenía que un termostato que mantiene estable la temperatura de una habitación es inteligente, puesto que recibe información del medio circundante, por ejemplo que la temperatura es de 12 grados, y a continuación, el termostato modifica su conducta dando salida a aire caliente hasta que la temperatura se eleva a 18 grados. Cuando vuelve a recibir la información de que esa temperatura ha sido alcanzada, vuelve a modificar su conducta e interrumpe o disminuye la salida de aire caliente. La pequeña provocación de Minsky tenía la intención de señalarnos lo difícil que resulta definir la inteligencia, a pesar de lo que creen los partidarios de los test de inteligencia, que acaban sosteniendo, al fin y al cabo, que la inteligencia es esa cosa que miden sus test.

A pesar de la brillantez de la distinción aristotélica entre plantas con alma vegetativa, animales con alma vegetativa y sensitiva, y seres humanos con alma vegetativa, sensitiva e intelectiva, también podríamos pensar que plantas, animales, seres humanos e incluso termostatos pertenecemos a una extraña especie o género que podríamos llamar “procesadores de información”, y que cada uno tenemos una capacidad mayor o menor de procesamiento. Probablemente, un termostato sea en este sentido un pariente cercano de una esponja, mientras que los más avanzados ordenadores comienzan a compartir con nosotros un cierto aire de familia.


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