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Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (1)

(o Argo, la peli progre que asusta a los cristianos)


Febrero es un mes propicio a la paradoja en el mundillo cinematográfico porque la obligación de interpretar los premios gremiales (Oscar, Goya, BAFTA…) recae precisamente en unas gentes que cuando adolescentes se pirraban por ellos. Y que, consecuentemente, ahora los denuncian como diabólicos instrumentos del Consorcio Sorbesesos Multinacional.

En general, en mi casa somos muy pro-Oscar y pro-Goya, o sea, que estamos muy a favor de estos premios por su carácter democrático. Votan casi todos, muchos, de los trabajadores del sector. En cambio, no prestamos mucha atención a los premios que entregan los grandes festivales, que descansan sobre los principios rectores del despotismo ilustrado y que a menudo son sólo nepotismo iluminado. Lo sé, la democracia representativa está en crisis, vale. Es cierto que las masas de votantes son en cierta medida manipuladas, claro. Pero mucho más, media docena de elegidos a los que se agasaja durante doce días en una ciudad de la Costa Azul. Sigo prefiriendo que haya un parlamento a que me gobierne el señor Godoy por sus reales gónadas. Y en los premios de cine, lo mismo: mejor miles de votos anónimos y secretos que el capricho de un consejo de sabios pactado ante las viandas.

1. Democracia y conspiración (De Hollywood y Ockham)


Muchos dicen que los Oscar son los premios de la industria, dando a entender que responden a los intereses de los grandes estudios. Pero no votan los ejecutivos de Universal, Fox, Warner, MGM, Disney y Paramount, sino los empleados del sector. Pretender que una cosa y otra son lo mismo es como insinuar que el comité de empresa de la Citroën de Vigo piensa igual que el CEO de la compañía. A efectos de la analogía, los Oscar, como los Goya, los votan las UGT, CC OO y USO del sector, si me toleran la licencia. Dar a entender otra cosa es distorsionar la verdad. Con intención o sin ella.

Bueno, el caso es que estos días hemos leído por doquier diagnósticos ideológicos sobre premios y películas. Es una costumbre muy extendida en un sector de la crítica cinematográfica no precisamente minoritario. Como soy muy poco de señalar con el dedo, en los sucesivos seis capítulos no voy a dar nombres, aunque citaré algunos textos. También, porque no me interesa tanto el quién como el qué. No se pretende incriminar a tahúres, sino prevenirlos a ustedes de que las cartas están marcadas. Hay críticas enteras dedicadas a defender una película con el solo argumento de que se trata de una cinta comprometida. Es decir, salen pobres. O ricos muy jodidos. Y aun abundan más los artículos cuyo cometido exclusivo es probar la perfidia (o sea el derechismo) de una película en apariencia inofensiva. Un amigo muy listo que tengo dice que lo que le ocurre a la crítica es culpa de la avería que arrastra la generación del 68, pero no sé si lo dice por la influencia filosófica del relativismo cultural ese, o se refiere a los niños bien franceses que tuvieron una tarde tonta y luego se les pasó enseguida, al calor del veraneo en —“caramba, qué coincidencia”— la Costa Azul. 


Hace años ya que superé esa sensación tan adolescente de que detrás de todas las cosas hay un “algo más”, un “qué sé yo” y más aún, “una conspiración”, “una manipulación burda”. Esa debilidad intelectual en mi caso coincidió con el convencimiento de que había extraterrestres en el Área 51 y desapareció con la mayoría de edad. Por cierto, ¿se han fijado en este oxímoron tan divertido?: “Manipulación burda”. Si es lo segundo, cómo puede ser lo primero. Digo yo. Perdón, que me distraigo. Quiero decir que no es que no haya, en ocasiones, intenciones ocultas y tal, pero la mayoría de las veces sólo es una suposición generosa sobre la inteligencia de los actuantes. Es impopular e incluso decepcionante, pero en la práctica totalidad de los casos, las cosas son lo que parecen. El prestigio de lo latente frente a lo patente es una manifestación más de la tendencia del intelecto al oscurantismo, uno más de los mecanismos mentales para darle orden a un mundo que no lo tiene. Porque cuesta mucho creer que en realidad casi todo es producto de azares y contingencias, de errores y casualidades, y no de un minucioso plan previo. Y ocurre así incluso cuando hay un storyboard.


Este año le ha tocado la china a Argo, de Ben Affleck. El linchamiento se produce a pesar de haber ganado (además del citado premio de los currantes californianos) los premios de la crítica de todas las ciudades importantes de aquel país, los de los trabajadores del cine  del Reino Unido, los de los montadores americanos, los del sindicato de directores, los de la prensa extranjera en Los Ángeles… en fin, que se ha coronado en prácticamente todos los premios democráticos del orbe cinematográfico. Es verdad que parece improbable que hubiera ganado en, pongamos por caso, Venecia, pero esa suposición no dice nada bueno de la Mostra ni nada malo de Argo.

Los escritos de la acusación (Affleck y las esvásticas) »




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