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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Sinister


El último trabajo de Scott Herrison, famoso por el éxito de la irregular y algo discursiva El exorcismo de Emily Rose, nos descubre que, sin dejar de ceñirse a algunas de las convenciones del cine fantástico contemporáneo, es un hábil creador de formas visuales y un director astuto.

Apoyándose en una cuidada interpretación de Ethan Hawke (un actor en alza, aunque ya maravilloso desde Gattaca) en el papel de un escritor y periodista en busca de su último y definitivo éxito comercial, Derrickson nos sumerge en una historia de crímenes, sorpresas y fantasmas del pasado, que, sin ser especialmente original, está contada con destreza, creando una atmósfera malsana, morbosa y opresiva a la que acompaña una tímida reflexión sobre el cine dentro del cine y la vanidad del creador.

Ambientada casi en su totalidad en el interior de una “nueva casa” (sacudida por el recuerdo de una familia secuestrada y asesinada brutal y misteriosamente), Sinister, a diferencia de películas como Insidious, logra transmitir desazón merced a una sucesión a la vez barroca y medida de imágenes y sonidos inquietantes a través de los que se pone en contacto la cotidianeidad con los mundos oscuros del más allá.

Y es en este contacto con lo “sobrenatural” y en sus giros de la última parte donde Sinister nos parece más trillada y algo banalizada a causa de sus farragosas explicaciones finales, como ocurría en la también excelente La sombra de los otros. No obstante, ambas se salvan porque la construcción de los tiempos y los espacios está llena de astucia, y no tienen complejos a la hora de mezclar inteligencia con espectáculo.

No faltan los tópicos en la descripción de la tensa vida familiar del periodista y controvertido escritor Ellison Owant (Hawke); se dejan muchos cabos sueltos en la historia, y la película no oculta que bebe de filmes anteriores en sus “sorpresas finales” , pero, al contrario que grandes éxitos como El proyecto de la bruja de Blair y gracias a la audacia visual, la inteligencia narrativa y la mirada intensa de un gran actor, consigue el propósito de “dar miedo”, algo cada vez más complejo en un género en alza, pero también maltratado por los lugares comunes, las triquiñuelas y las propuestas repetitivas.

Miedo, tengo miedo




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