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El secreto de la invención

Daniel Tubau

El mecanismo oculto

danieltubau@gmail.com


Descartes

La semana pasada conté que el español Gómez Pereira y el francés Descartes sostenían que los animales eran simples máquinas y que tiempo después La Mettrie pensó que el ser humano es uno más entre los animales y por tanto también una máquina. Una máquina en la que lo que llamamos alma no es una especie de ente espiritual creado por un dios, sino más bien un principio vital u organizativo. Se recuperó de esta manera el sentido original de la palabra alma, como ánima, soplo, aliento, ánimo.

No entendía ya La Mettrie la palabra “máquina” con el mismo desprecio que los contemporáneos de Descartes o de Gómez Pereira. Y digo los contemporáneos porque hay razones para sospechar que tanto el filósofo francés como el español sentían aprecio hacia las máquinas. Gómez Pereira construyó varios ingenios mecánicos y Descartes no sólo inventó las coordenadas cartesianas, sino que sentía un gran aprecio hacia el trabajo práctico y hacia cualquier tipo de artilugio o investigación empírica. A pesar de que se considera a Descartes como el racionalista máximo, enfrentado a los empiristas en uan batalla sin fin, en diversas ocasiones explica sus futuros proyectos de investigación:

Debería explicar la naturaleza de cada uno de los cuerpos particulares que hay sobre la tierra, a saber, los minerales, las plantas, los animales y, principalmente, el hombre; y finalmente debería tratar rigurosamente la medicina, la moral y la mecánica.

Y añade:

Esto es lo que yo debería hacer para dar a los hombres un cuerpo de filosofía completo; y aun no me siento tan viejo, ni desconfío tanto de mis fuerzas, ni me encuentro tan alejado del conocimiento que me falta para no atreverme a intentar acabar ese proyecto, si tuviera oportunidad de hacer todas las experiencias que debería hacer para apoyar y justificar mis razonamientos.  (Principios de Filosofía, la cursiva es mía)


Diderot por Fragonard

En la época de La Mettrie, los filósofos de la Enciclopedia decidieron bajar de sus palacios y sus torres de marfil para visitar los talleres, para aprender cómo funcionaban los engranajes de las máquinas, para descubrir ese mundo hasta entonces casi oculto de los artesanos, los obreros y los mecánicos, gracias al cual cientos de espiritualistas habían podido elaborar cómodamente sus teorías a favor del alma y contra la materia, contras los mecanismos y contra las máquinas. Diderot pasó horas y horas observando máquinas sencillas y complejas que revelaban más el genio y el ingenio humano que las disquisiciones teológicas de los últimos siglos.


Máquinas en la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert


Darwin

Con la teoría de la evolución de Darwin, la concepción de los organismos naturales se acercó a la que se había tenido hasta entonces de las máquinas, confirmando las ideas avanzadas por La Mettrie. Comenzaba a ser posible contemplar a los seres vivos como complejas máquinas que, además, no tenían por qué haber sido diseñadas por ningún ser supremo, sino que podían haberse creado por efecto de la selección natural.

A pesar de que todavía hay quienes intentan sostener la existencia del dios cristiano recurriendo a la teoría del diseño inteligente, lo cierto es que la complejidad de los organismos no sirve para demostrar la existencia de un dios omnipotente, sino más bien para todo lo contrario: ¿qué necesidad tiene un dios omnipotente de fabricar complejísimos mecanismos cuando le bastaría con su mera voluntad para que todos los entes existieran y se desenvolvieran a la perfección? A un dios de poder infinito le resulta tan sencillo dotarnos de vida aunque nuestro cuerpo esté relleno de corcho, de madera o de nada, como hacerlo llenándolo de tubos gástricos, fluidos diversos y vísceras de todo tipo, que son totalmente superfluas para quien nos podría mantener vivos o muertos simplemente por el efecto de su mera voluntad. El diseño inteligente quizá podría probar que nos han creado unos diseñadores alienígenas pero difícilmente que lo ha hecho un Dios omnipotente.



Richard Dawkins

Leibniz y Newton discutieron con ardor acerca de las nubes y los relojes, de lo previsible y lo imprevisible, y cada uno dio argumentos a favor de un dios que pone en marcha el mecanismo de la naturaleza y vuelve a su indeterminada eternidad o de uno que interviene continuamente para reparar las partes de la maquinaria que se estropean una y otra vez. Richard Dawkins ha usado una bella metáfora para describir el proceso evolutivo sin necesidad de recurrir a un dios torpe o a uno ausente: el relojero ciego. La evolución es un asombroso relojero, que no sólo es ciego, sino que ni siquiera necesita existir como ente definido.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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