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El secreto de la invención

Daniel Tubau

Los animales como máquinas

danieltubau@gmail.com


Gómez Pereira, por El Greco

Ante ciertos comportamientos animales, es normal que algunos filósofos, como el español Gómez Pereira o el francés Descartes, pensaran que los animales son simples máquinas. En su opinión, los animales son movidos tan sólo por impulsos mecánicos, por instrucciones que poseen de manera innata (como es obvio, Gómez Pereira y Descartes no hablaban de genes porque no se habían descubierto todavía).  Acerca de la maquinaria animal decía Descartes:

Es cosa digna de reflexión que aunque muchos animales muestran mayor habilidad que nosotros en algunas de sus acciones, en cambio son completamente ineptos para otras, de lo cual se infiere, no que tengan entendimiento, pues en tal caso sería superior al nuestro, y nos vencerían en todo, sino que carecen de alma y que sólo la naturaleza guía sus actos según la disposición de sus órganos, a la manera que un reloj, compuesto solamente de ruedas y resortes, mide el tiempo y cuenta las horas mejor que nosotros a pesar de toda nuestra prudencia. (Discurso del método, 1637)

En un artículo anterior (Lo que está en los genes) recordé el sofisticado mecanismo genético de las abejas melíferas de la raza higiénica, que son capaces de abrir o no una celdilla o de tirar o no una larva tan sólo gracias a una instrucción contenida en sus genes.

Considerar máquinas a los animales tiene ciertas consecuencias que, aunque quizá no son necesarias o inevitables, sí han sido defendidas por algunos filósofos, como los ya mencionados Gómez Pereira y Descartes. Una de esas consecuencias consiste en privar a los animales de toda verdadera conciencia o sensibilidad:


El animal no posee la sensación olfativa placentera, como lo exige la conciencia. Si sólo se mueve al olor del alimento que le conviene es porque en realidad el bruto se relaciona con su pitanza a través de intermediarios que necesariamente lo inclinan al mismo, como el imán atrae al hierro, sin que los otros olores, en tanto que sensaciones, ejerzan sobre él ningún efecto. Esta relación es tan exclusiva, poderosa y maquinal, que ni tan siquiera el castigo puede modificarla. Tampoco el animal percibe la armonía de ciertos sonidos convenientemente ordenados, la música, que en el hombre es fuente de placer, alegría y contento. (Antoniana Margarita, 1554)

El dolor de los animales, afirmaban Descartes y Gómez Pereira, no era tal, sino que sus quejidos eran tan sólo “chirridos de la maquinaria”, algo que todavía parecen sostener los defensores de las corridas de toros, para quienes el animal no sufre en la plaza frente al brutal castigo de toreros, banderilleros y alanceadores a caballo.

Lo que diferenciaba al animal humano de los otros animales era, como se ve en la cita de Descartes, el alma. Un alma, que ya no era el alma intelectiva de la que hablaba Aristóteles, sino el alma espiritual de los cristianos, creada por Dios. La existencia del alma servía para explicar no sólo que los seres humanos no fuesen ‘simples animales’ o máquinas, sino también la libertad humana.


Giordano Bruno

Como es obvio, el recurso a una explicación teológica, a una divinidad situada más allá del mundo, ha representado casi siempre un freno a la investigación, algo que muchos pensadores tenían muy claro, incluido el propio Descartes, quien siempre metía a Dios y el alma en sus deducciones para evitar el peligro de ser quemado como Giordano Bruno o condenado al silencio por el santo padre de Roma: cuando supo lo que le había pasado a Galileo, retiró de la imprenta sus libros El mundo o Tratado de la luz y El hombre.

Poco después de la época de Descartes, cada vez más pensadores empezaron a pensar que había que prescindir de explicaciones de la naturaleza humana que se situarán más allá de la naturaleza, en un hipotético mundo ultraterreno del que se hablaba mucho, casi siempre de manera imperativa y dogmática, pero que nadie podía mostrar. El recurso a un alma que lo explicara todo fue perdiendo partidarios poco a poco. Se empezó a pensar que también el alma, la mente, la personalidad y el comportamiento podían explicarse de manera racional y razonable.


Julien Offray de La Mettrie

Eso hizo que algunos recuperaran las ideas de Gómez Pereira y Descartes acerca de los animales como máquinas, pero que ahora, además, dieran un paso lógico que resulta difícil creer que Descartes no previera. El barón Julien Offray de La Mettrie se atrevió a decirlo con toda claridad: si los seres humanos son animales y los animales son, según la opinión de Descartes, simples máquinas, ¿qué nos impide pensar que los humanos son también máquinas? Esa fue la conclusión que La Mettrie no reservó para el desenlace de sus investigaciones, sino que expresó de manera explícita en el título de un libro: El hombre máquina (L'homme machine).


En cuanto al alma, aquel recurso de los cristianos para justificar al mismo tiempo la hipótesis de Dios y el libre albedrío humano, La Mettrie consideró que también era parte de la maquinaria:

El alma no es más que un principio de movimiento o una parte material sensible del cerebro, que se puede mirar (sin temor al error) como un resorte principal de toda la máquina, que tiene influencia sobre todos los otros.


Supongo que no puede haber mayor ofensa para los espiritualistas que la que consiste no ya en despreciar el alma sino en convertirla en un mero “resorte” de la maquinaria, aunque sea el principal.

En próximas semanas investigaremos si se puede ser una máquina sin alma y, al mismo tiempo, tener conciencia, sensibilidad, emociones e incluso libre albedrío.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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