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Pareciómelo

Pedro Vallín

Lo que hay de Lladró a Arco

(o Qué nos quiso decir Warhol)

Si he dado muchísimo la lata aquí mismo y doquiera que pongo un pie denunciando la cosificación y encriptado de las manifestaciones culturales de prestigio es porque en el fondo este proceso es un desplazamiento del consumo de ocio cuya única vocación es preservar el elitismo ante la progresiva alfabetización —Jean Baudrillard, mediante—: “Ah, ¿que los campesinos están aprendiendo a leer? James, quítale los puntos y las comas a lo tuyo, que se van a cagar estos pobres; so pobres”. ¿Nunca habían reparado en la coincidencia de la generalización de la idea de cultura como bien público y la huida de las artes plásticas hacia abstrusas abstracciones y conceptualismos? Sí, casualidad. Seguro.


El mayor de los Marx

El problema de la interpretación baudrillardiana, la del consumo cultural como signo social y, por tanto la ininteligibilidad de la cultura como factor de esnobismo, es que es asaz simple, de una bellísima sencillez, como una afilada navaja de Ockham o como el materialismo histórico de Marx (del que en realidad brota), y además me produce un gran solaz moral, lo que significa que es demasiado perfecta. Pensar que el arte se codifica por puro pijerío es tan hermoso. Por eso al común nos agradan tanto esas historias —algunas apócrifas— de cuadros pintados por bebés y hasta chimpancés que son colados como piezas de arte mayúsculo y cosechan encomiásticos e intrincados juicios críticos. Sin embargo, hay un problema: de ese proceso de complejización ha surgido también no poca sutileza y profundidad, en especial en las artes narrativas, esencialmente novela y cine. Para dirimir esta tensión lo primero que hay que hacer es distinguir la sofisticación, o viaje a la sutileza y la complejidad, de la encriptación, o viaje al oscurantismo y el arcano. Le he dado muchas vueltas porque, por si esto fuera poco, esta teoría sobre elitismo, que es cierta aunque no sólo o no totalmente, no explica lo que compete al primer productor de cultura del planeta: los Estados Unidos de América.


Sin título [miquelbarcelo.info]

Antes de proseguir conviene aclarar que el término cultura es palabro de ciencias, no de letras (bien a pesar de la obscena apropiación que padece), y bajo su generoso paraguas comprende desde los libros embarrados de Miquel Barceló hasta el palito algodonado que emplea cada cual para deshollinar el conducto auditivo. Que por tanto, la nuestra, la de usted y la mía, no es una cultura española —ni mucho menos asturiana, catalana o aranesa—, sino occidental. Y que en esa cultura occidental, desde el segundo cuarto del siglo pasado, la producción más abundante, importante e influyente, en todos los sentidos —desde las libretas manchadas de estiércol hasta los bastoncillos higiénicos—, procede de Estados Unidos. Resumidito: Aunque le rompa el corazón, usted le debe mucho más al western que a la picaresca.

Una de las taxonomías que más me turbaba al hincarle el diente a todo esto es la que se practica separando las Artes Plásticas de las Artes Decorativas. O la que establecían aquellas fenomenales escuelas que impartían la enseñanza secundaria de corte artístico y se llamaban de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos. Mi turbación dio paso años después a la certidumbre de que la diferencia entre todos estos términos, o el aún más noble y rimbombante, Bellas Artes, es exactamente ninguna.

No ayudó a mi desenvolvimiento, siempre aterido por la sospecha de que quizá simplemente fuese yo un ignorante inclinado a las verdades de taxista, el hecho de que los gurús de la cosa empleasen un lenguaje progresivamente mágico para referir asuntos relativos al arte y la cultura. Las únicas explicaciones posibles para distinguir las Plásticas de las Decorativas son pseudoreligosas. Quizá sea que las artes han ido ocupando el espacio que dejaba dios batiéndose en retirada por el empuje de la ciencia. El caso es que el asunto empezó a ponerse místico: que si el alma de la novela, que si el espíritu que habita tras la rosa del poema, que si la epifanía de la contemplación del cuadro, que si la inmaterialidad de la escultura…

Mi incapacidad para relacionarme con el lenguaje mágico viene de antiguo y tiene que ver con la rebelión de mi inteligencia ante el báculo metafísico como rendición postrera ante lo incognoscible. El lenguaje mágico es el reconocimiento del fracaso para enfrentarse a lo inefable: dicho de otro modo, lo inefable no existe, es pura escasez de léxico. En el mundo de la cultura artística, junto al lenguaje propiamente religioso se ha incorporado otro que pretende suplir las carencias por una neolengua, un surtido de palabras y circunloquios que son interesadamente complejas pero cuyo significado final es tan huero o tan simple que sólo revela que el discurso que la sustenta es una vacía caja de resonancia de pretenciosidad.


La neolengua orwelliana

Reproduzco fragmentos de notas de prensa que he recibido y recibo con mucha frecuencia:

El establecimiento en cuestión (cuyo nombre omito) “presenta sus próximas acciones, programadas en el marco de la instalación progresiva y relacional (…), que aportan nuevas piezas en un momento concreto en el tiempo de la instalación relacional continua, incrementando las sinergias entre piezas-artistas-público y visibilizando el arte actual de una forma directa”.

“El proyecto es una acción experimento (…) de naturaleza coyuntural e infecciosa, pues la intención es esparcirse uno, compartir experiencia y reflexión y dejar, si cabe, huella, aunque sea a modo de mancha (…) Gira sobre todo en torno a la observación y la creación de una temporalidad específica para cada suceso”.

¿Más? Venga:

La galería “cumple su objetivo de componer una instalación relacional progresiva e inestable como forma artística, un concepto generado por artistas en activo, sin mediaciones”. Y para celebrarlo, tienen “una nueva propuesta combinada: Toma pan y sueña (…), improvisación sonora hectruso atrapanubes (…) presentan sus panes recién horneados”. Mira tú, al menos dan bocata.

Una a pelo: “La reflexión sobre las interrelaciones entre las personas y la empatía en un encuentro casual, como es el de un turista en una ciudad y sus habitantes o el visitante en una galería de arte con un artista forastero. Durante ambas acciones hubo un intercambio de un objeto, el corazón rojo de papel charol, con la función de destacar la interacción más allá del intercambio material. En el contacto entre personas sucede un intercambio del estado emocional y por tanto es un acto empático. Aunque no se manifiesta de manera exuberante hay un gasto e inversión energética fundamental en las relaciones. En la tercera acción elevamos las anteriores acciones a un siguiente nivel que es la memoria; el recuerdo, el conocimiento y la memorización de lo ocurrido. Y durante, a través del juego, surge el aprendizaje. Con imágenes duplicados de las fotografías con las manos que interactúan con el corazón de charol se juega según la reglas del juego memorama”.


Las omisiones entre paréntesis, por cierto, son para proteger el anonimato de los animalitos, no crean que les he hurtado los términos que le daban sentido. Las frases raras, sin concordancia o gramaticalmente inescrutables son tal cual, no hay errata en la transcripción. Esta asombrosa locuacidad, combinada con la casi completa ausencia de significado o la trivialidad sonrojante de lo que se dice, es característica que, como se ve, hermana el arte con las pseudociencias, los remedios milagrosos, las nuevas religiones, los alimentos hipersaludables y los productos financieros, es decir, con lenguajes creados, no para ser entendidos, sino para apabullarnos. Con aviesas intenciones. 

Esta aversión mía a la hechicería, por cierto, nunca me ha impedido disfrutar de los llamados productos culturales, los simples y los sofisticados. No así, de los codificados, y no tanto porque no se entiendan como por su voluntad de codificación, es decir, de secreto. Una voluntad basada, obviamente, en el sentimiento de pertenencia al grupo reducido de los elegidos, los mejores, los que están en el secreto. Los nuevos pijos. A menudo, eliminado el código, lo que hay detrás de, por ejemplo, una proformance, es de una simpleza vergonzosa. Un simpático ejemplo de estos días: Una artista española, vestida de faralaes y yerta en el suelo de Arco, entre pétalos de rosa, representa la muerte de España. Venga, hombre, cualquier humorista de baratillo puede ir más lejos, ser más sutil, profundo e inteligente que tan elevada acción. Una chirigota de Cádiz, mismamente.


Estaba en estas el pasado verano cuando —voy a escribir en modo espiritista para que me entiendan los cultos— viví una revelación, una epifanía, una iluminación, una señal de Lo Alto. Pasando unos días en California, reparé en la cantidad de tiendas de arte que hay allí. En grandes ciudades como San Francisco, en ciudades medianas como Visalia, y en pueblos costeros como Carmel o Sausalito. Tiendas y tiendas con grandes escaparates donde se exhiben piezas de arte de todo tipo, pero siempre obras únicas destinadas a decorar salones, chimeneas, jardines, pasillos y despachos. Lo había visto en otros lugares de Estados Unidos, pero en ninguno con tal intensidad. Supongo que la presencia de mucho jubilado con recursos influye. No era difícil deducir de tan floreciente sector comercial que en aquellos cálidos parajes californianos habitan centenares, seguramente miles de artistas cuya actividad profesional es producir (perdón, crear) piezas bellas que se venden en estos establecimientos. Y, de forma recíproca, que hay un montón de gente dispuesta a pagar por decorar su casa con arte. Es capital entender que estas tiendas no son galerías en sentido estricto. Se parecen mucho más, de hecho, a nuestras tiendas de decoración —tate: Artes Plásticas y Artes Decorativas— sólo que venden piezas de arte. En este sentido, a los compradores no los mueve el coleccionismo de arte en el modo en que aquí lo entendemos, sino la mera decoración del hogar con objetos hermosos. Hermosos, a su entender, pero eso es otro cantar y no viene al caso.


Parrot party, by Lladró

En resumen, son locales comerciales que en España se dedicarían a vender Lladró u otras manufacturas de decoración de más o menos prestigio. Y el cliente es el mismo. Reparen en ese curioso detalle: aquí, el arte de pieza única se adquiere en una galería y, aunque se compre para ponerlo en el salón, sobre el sofá, no se considera propiamente decoración, sino coleccionismo. Para todo lo demás, Lladró. Y para los pobres, ferias de artesanía del barro, la cerámica y la plata. La diferencia entre decorar y coleccionar es muy notable: decorar es crear un entorno amable, hermoso y habitable; coleccionar es adquirir productos relevantes por su significado, que, si le quitamos la mística, es básicamente prestigio social. Por eso siempre hay obras de arte en recibidores, pasillos y salas de juntas de las grandes compañías. Por cierto, que estos estadounidenses son devotos de las figuritas de los célebres ceramistas valencianos (la tienda de Lladró en Nueva York es un rotundo éxito) y les confieren el mismo valor que si fueran piezas únicas de artista y no reproducciones.

En su inocencia —en su sabiduría— el común de los habitantes de aquel país considera que si el objeto es hermoso no importa mucho si es reproducido u original. Es importante porque esto ennoblece el valor de lo reproducido y a la vez reduce el componente mítico y esencialista que en Europa atribuimos a lo original, empatando arte y artesanía, que ellos saben que son la misma cosa. Debo añadir que estas tiendas de arte, tan vacías de prosopopeya y misticismo, me hicieron entender por qué el mejor cine y la mejor novela que se han hecho durante los últimos cien años proceden de Estados Unidos. Cambien búsqueda de la belleza por vocación de entretenimiento y ahí lo tienen. Un objeto hermoso no es menos importante por no estar codificado, lo mismo que una película y una novela no tienen que dejar de ser amenas para ser profundas. En Europa nos cuesta mucho entender esto. Y lo que es peor, estamos contagiando nuestra beatería artística a los amables estadounidenses, como se ve en las entrevistas a cineastas y novelistas de aquel país, que a menudo se disculpan en Europa por hacer “sólo” entretenimiento.


Es de justicia decir que esta revelación se habría acelerado si hubiera leído con atención a Andy Warhol. Verán, durante años se nos ha vendido la especie de que Warhol había convertido lo banal en sublime. Lo popular y cotidiano en trascendente. Al cabo, el pop en arte. Y no. La a menudo excelente editorial Blackie Books publicó hace un par de años el volumen Andy Warhol. Entrevistas. Ahí, en sus divertidas evasivas ante la desmedida pasión de periodistas culturales, críticos, agentes y galeristas, explica que no, que lo que hizo fue justo lo contrario. Él no trataba de decir que su lata de sopa en el cuadro era arte, sino que la lata de sopa en sí era igual de hermosa e importante que el arte. Y además, que su contenido le gustaba mucho. Para subrayar eso, la puso en un marco y la crítica artística, haciendo buena la estupidez de quien mira al dedo que señala la luna en lugar de mirar a la luna, se quedó mirando al marco en lugar de observar la lata. Una anécdota lo ilustra. Tras adquirir relevancia en Nueva York, una galería de Los Ángeles se decidió a dedicarle una exposición a Warhol. En una tienda de arte próxima, un galerista/vendedor, indignado por la banalidad del arte warholiano, colocó unas latas de sopa en el escaparate con un cartel que presumía que eran las mismas que en la otra exposición pero que éstas sólo costaban unos centavos. Le preguntaron a Warhol qué le parecía aquello, seguramente con la intención de que se ofendiera. Respondió que le parecía un gran precio y que él iría a comprarlas. Le rieron la gracia, pero no hablaba en broma. Otra anécdota: cuando un crítico le dijo que resultaba fascinante la distinta alma —ese lenguaje mágico— de cada una de las fotos de Marilyn, los matices que cambiaban sólo porque cambiaba el color de la impresión, Warhol le explicó que eso era porque las tecnologías de reproducción no eran lo suficientemente buenas, y que su objetivo era que todas fueran exactamente iguales, reproducibles y, si por él fuera, infinitas. También rieron, con risas nerviosas. Paradójicamente Warhol fue elevado a los altares, pero por el motivo equivocado. No es difícil concluir que pagar mucho dinero por una obra de Warhol pudiendo comprar una copia en póster es no haber entendido nada. Y una traición a su memoria y a su legado.

Si la cultura artística sirve para embellecer y explicar el mundo, con sus contradicciones, paradojas, injusticias y hermosuras, es innecesario priorizar el original sobre una copia de calidad. Claro, la feligresía cultural sostiene que el arte tiene otra utilidad, cual es desentrañar el alma humana; pero obviamente esto sólo consuela a los que creen que el humano posee esa cosa inmaterial y eterna. Para los escépticos, por el contrario, esa explicación es un sí misma una necedad, una deliberada inclinación al arcano, a divulgar una cierta inefabilidad del arte, que como ya dijimos es la consecuencia de la parquedad de vocabulario. Y en este caso, también de los más rudimentarios conocimientos científicos.

Lo que hay de Arco a Lladró es, ya lo han visto, palabrería o signo social. Sí, estimados críticos y coleccionistas, entiendo que resulte irritante, pero para acceder al disfrute de la cultura, aun la más sofisticada y profunda, no hace falta estar en el secreto ni mucho menos ser pudiente. Queridos pijos, bienvenidos a la era pop.





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